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lunes, 22 de febrero de 2016

Una historia poco corriente

Como cada mañana, Rigby y Mordecai se encontraban realizando las tareas de limpieza y mantenimiento del parque en el que trabajaban. A sus veintitrés años, ambos se ganaban la vida con aquel trabajo.
A los pocos minutos llegaron sus compañeros Musculitos y Chócala montados en su cochecito de golf. Pararon a escasos metros de ellos derrapando y salpicándolos de barro.
—Hola, pringaos —saludó Musculitos—. ¿Habéis hablado con Benson? Tiene una sorpresita para vosotros.
En aquel instante llegó su jefe montado en el coche de Pops, el gerente del parque, acompañado de este y de Skips, el sabio y fuerte yeti que vivía en aquel lugar incluso antes de que fuera un parque.
—Escuchadme bien, va a venir a visitarnos una excursión de un colegio. Quiero que les enseñéis el parque y que no hagáis ninguna tontería de las vuestras —les dijo la máquina de chicles.
—Jo, tío, menudo marrón —se quejó Mordecai—. Nosotros no somos niñeras de nadie.
—Eso, nosotros no estamos aquí para cuidar a mocosos —apoyó su amigo Rigby. Después, el mapache se dirigió hacia el azulado pájaro—. Mordecai, acabemos de recoger estas hojas y vayamos a tomarnos un refrigerio.
—Perdedores, no podéis tomar nada porque el jefe os ha encargado cuidar a esos críos —intervino Musculitos—. Chócala, vayamos nosotros a por ese refrigerio.
El fantasma con la mano en la cabeza y el monstruo verdoso arrancaron el carrito de golf y comenzaron a hacer derrapes salpicando de barro a los demás.
—¡Alto ahí! —ordenó Benson—. Esta tarea de enseñar el parque también es para vosotros.
—Eso es un trabajo de pringaos —protestó Musculitos.
—Si os negáis a hacerlo, os despediré —atajó Benson.
—¡UUUHHH! —exclamaron Mordecai y Rigby, a la vez que hacían un gesto con la mano.
—Y a vosotros también. —Y dicho esto, el jefe se retiró del lugar a pie mascullando improperios contra sus empleados. Tenía tantas ganas de despedirlos a todos… pero aquello entristecería a Pops, y era tan sensible que no podía darle ese disgusto.
—Jo, tío, nos han hecho la pirula. ¿Cómo vamos a guiar nosotros una excursión por el parque? —preguntó Rigby.
—Chicos, ¡una excursión es algo maravilloso! —se emocionó Pops. La piruleta gigante se llevó las manos a la cara e hizo un gesto de confort y nostalgia al mismo tiempo; un gesto que solo un niño sería capaz de hacer.
