Derechos de Autor

Todos los artículos publicados en este blog están protegidos por la ley. Salvo indicación al contrario, todo lo aquí publicado está protegido por licencia Creative Commons, por lo que el material se puede reproducir siempre y cuando se nombre al autor del mismo, no se podra comerciar con él y tampoco se pueden hacer trabajos derivados

lunes, 11 de septiembre de 2017

Peinado


—Buenos días y bienvenido a la Clínica de Rehabilitación para Jóvenes de Macaulay Culkin, señor…
—Hola —saludó el joven mirando en todas direcciones para reconocer el que sería su nuevo hogar, a la vez que se pasaba un viejo peine por su cabello—. Brigham, Tom Brigán; pero todos me llaman Tommy.
—Muy bien señor Brigham, le estábamos esperando. Rellene el formulario con los datos de contactos de sus familiares más cercanos y déjeme su documentación para poder rellenar la ficha de acceso.
—Mis padre están fuera, si quiere puedo llamarlos para que ellos mismos les den sus datos.
—No, señor Brigham, tenemos una política de entrada para personas no adictas muy estricta: "De la puerta para afuera son todos bienvenidos: de puertas para adentro son entrometidos".
El chico la miró cariacontecido y guardó su peinilla de concha. No entendía muy bien lo que significaba la frase que acababa de decirle la recepcionista. Bajó la vista de nuevo hacia el papel que le había entregado la mujer y comenzó a escribir el nombre y los teléfonos móviles de sus padres.
—¿Motivo de la entrada? ¿Qué fue lo que le impulsó a querer apartarse de las drogas definitivamente? ¿Alguna mala experiencia personal, problemas de dinero, sus familiares?
—¿Es eso importante? Yo lo que quiero es desintoxicarme, el motivo no creo que sea algo que les importe.
—El motivo es lo más importante —sentenció una voz masculina a sus espaldas. Era una voz potente, cargada de autoridad y seguridad en sí mismo del que hablaba.
Tommy se giró para ver de quién provenía aquella voz y se encontró cara a cara con un hombre trajeado. Era tan alto como él pero mucho más fornido. Su cabello rubio peinado hacia atrás y sus azules le eran familiares, pero no sabría decir por qué.
—Bienvenido a mi centro. Mi nombre es Macaulay Culkin, pero puedes llamarme Mac. Soy el director de este lugar, y soy extoxicómano, por eso sé que el motivo es lo más importante.
Entonces recordó de qué le sonaba aquella cara. Era aquel famoso actor que destacó de niño con una película y varias secuelas de la misma y que luego se hundió en el mundo de las drogas. Nunca más se supo de él, cinematográficamente, pero sí por otros motivos, sobre todo relacionados con las drogas.
—Mi mejor amigo, Adam, murió hace unas semanas por culpa de la cocaína. Salimos de fiesta un viernes por la noche y comenzamos a tomar copas y meternos rayas. Llegó un momento que perdimos el control y la noción del tiempo y del espacio. No sabía dónde estábamos, ni qué hora era, ni siquiera si seguía siendo viernes o ya era sábado o, incluso, domingo. Aún así no paramos y el alcohol y la cocaína pasaba por nuestras manos y desaparecía dentro de nuestros cuerpos en cuestión de minutos. Lo último que recuerdo es que estábamos en alguna discoteca; después, el siguiente recuerdo que tengo es el de despertarme en la cama de un hospital. Nos encontraron a mi amigo y a mí tendidos en la calle, entre unos contenedores, llenos de magulladuras y con la ropa rota. Yo tuve suerte y acabé en un hospital; mi amigo acabó en un cementerio. Según me dijeron mis padres días después, la cocaína le produjo un fallo cardíaco y murió por un infarto. Semanas después, sobre su tumba, le juré que conseguiría apartarme de la droga.
—Es un gran motivo —le dijo Mac—, y a él debes de aferrarte para lograr tu propósito. Ahora, cuando acabes de rellenar todos los papeles, te acompañarán a tu nueva habitación. Yo he de retirarme para solucionar otros asuntos que me ocupan, pero si en alguna ocasión necesitas de mi ayuda, no dudes en pedir una reunión privada. Hasta pronto, y no olvides nunca el motivo que te trajo aquí.