—Intentad no meter la pata —les dijo Skips—. Y andaos con ojo, los niños de hoy en día son mucho más espabilados que nosotros.
Los dos se despidieron de los cuatro trabajadores de mantenimiento y se marcharon. No sin antes decirles, que en breve llegarían los colegiales.
—Chócala, volvamos al trabajo. Quiero acabar antes de que lleguen los mocosos —le dijo Musculitos a su compañero. Después de eso, salieron del lugar salpicando barro a Mordecai y Rigby.
El mapache y el pájaro se limpiaron y continuaron con el trabajo.
Media hora después apareció de nuevo Benson, pero esta vez venía acompañado de los niños a los que tenían que enseñar el parque Mordecai y Rigby. Eran solo cuatro muchachos, por lo que ambos pensaron que sería algo sencillo.
—Aquí tenéis a vuestro grupo de estudiantes para que le enseñéis las maravillas de nuestro fantástico parque. Musculitos y Chócala ya tienen su grupo y han empezado la visita. Niños, disfrutad del parque y aprended muchas cosas. —Benson se retiró a su despacho, dejando a los dos encargados de mantenimiento con los niños.
—Buenos días, niños. Nosotros somos Mordecai y Rigby —saludó Mordecai—. Vamos a ser vuestros guías en esta visita. Ahora podríais empezar por presentaros.
—Yo me llamo Stan Mars, y estos son mis amigos: Kenny McCormick, Eric Cartman y Kyle Broflovki —dijo uno de ellos.
—¿Cómo? —preguntaron a la vez los dos trabajadores del parque.
—Ezque ez un judío de miedda —dijo el más gordo de ellos riendo y haciendo burlas hacia su amigo.
Todos ellos iban vestidos con ropa de invierno a pesar del calor que reinaba en el parque. El que se presentó como Stan llevaba un abrigo marrón y un gorro azul. El gordo llevaba el gorro de color celeste y un abrigo rojo. El judío llevaba un gorro con orejeras de color verde y un abrigo naranja. El cuarto llevaba un viejo abrigo naranja y se cubría casi toda la cara con la capucha; solo se le veían los ojos.
—Cállate gordo —ordenó Kyle.
—No me da la gana, podque tu madre ez una puta. ¿Quedéiz que oz cante la canción de madre de Kyle ez una puta? —le preguntó a Mordecai y Rigby
—Yo por lo menos sé quién es mi padre —respondió Kyle.
—Mprh mprh mprh mprh mprh mprh —les explicó Kenny a los dos guías.
—¡¡UUUUUHHHHH!! —exclamaron estos a la vez. Después continuó Rigby dirigiéndose a los niños—. Bueno, ya está bien de discusiones. ¿Quién quiere pasarlo de vicio?
—Yooo —respondieron los niños.
—Muy bien, colegas, entonces comencemos la visita. Jamás os olvidaréis de esta excursión porque va a ser la más flipante que habéis hecho nunca.

Quince minutos después, se encontraban en un cruce de caminos cercano al edificio en el que vivían los dos guías. Allí coincidieron con el otro grupo de excursionistas. Los chicos parecían entusiasmados con la visita que les estaban ofreciendo Chócala y Musculitos.
Mordecai y Rigby se miraron el uno al otro y decidieron pedir ayuda. El mapache sacó su teléfono móvil y marcó el número de Skips. De todos, él era el que más sabía sobre el parque, y si él no podía ayudarles a organizar una visita mejor que la que estaban haciendo sus otros dos compañeros, nadie podría hacerlo.
Tras una larga conversación, en la que Rigby solo emitía monosílabos y sonidos de asentimiento, regresó junto a los demás.
—Me ha dicho que podemos enseñarles el estanque. Nadie lo sabe, ni siquiera Benson o Pops, pero allí, Skips cría el único ejemplar en el mundo de pez unicornio —explicó a su compañero y amigo.
—Entonces no perdamos el tiempo. Iremos en el carrito, está en el garaje.
Los trabajadores del parque y los cuatro alumnos del colegio elemental de South Park montaron en el pequeño cochecito de golf. Rigby aceleró a fondo y giró levemente el volante para salir del lugar. El coche comenzó a girar sobre sí mismo sin control. A la segunda vuelta, Kenny salió despedido del vehículo en dirección al viejo arce del que tan orgulloso estaba Pops. El cuerpo del niño quedó hecho un amasijo de carne y huesos pulverizados debido a la violencia del choque.
—¡Oh, oh! La hemos cagado —informó Rigby.
—¡Oh, dios mío, han matado a Kenny! —exclamó Stan.
—¡Hijos de puta! —insultó Kyle—. Bueno, ¿vamos a ese lago o qué?
—Pero, pero… tenemos que informar a Skips de lo que ha sucedido —dijo Mordecai—. Voy a llamarlo ahora mismo.
Mientras el gran pájaro azul realizaba la llamada de teléfono, llegó al lugar Pops a interesarse por cómo iba la excursión.
—Hola, muchachitos. ¿Qué tal va esa excursioncilla? Espero que estéis disfrutando de nuestro maravilloso paaaaa —la gran piruleta se quedó sin habla cuando vio el cuerpo de Kenny estampado contra el árbol. Enseguida se echó a llorar y gimotear.
—Pedo menudo madica, ¿pod qué lloda el cabezón ezte? —se rio Cartman—. Venga, tú, jodido marzupial, llevanoz al lago ese del pez unicodnio.
—Cartman, los mapaches no son marsupiales. Eres un jodido retrasado —le dijo Stan.
—Calla, madica de miedda.
En aquel momento llegó Skips que, tras el aviso de su subordinado, acudió saltando a todo lo que daban sus cortas patas.
—¿Qué ha sucedido? —exigió saber de inmediato.
—No lo sabemos exactamente —comenzó a explicar Mordecai.
—Bueno, el caso es que quisimos llevarlos a ver el pez unicornio del estanque, y al arrancar, ese niño salió volando del cochecito. Yo creo que el cinturón de seguridad está en mal estado —mintió Rigby.
—Pedo si aquí no hay cintudones.
—¡Cállate, gordo! —ordenó el mapache.
—Yo no eztoy goddo, eztoy fuedtecito.
—Reconócelo, Cartman, estás gordo —rieron sus dos amigos.
—¡Ya está bien, silencio! —ordenó el inmortal yeti. Entonces se le oscureció la mirada y el cielo se tornó rojizo—. Tras el bosque de abedules, en la zona más oriental del parque, existe un viejo cementerio cajún. Ese cementerio ya estaba aquí mucho antes de que construyeran el parque, incluso mucho antes de que llegara yo a la zona. Pues según cuentan las viejas leyendas, los antiguos guerreros de la tribu eran enterrados allí cuando caían en la batalla. Poco tiempo después regresaban junto a los suyos para seguir luchando por su pueblo. También dicen que no volvían solos.
—Eso es muy chungo, tío —se quejó Rigby.
—Pero tenemos que hacerlo; solo así conseguiremos que Pops se recupere —argumentó Mordecai. La gran piruleta se encontraba en un estado catatónico y no dejaba de llorar por el niño fallecido. De su boca solo salían las palabras “el niñito ha muerto” y las repetía una y otra vez—. Vamos allá.
Mordecai, Rigby y Skips montaron el carrito de golf y partieron hacia el viejo cementerio. Media hora después, los dos trabajadores del parque, pala en mano, hicieron un hoyo en el suelo en el centro de una extraña formación de piedras que formaban una espiral. Skips depositó el cuerpo del colegial en el agujero y, entre los tres, lo taparon de nuevo con la tierra.
—Ya está —les dijo el yeti a sus dos trabajadores—. Ahora regresemos con Pops y los otros niños. En breve veremos al muchacho de nuevo entre nosotros. Antes incluso de los que pensamos.