Una vez asentado en la habitación en la que pasaría algún tiempo, repasó la planificación que le había entregado la chica de la recepción para. Aquel día, por ser el primero, no tendría que presentarse a las terapias matutinas, por lo que tenía por delante tres horas para recorrer el centro y familiarizarse con sus instalaciones.
—Perdón —le dijo a un celador—, ¿por dónde queda el comedor? Es mi primer día y no lo encuentro. —Después sacó su peine y repasó su flequillo con él-
—Es por allí —respondió señalando hacia un largo pasillo que había a su espalda—. Bienvenido, espero que consigas tu objetivo. Bonito peine, por cierto.
—Gracias.
De vuelta de nuevo en su cuarto, aún tenía media hora para descansar antes de empezar su primera sesión de terapia. Se sentó sobre su cama, pero enseguida se levantó al notar algo en el bolsillo trasero de su pantalón. Era el viejo peine, su inseparable compañero desde sus años de instituto. Lo utilizó una vez más y lo guardó de nuevo. Salió de la habitación y se encaminó hacia la sala donde se reunían los adictos. De nuevo tuvo que preguntarle al celador por su situación.
—Hola de nuevo. La sala que buscas está al otro lado del comedor, por ese pasillo. Por cierto, me llamo Pedro Ramos. Mañana te daré un plano de las instalaciones, para que no tengas que ir siempre preguntando. Aunque si quieres saber cosas no dudes en buscarme. Soy el que más sabe de la Clínica.
—Muchas gracias.
Tras varias horas de conversación grupal en las que conoció a los que iban a ser sus nuevos compañeros, se dirigió de nuevo al comedor para la cena y posteriormente se metió en su cuarto a leer un libro antes de irse a dormir. Se había llevado los libros de El Hobbit y El Señor de los Anillos; su amigo Adam se los había recomendado hacía unos meses, después de prestarle El guardián entre el centeno, el cual le había maravillado. Si aquellos libros eran la mitad de buenos que el anterior, los disfrutaría sin ninguna duda. Entonces se le empañaron los ojos pensando en su fallecido amigo. Minutos después, se quedó dormido con el libro abierto y los nombres de los trece enanos rondándole en la mente. Tuvo una noche muy inquieta en la que se despertó cada poco y no descansó como debería.