Cuando llegaron al lugar en el que se encontraba el gerente del parque con los tres infantes, se encontraron con que el más gordo, estaba acercándole el trasero a la cara y soltando ventosidades cerca de su nariz mientras los otros dos no paraban de reír.
—¡Eh, tío, eso no mola nada! —recriminó Mordecai. Cartman soltó otra flatulencia. Pops seguía en estado catatónico balbuceando palabras ininteligibles.
—Tío, menudo pedo más malo —le dijo Rigby riendo.
—Dejad de hacer el tonto y continuad con la excursión —ordenó Skips cogiendo en brazos a Pops y llevándoselo.
—Enseguida.
Mordecai y Rigby se hicieron cargo del grupo de estudiantes y se encaminaron hacia el estanque para enseñarles el pez unicornio.
—Mrph mrph mrph mrph —se escuchó a escasos metros de ellos. Era Kenny que había resucitado. Sin embargo, ya no era el Kenny que todos conocían. Bajo la capucha, se podían observar unos ojos hundidos y una piel amarillenta. De sus extremidades, igual que de la caja torácica y espalda, asomaban huesos fracturados por la colisión. Junto con el niño caminaban otros resucitados, todos ellos eran guerreros indios.
—A Kenny le pasa algo —informó Kyle a sus dos monitores.
—Es que el regreso del más allá tiene que ser duro, pero seguro que dentro de un rato está perfectamente.
—¿Y quiénes son esos que vienen con él?
—Seguro que le han hecho el favor de ayudarle a volver —les dijo Mordecai.
—Mrph mrph mrph —murmuró a la vez que se lanzaba contra su amigo Cartman.
—¡Eh, Kenny, no me jodaz! Deja mi cedebro tranquilo.
—Mrph mrph mrph.
—¡Qué no!, no te voy a dar ni siquiera un poquito, ez mío. Jodido pobre. ¡Eh, pedo que hijoputa!, me ha moddido.
—Chicos, chicos, dejad de morderos —ordenó Mordecai a la vez que tiraba de los pies de Kenny para separarlo de su amigo. Entonces, el cuerpo del niño se separó de la cabeza, cayendo esta al suelo con los ojos desorbitados y la boca abierta. Los otros resucitados se dispersaron por el parque.
—¡Anda, la puta, han vuelto a matar a Kenny! —gritó de nuevo Stan.
—¡Cabronazos! —insultó Kyle.
—Rápido, llevémoslo otra vez al viejo cementerio cajún —dijo Rigby.
Nuevamente, los dos trabajadores del parque cargaron en el cochecito de golf el cuerpo sin vida del niño y lo llevaron hasta el lugar que les había dicho Skips. Cavaron un nuevo hoyo, depositaron el cadáver y lo taparon con tierra.
Cuando llegaron a dónde se encontraban los otros niños, los dos menos alborotadores miraban con los ojos desencajados al más gordo. Mordecai y Rigby pudieron observar que Cartman tenía los ojos hundidos y la piel amarillenta. De la comisura de su boca colgaba una baba de aspecto lechoso. Fue cuando se dieron cuenta de que el otro niño, al morderlo, le había convertido en muerto viviente. Habían desatado un apocalipsis zombi sin saberlo. Entonces apareció de nuevo Kenny, esta vez sin un brazo y con la cabeza cosida al cuerpo con grueso hilo negro. Más guerreros cajún resucitados lo acompañaban.
—Mrph mrph mrph.
—¡Oh, no! Quiere comerse nuestros cerebros —se asombró Rigby.
—Bolitaz de quezooo… —gimoteó el otro muerto viviente.
—¿Y a este qué le pasa, tronco? —quiso saber Mordecai.
—Nada, que aunque sea un zombi siempre será un gordo de mierda y solo piensa en comida —le dijo Stan; todos rompieron a reír.
Kenny se lanzó sobre el pequeño mapache para morderlo. Entonces Mordecai sacó su rastrillo de recoger las hojas y le atizó con la zona metálica. Los dientes del rastrillo le hicieron grandes arañazos en lo que quedaba de cara de Kenny. Después cogió la pala y repitió el golpe. La cabeza del niño salió volando hasta estrellarse contra un árbol. Los dos amigos del niño repitieron las frases anteriores.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Kenny!
—¡Hijo de puta!
En aquel momento, fue Cartman el que se lanzó sobre Mordecai. Esta vez fue Rigby el que cogió la pala y golpeó al corpulento colegial hasta que quedó inerte en el suelo.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Cartman! —gritó Stan. Silencio. Miró a su amigo Kyle—. ¿No vas a llamarle hijo de puta?