Al día siguiente se levantó, se peinó, acudió al desayuno y después se dio una rápida ducha, se peinó otra vez, se lavó los dientes y acudió a la primera charla con su psicólogo personal. Al regresar cerca de la hora de la comida, se encontró con que en la repisa del baño había otro peine, igual al suyo. Sería cosa del centro, al igual que en los hoteles le habían dejado un cepillo de dientes, jabón y útiles de afeitado; se les habría olvidado el peine y se lo dejaron al día siguiente, seguro que era eso.
El segundo día pasó muy similar al primero, con la diferencia que aquel día el grupo dio un largo paseo por los jardines del centro de rehabilitación. La noche fue menos agitada que la anterior y cuando se despertó se encontraba descansado para afrontar el nuevo día. Entró al baño y se encontró con un nuevo peine, igual que los dos que ya tenía. Lo cogió en su mano y salió para dirigirse había la recepción e indicar que dejaran de ponerle peines, que ya tenía tres, y sobre todo, que nadie entrara en su habitación mientras él dormía.
—Buenos días.
—Hola, Pedro —saludó el joven al celador, al cual no había visto hasta que este le saludó—. Oye, ¿tú sabes por qué me han puesto dos peines iguales al que traía yo?
—¡Shhh! —El celador miró en todas direcciones antes de continuar—. Sígueme.
Tommy siguió al celador, que le condujo hasta un pequeño cuarto de limpieza.
—Aquí podemos hablar sin peligro de ser oídos. Nadie te ha puesto ningún peine. En este lugar los peines se duplican.
—¿Cómo que se duplican? —preguntó extrañado Tommy.
—En algunos casos peines se duplican hasta tal punto que llegan a hacer perder la cabeza a los internos. En la mayoría de las ocasiones, vuelven a recaer en las drogas y así la dirección se asegura que sigan más tiempo en el centro. Pronto dejarás de notarlo porque te darás unas drogas que inhiben tu precepción para que no te des cuenta de esa replicación y dirán que no estás curado y que tienes paranoias y delirios para retenerte aquí por más tiempo.
—Es de locos, ¿qué función tiene que los peines se vayan reproduciendo?
—Lo desconozco, pero según he ido comprobando con los años es para conseguir reteneros aquí y ganar más dinero por vuestro ingreso.
—Tengo que salir de aquí cuanto antes, tengo que avisar a mis padres.
Y así lo hizo, Tommy acudió a la recepción de la clínica a solicitar una llamada de teléfono, pero le informaron que en aquellos momentos era imposible, ya que tenían las líneas fuera de servicio. Que probase al día siguiente, que seguro que la compañía telefónica ya habría solucionado el problema.
Cuando llegó a su dormitorio al anochecer, seguía habiendo dos peines iguales al que él tenía en los bolsillos, el cual sacó y utilizó para acicalarse. Se acostó y al amanecer, el número de peines continuaba igual. Seguro que había sido cosa de la gente de la limpieza que se habían equivocado. No podía ser que los peines se duplicasen. Se peinó y salió dispuesto a comenzar con un nuevo día de terapias.
A la mañana siguiente, al despertar, en su cuarto de baño había una docena de peines, algunos sobre la repisa y otros caídos sobre el lavabo. De regreso a la habitación se encontró que habían aparecido cientos de peines sobre su cama y muchos más en el suelo, cubriendo todo el enlosetado. Salió corriendo al pasillo haciendo saltar peines por todas partes. Buscaba ayuda, a ser posible del celador con el que había hablado sobre la duplicación de los peines. Al girar una de las esquinas chocó contra el director del centro que caminaba leyendo unos informes.
—¿Qué sucede muchacho?
—Los peines. El celador. Tengo que hablar con él. —Y de nuevo echó a correr.
—Espera, ¿a qué celadora buscas?
—A Pedro Ramos. —Desapareció tras una nueva esquina dejan al director comentando en solitario que no tenían ningún celador que se llamara Pedro Ramos; que todo el personal de la clínica era femenino.
Una hora después, Tom Brigham se encontraba en su cama, atado con correas especiales para casos especiales de delirio agresivo, como el que estaba sufriendo en ese momento. En su mano derecha sostenía su viejo peine, ya que había sido imposible hacer que lo soltase. Dos doctoras y una enfermera esperaban a que los calmantes hiciesen efecto y poder quitarle aquel objeto que lo tenía obsesionado.

—Su hijo ha sufrido un delirio debido a la del consumo de drogas; lo que se conoce como síndrome de abstinencia o mono. No tiene de qué preocuparse, ya que no es algo nuevo ni es algo infrecuente —le comunicaba Macaulay Culkin a los padres de Tom. Les había citado para informarles sobre el estado de su hijo y para conocer algún detalle sobre la obsesión con los peines
—¿Y qué es lo que le pasa? —preguntó la madre.
—Dice que los peines se duplican y le persiguen. No sabemos de dónde ha sacado semejante idea.
—Tommy siempre llevaba un viejo peine en sus bolsillos y no paraba de peinarse. Presumía mucho de su pelo y quería llevarlo bien colocado —mencionó el padre—. En alguna ocasión llegamos a decirle que lo iba a desgastar de tanto usarlo.
—Comprendo. Una cosa más, ¿saben quién es Pedro Ramos?
Los padres del chico lo miraron desconcertados, pues era la primera vez que escuchaban aquel nombre.