—No. Se lo merecía.
—Es verdad. Que se joda. —Y ambos comenzaron a reír.
Los muertos que habían resucitado a la vez que el niño, se habían hecho con el control del parque y estaban mordiendo a los transeúntes que caminaban por él. A lo lejos, pudieron ver cómo habían convertido en zombis a Musculitos y Chócala, que perseguían sin piedad a Benson y al becario Thomas. Un guerrero cajún resucitado corría tras Skips que seguía llevando en brazos a un horrorizado Pops.
Mordecai y Rigby se miraron, y miraron a los dos estudiantes que quedaban vivos. El gran pájaro azul, lleno de responsabilidad, dijo que tenían que hacer algo. Entonces el mapache tuvo una gran idea.
—No hace falta. Cogeremos este viejo reloj de tiempo y viajaremos al pasado e impediremos que se organice esta excursión.
—¡UUUHHH! Mola.
En ese instante Mordecai puso la mano sobre el hombro de Rigby y este comenzó a girar las manecillas del antiguo reloj en el sentido inverso de cómo lo hacían ellas habitualmente. El plano físico del espacio-tiempo comenzó a plegarse sobre sí mismo y después giró una y otra vez hasta convertirse en una espiral del tiempo. Mordecai y Rigby comenzaron en uno de los extremos de la espiral elíptica y a cada giro se iban aproximando cada vez más al centro de la misma, hasta que, cuando lo alcanzaron, desaparecieron de aquel presente para regresar al pasado.
Cuando abrieron los ojos, se habían desplazado una semana atrás. Estaban en la mansión del parque, la misma en la que ellos compartían habitación y en la que Benson tenía su despacho. Tenían que distraer la atención del capataz para hacer desparecer todo lo referente a aquella maldita excursión del futuro.
Sabían que no iba a ser nada sencillo, Benson no se separaba de su escritorio para nada. En aquel momento pasó por allí Thomas, el becario. Él sería el encargado de hacer salir a la máquina de chicles del despacho. Mordecai lo abordó sin más dilación y le indicó que tenía que hacer salir al jefe. La cabra, en un principio, no quiso colaborar con ellos. Sabía que se metían en muchos líos y no quería ser cómplice. Quería acabar las prácticas sin problemas con el jefe, pero tampoco quería enfrentamientos con sus compañeros.
—Muy bien, Thomas, si no quieres ayudarnos, entonces vete a engrasar mi cortacésped —ordenó Rigby, y le dio una lata de aceite metida en una bolsa de papel. Cuando la cabra salió del edificio, Rigby y Mordecai entraron corriendo al despacho de su jefe.
—¡Benson, Benson! Thomas se ha vuelto loco —exclamó Rigby—. Se ha comido todos los sándwiches de queso Premium de la ciudad. Ahora se lleva el tuyo para comérselo en el cobertizo.
Mientras el mapache entraba gritando y haciendo aspavientos, Mordecai, con sigilo y disimulo, cogió y se guardó el bocadillo de Benson. El jefe miró hacia el lugar en el que momentos antes estaba su sándwich de queso Premium. Al ver que no estaba allí, salió corriendo para atrapar al becario y recuperar el almuerzo.
—Muy bien, ya está. Ahora coge ese papel y llama al colegio para anular la excursión, después lo destruiremos y dejaremos un número falso.
Destruyeron el papel y pusieron un teléfono inventado y el nombre de un colegio que no existía. Pocos minutos después llegó Benson y comenzó a llamar al colegio para concertar la excursión. Marcó varias veces el número y en todas ellas le dijeron que aquel teléfono no pertenecía a un colegio, sino a una funeraria. Con la mosca detrás de la oreja, Benson miró a los dos trabajadores del parque. No podía demostrarlo, pero sabía que ellos dos estaban detrás.
—No sé lo que habéis hecho, pero esto es cosa vuestra. Si por mí fuera os pondría de patitas en la calle, pero Pops no lo soportaría. Pero me las vais a pagar, durante toda una semana vais a cortar el césped. Todos los días.
Los dos amigos salieron del despacho riendo. Habían conseguido su propósito; aunque les había tocado la tarea más tortuosa de todas, había merecido la pena.