—¡Los peines! Se están duplicando y pronto controlarán todo. ¡Ayúdame, Pedro! ¡Pedrooo! —gritaba una y otra vez. Pero su voz se perdía en la insonorización de la sala. Por fin el sedante hizo efecto y sus músculos se relajaron, dejando caer el peine que siempre utilizaba de la mano. En uno de los laterales todavía se podía distinguir el nombre del fabricante objeto, casi borrada por el uso. «Pedro Ramos».
Julio 2017







PARA LOS INCONCLUSOS DE STEPHEN KING. BASADO EN:

Título: «Peinado» Tommy Brigán es un joven adicto a la cocaína que decide ingresar en una clínica de rehabilitación después de que un amigo de su edad sufriese un infarto debido a la droga. Al ingresar en el centro llevaba un viejo peine en un bolsillo, el cual, una vez dentro de la clínica, comienza a duplicarse a sí mismo. Preocupado por su salud mental, Tommy habla con un celador, quien le confirma que lo que ve es real, que los peines se están duplicando.

martes, 3 de enero de 2017

Aitor

Aitor es el nombre de mi amigo de la infancia, mi primer amigo.
Nos habíamos conocido en el pueblo, durante las vacaciones de verano del año 83 u 84. Éramos tan pequeños que ni lo recuerdo, solo sé que durante los siguientes diez años deseaba que llegara el mes de agosto para volver a reencontrarnos y disfrutar del descanso estival juntos.
Durante todos aquellos años compartimos multitud de cosas y nos pasábamos la vida uno en casa del otro. Mis padres se convirtieron en los suyos y los suyos en los míos. Compartimos todos los veranos de nuestra niñez y del inicio de nuestra adolescencia.
Recuerdo que el uno al otro nos descubrimos la lectura; bueno, realmente fue su hermano mayor el que nos descubrió la lectura a ambos con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Nuestras tardes comenzaban en su patio o en el mío leyendo cada uno los tebeos del otro. Cada vez que me acababa uno, antes de empezar el verano, pensaba: “este seguro que le encanta a Aitor”. Cuando alcanzamos los catorce años, yo seguí con mis tebeos, sin embargo, él había cambiado la lectura, había madurado y ya leía libros de adultos como Frankenstein o Cementerio de animales. Aquel verano me di cuenta de que tenía que evolucionar yo también en mis lecturas, que ya no era un niño y debía comenzar a leer cosas acordes a mi edad (aunque nunca he dejado de leer tebeos de Mortadelo). Al empezar el instituto, el primer libro que cayó en mi poder fue uno de Sherlock Holmes, y desde aquel día cientos de libros han pasado por mis manos. Por ese hecho, jamás dejaré de agradecer a mi amigo que me inculcara el gusto por la lectura.
En los años de la niñez, mucho antes de aquello de los libros, nos dedicábamos a ir hasta el campo de fútbol a darle patadas a un balón, creyendo que sabíamos jugar y que llegaríamos a ser profesionales de aquel deporte. También íbamos hasta el río a coger ranas, las hinchábamos y las lanzábamos al río para ver como flotaban. A mi edad adulta sé que aquello era una crueldad, sin embargo, con diez años lo veíamos como un experimento sin maldad.
Al principio del verano del 91, nos construimos un tirachinas con un globo y la boquilla de una botella de plástico (en el pueblo a aquello le llamaban tirahuevos o capalobos) y todas las tardes, cuando bajaba el sol y comenzaba a atardecer, nos íbamos hasta el basurero, recogíamos todas las botellas y botes de cristal que había y los poníamos en fila para practicar nuestra puntería. Lo mejor era cuando conseguíamos un bote lleno de tomate y al irse rompiendo soltaban la salsa aparentando ser sangre.
Nuestros juegos eran inocentes y no le hacíamos daño a nadie (al menos intencionadamente). Buscábamos aventuras y emociones fuertes. Otro verano nos dio por irnos a la parte trasera de la iglesia del pueblo y escalar por las rocas que allí hay. Cada vez nos buscábamos rocas más altas y más difíciles de escalar, hasta que finalmente conseguimos trepar por todas las grandes piedras del lugar.
Aquello era muy divertido: escalar, ayudarnos el uno al otro, encontrar otros caminos por los que llegar a la cima (de apenas unos metros de altura) y después descender para empezar de nuevo. Era divertido, pero llegó un momento en el que buscábamos más emoción y la encontramos un día en un campo segado de trigo. El cereal había sido recolectado y con los restos habían creado alpacas y las habían almacenado formando una gran torre. Con la valentía de dos muchachos de doce años, nos encaramamos a los bloques hasta la parte más alta y saltamos al vacío sobre un montón de paja. Nos arriesgábamos a rompernos una pierna o un brazo, pero cuando eres adolescente te crees inmortal.
También fuimos descubriendo el mundo a nivel personal y emocional. Recién empezada la adolescencia, en el pueblo apareció una chica nueva que se unió a nuestro grupo, el cual formábamos Aitor, su hermana, otras dos vecinas y yo. Desde el primer día en que la vi, aquella niña con trenza me gustó. No sé cómo explicarlo, pero sabía que a mi amigo también le gustaba. Ni yo le dije nada a él, ni él me lo dijo a mí, pero ambos conocíamos cuales eran los sentimientos del otro. Siendo realistas, ¿qué posibilidades tenía un chico como yo, moreno, con gafas y bastante parado contra un chico divertido de ojos azules, con el pelo rubio y rizado? Ninguna. Físicamente, me recordaba a los querubines de blanca piel y pelo ensortijado de los dibujos medievales.
Cual fue mi sorpresa, cuando a punto de acabarse el verano, aquella niña de la trenza se acercó una noche a mí, me dijo que yo le gustaba y me dio un beso. Cuando se lo dije a mi amigo, noté que algo en él se venía abajo, pero lo aceptó con la mayor dignidad y aplomo que he visto nunca, y apenas contábamos con doce años. Nunca se lo dije, pero, pasados algunos, años, tuve un pequeño romance con la chica de la trenza.

Al año siguiente, mi amigo Aitor se fue con su familia a pasar todo el mes de vacaciones a un apartamento que tenían en la playa y no nos vimos. Paradójicamente, aquel verano de 1993 fue el primero de los mejores de mi vida. Y en ninguno de ellos estuvo él. Así fue como nos perdimos la pista y no supe de Aitor durante diez años. Vi alguna vez a sus padres y me hablaban de él. Mis padre se lo encontraron una vez, les preguntó por mí y les dijo que tenía muchas ganas de verme. Entonces, fue cuando busqué su teléfono en una vieja agenda de papel a la que le faltaban la mitad de las hojas y, milagrosamente, lo encontré. Hablamos dos o tres veces y quedamos.
Teníamos ya veintidós años y llevábamos más de diez sin vernos, pero enseguida nos reconocimos el uno al otro y nos fundimos en un fraternal abrazo. Nos pusimos al día sobre nuestra vida y me alegré mucho de saber que él estaba estudiando una ingeniería y que era de los primeros de su clase (siempre me pareció la persona más lista que conocía). Hablamos, fuimos al cine, tomamos algo y nos intercambiamos los correos electrónicos y la (falsa) promesa de volver a vernos. Mantuvimos durante un tiempo el contacto mediante Messenger y nos enviábamos algún correo. Con la llegada de las redes sociales, fue cuando más contacto volvimos a tener.
Nos hablábamos por Facebook y me contó que él estaba viviendo con su novia, yo le conté que me había casado y que iba a ser papá. Él me dijo que tenía sobrinos, pero que hijos todavía no.

Otros diez años después de vernos por última vez, en el 2012, recibí una llamada de mi padre diciéndome que Aitor había sido ingresado en el hospital y le habían detectado un cáncer en el sistema digestivo. Enseguida le escribí por Facebook (la única manera que tenía de contactar con él) y me contó un poco. Algunas semanas después me llegó la noticia de que ya había sido dado de alta y de nuevo le escribí para decirle que me alegraba mucho. Me respondió diciéndome que le quedaba una larga recuperación y un tratamiento de seis meses y que esperaba que no fuese muy duro.
Antes de pasar esos seis meses, un amigo común me dijo que lo habían tenido que ingresar de nuevo para poder alimentarlo por una sonda. Me contestó que lo de la sonda iba por buen camino, que había llegado a quedarse en treinta y cinco kilos, pero que ya pesaba cuarenta y uno e iba en aumento.
Eso estaba bien, que fuera evolucionando. A un chico de treinta y tres años no puede pasarle nada, y menos a mi amigo. Pero me equivocaba, la inmortalidad que nos creíamos tener a los doce años, se estaba riendo de él dos décadas después.
Mis últimos mensajes fueron los siguientes:

15/01/2014
Aitor, ¿cómo vas? Me dijo mi padre que tenías que alimentarte otra vez por sonda.
Espero que pronto te la quiten y mucho animo. No sabía si estabas en casa o en el hospital y si tenías modo de conectarte. Le pregunté por ti a tu hermana y me dijo que sí puedes conectarte. Pues lo dicho, mucho ánimo y un abrazo.
17/02/2014
Me dijo mi padre el otro día que estabas mejor. Me alegro mucho que sigas evolucionando. Un abrazo y sigue con tu recuperación

No obtuve respuesta a ninguno de ellos. Justo dos meses después, mi padre me llamaba para decirme que había fallecido y que al día siguiente lo enterraban en el pueblo por expreso deseo suyo.
No tuve el valor para visitarlo en el hospital, pero si tuve la suficiente vergüenza para ir a presentar mis respetos a su familia y acompañarlos en el trágico momento del entierro.
Cuando la madre se bajó del coche fúnebre con la urna de sus cenizas en la mano, se abrazó a mí y me dijo “Aquí traigo a tu amigo” y lloré abrazado a ella y al marido hasta que no me quedaron lágrimas. Cuando acabaron de sellar la losa del nicho y sus familiares más allegados se retiraron, me acerqué a llorar en solitario su pérdida. Antes de irme, me aproximé a sus padres y hermanos para despedirme de ellos y reiterarles mi pésame. Entonces su madre me dijo: —Se acordaba mucho de ti, sobre todo al final. Me decía todos los días “Mamá, me acuerdo mucho de cuando era pequeño, y de los que más me acuerdo es de Roberto y de Jéssica (la niña de la trenza)”—. En ese momento creo que se me rompió el corazón. Me di cuenta de que no había estado a la altura de nuestra amistad.



Ahora ese niño de ojos azules, pelo rizado y rubio viene todas las noches para preguntarme por qué no fui a visitarlo al hospital cuando su vida se apagaba. Y no soy capaz de explicarle que no tuve valor.

viernes, 7 de octubre de 2016

Esteban Cúa

Yo no sé de qué modo podrá ayudarme que yo le cuente mi sueño, pero ya no sé que hacer, estoy desesperado por que alguien interprete lo que aparece en mi cabeza por las noches.
¿Ya está grabando?, pues claro, que tonto soy, si está la lucecita roja encendida, pues empiezo.