Una semana después, mientras limpiaban las hojas de la hierba, por la entrada principal pasaron un grupo de colegiales. A pesar del calor, uno vestía un abrigo marrón y un gorro azul y rojo, otro un gorro de orejeras verdes y un abrigo naranja, otro un abrigo naranja y se cubría con una capucha y, el más gordo de todos, llevaba un abrigo rojo y un gorro celeste.
—¡Eh, tíos, mirad a esos doz, padecen madicas! —rió el más corpulento.
Rigby cogió una lata que alguien había tirado al suelo y se la lanzó, con tan mala suerte que le acertó en la cabeza al de la capucha. El niño trastabilló y cayó en la carretera en el momento en el que pasaba el camión de la basura y lo arrollaba.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Kenny! —exclamó el del gorro azul.
—¡Hijo puta! —insultó el del gorro de orejeras al conductor del camión.
Mordecai miró a su compañero sabiendo los dos que podían hacer algo por el muchacho.

—Ha sido fuera del parque, no es responsabilidad nuestra —le dijo el mapache, y continuó rastrillando las hojas del césped.

Consigna: Fuiste elegido por los creadores de "Un show más (Historias corrientes) para que escribas el cuento en el cual se basarán para realizar la película animada de la serie. Confiamos en que no escribirás un episodio más, sino la historia más disparatada, terrorífica y delirante que se pueda imaginar para un film. Deben participar todos los personajes que trabajan en el parque, el resto vos decidís quiénes deben estar.

lunes, 8 de febrero de 2016

Barbazul

Relato presentado para la segunda ronda de Versus 3

Desde niña había soñado casarse con un hombre adinerado y poder cambiar de clase social, y, por fin lo había conseguido.
Su familia vivía en el extrarradio y era muy humilde. De profesión panadero, su padre hipotecó su vida familiar por trabajar para que a su prole no le faltase de nada. Su madre se había deslomado fregando escaleras de ocho a una y limpiando oficinas por las tardes. Ella era la pequeña de cuatro hermanas y había crecido heredando la ropa y cosas de las mayores. Debido a la precaria situación económica que atravesaban, nunca pudo tener cosas nuevas propias, siempre eran usadas o compartidas.
Entonces decidió que cuando formara su propia familia sería con un millonario y así no pasaría más penurias.
Creció con aquella idea en la cabeza, avergonzada de ser pobre, y con ansia de cambiar su posición social. Durante años intentó emparejarse con chicos de familia adinerada, pero siempre la rechazaron. Finalmente, con treinta años, cuando había asumido que nunca conocería a ningún hombre rico que quisiera casarse con una muchacha pobre, apareció él.

Era un hombre acaudalado de la ciudad. Poseía varios pisos en el centro y un caserón en el campo. Tenía lujosos coches, grandes yates y hasta contaba con un avión privado. El mejor caviar y el champán más exquisito siempre estaban presentes en sus fiestas. No le faltaba de nada, salvo una mujer con la que compartir sus días. De joven le gustaba la idea de ser un soltero de oro, sin embargo, a medida que pasaban los años deseaba más fervientemente encontrar a la esposa que le diera hijos y estabilidad amorosa.
A Ana, al principio le pareció un poco mayor, contaba con diez años más, pero precisamente ella ya no era una jovencita que pudiera dejar pasar aquella oportunidad.
La noche en la que se conocieron, ella estaba de camarera en una fiesta que daba un ilustre personaje de renombre de la ciudad. Cuando acercó la bandeja con los canapés a un grupo de hombres, no pudo por más que fijarse en él. Era alto, apuesto y, aunque rondaba los cuarenta, le llamó la atención que su pelo no tuviera una sola cana y luciera un color negro tan brillante que parecía azul. Lo primero que pensó era que aquel hombre se teñía el cabello.
—Disculpe, señorita —le dijo aquel hombre—. Sería tan amable de indicarme dónde puedo encontrar una copa de vino.
—Están en aquella mesa, pero no se preocupe yo le traigo una enseguida. —En todos los años que había trabajado en aquel tipo de fiestas, sabía que siendo amable con los clientes, le podía caer una buena propina.
—Por favor, que sean dos —le indicó el varón de pelo azulado antes de que se retirara.
Un instante después, ella apareció con una bandeja con dos copas de vino tinto y otras dos copas de vino blanco.
—Perdone, se me olvidó preguntarle si lo quería tinto o blanco, así que le he traído de los dos —se disculpó, sin motivo.
—No tiene motivo para disculparse, la culpa ha sido mía. Beberé el mismo vino que tome usted.
Aquello la pilló por sorpresa. No sabía que le quería decir aquel hombre. Ella no podía beber una copa de vino porque estaba trabajando, y así se lo explicó a él.
—Mi nombre es Ricardo Barbazul, y yo soy el que da la fiesta. Si usted hace el favor de acompañarme a la terraza a tomar esta copa, le garantizo que nadie le dirá nada por ello.
—Yo me llamo Ana Rovira. Le agradezco la invitación, pero no puedo aceptarla, de verdad.
—No se haga de rogar, solo le pido tomar una copa juntos. Después podrá irse si lo desea, pero… si lo desea, también puede quedarse conmigo y tomar más copas juntos.
Y así fue. Ana y Ricardo bebieron vino hasta que se hubieron marchado todos los invitados y también el servicio. Bebieron vino después y bebieron vino cuando salió el sol. Para ambos, había sido una velada soñada. Para Ana porque había disfrutado por unas horas de los placeres de la clase alta, y para Ricardo porque había disfrutado de la compañía de aquella mujer maravillosa.