Mi nombre es Esteban Cua y tengo diecisiete años. Nací el 19 de abril de 1999, por lo tanto soy Aries.
Yo nunca he creído en cosas de horóscopos ni en los astros ni temas similares, incluso hasta hace unos meses nunca me había presentado como un Aries.
Quedé un día con cuatro amigos para ir al centro a mirar regalos de Navidad para nuestros padres y hermanos. Después iríamos al cine a ver la última película de Star Wars y al salir a merendar algo a la cafetería de la calle Mayor, ya sabe, esa tan famosa que aparece en muchas series y películas.
Los cinco tenemos planeado un viaje a Hungría. Llevamos un par de años hablando de ello, y, este año, por fin nos hemos decidido a hacerlo. Nos costó un poco convencer a nuestros padres, ya que es un viaje largo y costoso. Nunca hemos salido del país y a nuestros padres les da miedo, pero finalmente hemos conseguido que nos den permiso
En la cafetería, Daniela cogió una revista, no era una revista propia para adolescentes como nosotros; más bien era para mujeres maduras que les gusta leer y regodearse con las desdichas de los famosos. Comenzó a pasar hojas y a hacer comentarios sobre algunas de las noticias publicadas; el resto nos reíamos o le decíamos que no nos interesaba aquello. Entonces fue cuando llegó al horóscopo. Se detuvo en aquella página para leer el suyo en silencio, miró alguna cosa más por encima y pasó la hoja. Entonces mi amigo Julián la detuvo e hizo que regresara al horóscopo.
—Léenos también el nuestro —le pidió en tono jocoso—. Llevas un buen rato contándonos cotilleos, pues ahora infórmanos de lo que nos depara el futuro.
—Eso son chorradas —comentó Maxi, que no creía en la astrología.
—Pues yo sí que quiero que me lea el mío —intervino también Miranda.
El único que no se pronunció fui yo. No era algo que me interesara, pero sentía curiosidad por saber qué decían los astros sobre mi futuro. Así fue como Daniela fue leyendo uno por uno nuestros horóscopos, no recuerdo lo que les contó a los demás, pero recuerdo muy bien lo que me dijo a mí: “Vives momentos de bienestar que se verán recompensados con el viaje que siempre has soñado. En el trabajo recibirás una gratificación.”
—Mira, el tuyo acierta en lo del viaje —dijo Julián.
—Si eso fuera así, todos los demás horóscopos dirían lo mismo —intervino Maxi—, al fin y al cabo ese viaje lo haremos todos.
La verdad que sí que vivía momentos de bienestar porque me iba bien en los estudios, con mis amigos me lo pasaba genial y la relación con mi familia era estupenda. Lo único que no coincidía era lo del trabajo, pero al llegar a mi casa aquella noche, mi madre me dijo que a mi padre le habían ascendido en el trabajo. Mi padre también es Aries, igual que yo. No sabía si todo aquello era coincidencia o aquel horóscopo había acertado.
En fin, que cené con mi familia, vimos un rato la televisión y me fui a acostar. Desde aquella noche comencé a tener esa pesadilla. Bueno, realmente no es el mismo sueño todas las noches, pero el final es igual.
Aquella noche soñé con mares y ríos que ardían, y de ellos salían hombres que no tenían piel. Yo iba por un sendero de piedra y a mi alrededor había agua, pero no era un agua normal; era de color morado y, de repente, se convertía en lava, de la que salían pequeñas erupciones que invadían mi camino. Al intentar apartarme para no quemarme, salían de la lava hombres despellejados que avanzaban hacia mí. Yo intentaba huir, pero al intentar correr, lo que sucedía era que no lograba avanzar y aquellos seres me cerraban el paso.
Cuando conseguí moverme del sitio, ya no estaba en un camino, si no en una casa. Entraba por la puerta y allí me esperaba mi madre con mi amiga (la que nos leyó el horóscopo). Estaban comiendo magdalenas (algo raro, porque mi madre no puede comer dulce) y tomando leche. Me ofrecieron una y mi madre me preguntó que por qué venía tan sofocado; me pidió que me sentara y merendara con ellas. Subo a mi cuarto y allí me tumbo en la cama.
Y aquí comienza la parte común de todos los sueños: Aparece una mujer atada a la pared con cadenas. Está totalmente desnuda y tiene la cadena enganchada a un tobillo, el cual se le ha amoratado. Está demasiado pálida, como si estuviera muerta, pero respira y se mueve ligeramente. Me pongo en pie para acercarme a ella y liberarla. En el momento en el que toco su piel la noto fría, y me doy cuenta de que esa chica es Daniela, que me sonríe. Sus dientes están afilados y emite una carcajada aguda que me hiela la sangre. Cuando intento darme la vuelta para buscar algo con lo que cortar las cadenas, me encuentro con que estoy encerrado en una jaula. Por más que golpeo y zarandeo los barrotes, no consigo salir. Al otro lado, hay varias sombras a las que oigo reír. En ese instante me despierto.

Bueno, pues el caso es que como tenemos el viaje programado para cuando se acaben las clases no sé como interpretar esos sueños. ¿Tendrán algo que ver con el viaje? ¿Debemos seguir adelante con él? Aparte de las pesadillas, esas dudas son las que me atormentan.