Día tras día, el amor fue creciendo entre ellos y tras más de un año de ilusionante relación, Ricardo dio el paso que Ana tanto esperaba: le pidió matrimonio.
En el día más hermoso de la vida de Ana, su ahora marido, le entregó, además de las tradicionales arras y alianza, una llave de color dorado.
—Esta es la llave que abre todas las puertas de mi casa, que ahora también es la tuya. —Y ambos se fundieron en un cálido y dulce beso.
Ana se fue distanciando tanto de su familia a causa de cumplir su sueño de cambiar de clase social, que llegó un día en el que fueron desconocidos para ella. La avergonzaba reconocer a sus padres y que pudieran verla junto a ellos o entrando en su mísera casa.
Tras su boda, la siguiente vez que vio a s familia fue en su entierro. Todos habían perecido en una explosión de gas que hubo en la casa paterna durante una celebración familiar.
A partir de entonces fue cuando las cosas con su marido cambiaron. De buenas a primeras, le retiró la llave maestra que le había dado y le entregó otra de color plateado.
—¿Por qué me cambias la llave?, ¿acaso se ha roto? —le preguntó Ana.
—Nada de eso. A partir de ahora esta otra será tu llave. Con ella podrás entrar en todas las habitaciones de la casa, como hasta ahora, salvo en una. Ya no tendrás acceso a mi despacho. Allí trato negocios y tengo papeles demasiado importantes como para que tú los toques.
—Pero si cuando he entrado en tu despacho ha sido a verte o a coger un libro de la biblioteca, nunca he entrado sin estar tú —se excusó la mujer.
Una mano, veloz como un rayo, le golpeó la mejilla con una bofetada.
—¡No me repliques, mujer! Eres mi esposa, y mientras yo te mantenga harás lo que yo te diga.
Desde aquel momento todo cambió. Las flores frescas que aromatizaban los días de la joven se fueron marchitando. Las únicas violetas eran las marcas que le hacía su marido. El morado de los lirios se trasladó a su cara en forma de ojeras por el llanto. Rosa y Margarita dejaron de ser sus flores favoritas para ser los nombres de las mujeres que se encargaban de “ayudarla” con la casa. Aunque ella sabía que su labor era vigilarla para que fuera una “buena esposa”, como solía decir su marido antes de quitarse el cinturón y utilizarlo contra ella.
Pero algún día aquello tendría que acabar. Si le daba un hijo, seguro que se desvivía con el niño y se olvidaba de ella. Al menos, no podría hacerla daño porque tenía que ocuparse del crío. Y así fue. Un año después, nacía un hermoso retoño de un vientre otrora magullado por los golpes, cuyas marcas ya hacía tiempo que habían desaparecido. Aquel bebé, con el pelo de un color que parecía azul, centró toda la atención de Ricardo… hasta que cumplió los tres años y lo envió interno a un colegio del extranjero. Entonces volvieron los golpes y los gritos contra Ana. Cualquier cosa que ella dijera o hiciera que no estuvieran dentro de lo esperado por su marido le costaba un grito o una bofetada.

Un buen día, en la mente de Ana se despertó una idea que había estado siempre allí, aunque dormida. Había oído el nombre de su marido en algún lugar. Buscó y rebuscó por Internet durante días, hasta que encontró lo que quería: la relación de Ricardo con el cuento de Barba Azul. Un antepasado de su marido, había sido el sanguinario personaje del cuento. Aquel hombre que había matado a todas sus esposas por entrar en la habitación prohibida. Y ahora ella estaba reviviendo lo mismo. Estaba segura de que en aquel despacho en el que no se le permitía entrar, colgaban del techo los cadáveres de las anteriores esposas de Ricardo. No era posible que un hombre como él nunca hubiera estado casado.
Ana había averiguado que en la familia de Ricardo solo nacían hijos varones, y que todos ellos se habían casado, lo menos, tres veces. De la noche a la mañana las esposas desaparecían con su ropa y nadie volvía a saber de ellas. Las autoridades trataban el suceso como de abandono del hogar, y así quedaba la cosa. Pero las indagaciones de Ana y su experiencia personal le decían que aquellas mujeres no habían huido, si no que habían sido asesinadas por sus maridos.

Pocos días después, ideó un plan. Aprovechando un viaje de negocios que haría Ricardo, se libraría de sus dos vigilantes, y entraría en aquella habitación. Haría fotos de los cuerpos y las llevaría a la policía. Contaría su calvario y su marido sería detenido y condenado. Con su marido preso, ella sería libre de nuevo.
Rosa y Margarita yacían sin sentido en sendos sillones del gran salón tras haber sido narcotizadas con pastillas de lorazepam que Ana tenía prescritas por el médico. Subió a su dormitorio y buscó la llave dorada que en su día le entregara Ricardo. Sabía dónde la guardaba, aunque nunca se había atrevido a cogerla. Una vez que la tuvo en sus manos, acudió al despacho y la introdujo en la cerradura. Dio dos vueltas y la puerta se abrió de par en par. Lo que vio ante sus ojos la dejó petrificada.

En el despacho no había ningún cadáver colgando del techo ni sangre seca por el suelo. Lo único que había era el mobiliario que ella conocía y, sentado en el sillón, estaba su marido mirándola fijamente.
—¿Qué haces aquí, Ana? Te prohibí expresamente entrar en esta sala —dijo. En su voz se notaba un tono de reproche.
—Yo… —Ana no era capaz de articular palabra.
Ricardo se puso en pie y se acercó a su esposa. La rodeó y se colocó a su espalda. Después susurró en su oído.
—Sé que has estado investigando sobre mí y mi familia. ¿Qué esperabas encontrar?, ¿los cadáveres de mis anteriores mujeres?
—S…sí —sollozó ella.
—Ya sabes que nunca estuve casado antes, por lo que aquí no podía haber ningún cadáver. Tú has sido mi primera esposa… pero no serás la última —le dijo antes de comenzar a asestarle puñaladas con un abrecartas que llevaba en su mano. Ana no pudo tan siquiera gritar—. Sabía que tarde o temprano te podría la curiosidad y entrarías en esta sala. Ya me dijo mi padre que todas lo hacíais.

Consigna: escribir un drama, basado en el cuento Barba Azul. En la época actual. Lo azul es el pelo, no la barba.

lunes, 1 de febrero de 2016

El lienzo

     Otro año más os voy a ir presentando los relatos que presenté para el concurso Versus III, en el que volví a llegar hasta la final y quedé subcampeón.



     Ya estaba concluyendo su gran obra. Sabía que cuando definiera el rostro de aquellas cuatro niñas, sus almas pertenecerían al lienzo para siempre. No sabía qué pasaba con los cuerpos cuando él les robaba el ánima a través de la pintura, pero tampoco le importaba mucho. Suponía que morían. ¿Qué más daba?
Acabó de pintar los jarrones y limpió el pincel. Desde que aquella brocha cayó en sus manos, sus pinturas se habían vuelto mucho más realistas y potentes. ¡Tenían vida!
Él no lo sabía, pero aquel instrumento de pintura había sido diseñado por un demonio con los pelos de la crin de un unicornio miles de millones de años antes de que la Tierra hubiera sido creada. Cuando alguien lo utilizaba, el alma de todo lo retratado pasaba a pertenecer al lienzo.
Los cuerpos de las cuatros niñas estaban acabados y ya solo quedaban sus caras. No las conocía de nada (aquello lo hacía todo más fácil). Había visto sus rostros en Internet y eso le bastaba.

A cientos de kilómetros, cuatro niñas de una misma familia se desplomaron al mismo tiempo; todas ellas víctimas de un ataque cardíaco. El lienzo estaba acabado.

Consigna: Basándote en la imagen adjunta, deberás escribir un relato de 200 palabras (no más, mínimo 180, sin contar título), tema libre, tiempo y  narrador libre.
Puedes describir sobre la imagen, usarla para desarrollar la historia o mencionarla dentro de tu obra.


Y si además de leerla, quieres oírla de mi propia boca...