Otro de los sueños comienza en el instituto, con mis amigos en clase. Nos están explicando el tema de Platón y su retórica. Sin embargo, no es el profesor de filosofía el que nos da la clase, si no la maestra de inglés. Y, aunque, no nos habla en castellano, la entendemos perfectamente. Cuando suena la campana y salimos del aula, en pasillo no es el del instituto. Es un pasillo con paredes acristaladas y está flotando en el aire, comunicando dos edificios a decenas de metros de altura. Resulta atrayente, y a la vez aterrador, caminar por aquel suelo de cristal como si realmente pudiéramos pasear por las nubes. Es una sensación que no se puede describir. Entonces nos montamos en un coche de feria y el suelo se convierte en raíles de montaña rusa. El vehículo se desliza por las vías bajando empinadas cuestas y haciendo giros imposibles. Cuando bajamos de allí nos encontrábamos en una mazmorra subterránea. Caminamos por un largo pasillo iluminado por antorchas cuya llama danza y salta produciendo extrañas sombras. Al final llegamos a una amplia sala llena de ordenadores y pantallas. A mí me recuerda a la Batcueva, ya sabe, la cueva de Batman. Allí hay unos cilindros llenos de un líquido verde y, aparentemente, viscoso en el que flotan cuerpos humanos, conectados a unos respiradores.
Nosotros los miramos como si fueran animales en un zoo, reímos y señalamos las cámaras cilíndricas. Todos son diferentes. Algunos son hombres, otros mujeres; blancos, negros, asiáticos; grandes, pequeños, delgados, obesos, musculosos.
Maxi se para frente a una de aquellas cápsulas y comienza a tocar el cristal y a pulsar botones. Nosotros le decimos que no toque nada, pero él nos ignora y continúa a la suyo. La profesora de inglés se acerca a él, y, lejos de impedirle que siga a lo suyo y estropee aquellos aparatos, le ayuda a intentar abrir la cápsula. Daniela y yo comentamos que aquello es un error, pero por más que le gritamos a Maxi y a la profesora que no toquen, ellos nos ignoran. Miranda y Julián se han acercado cada uno a un cilindro y comienzan también a tocar el cristal y los botones. Yo me acerco a Miranda e intento apartarla de aquel objeto; quiero agarrarle las manos, sin embargo, se mueve tan rápido que cuando voy a sujetarle una muñeca, esta se me escurre entre los dedos y continúa tocando los botones.
A nuestras espaldas oímos un ruido de descompresión al abrirse uno de aquellos cristales. El líquido se desparrama por el suelo y el cuerpo que flotaba en el interior cae al piso.
—Lo hemos liberado —dice Maxi. Él y la profesora lo están limpiando de los restos de líquido que había por el cuerpo. Cuando se levanta, sorprendentemente, va vestido.
La siguiente imagen es del resto de los cuerpos saliendo de sus crisálidas artificiales. Nosotros echamos a correr por aquellos subterráneos perseguidos por los seres de las cápsulas. Cuando les digo a mis amigos que corran para que no nos den alcance, me doy cuenta de que mis amigos ya han sido hechos prisioneros. Me meto por un pasillo que resulta desembocar en una habitación. En este punto es en el que los sueños confluyen en su parte común: la mujer, que resulta ser mi amiga Daniela, atada a la pared, con los dientes afilados y yo encerrado en una jaula.

Esos dos son los sueños que mejor recuerdo, del resto solo recuerdo detalles sueltos, salvo el final, que siempre coincide.

Bueno, veo que ha estado tomando notas, ¿tiene algún resultado? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Debo hacer ese viaje? Bueno, imagino que aún será pronto. Esperaré su llamada, ya le dejé mis datos a la chica de la entrada. Adiós, y muchas gracias.

Con las manos en la masa

Siempre que vuelve a casa me pilla en la cocina, embadurnada de harina, con las manos en la masa. Pero hoy va a ser diferente. Es una noche especial, ya que celebramos nuestro décimo aniversario y la cena estará lista cuando él llegara.
Como entrante, le he preparado unos riñones al jerez. Para prepararlos, lo que hice fue, en primer lugar, limpiarlos bien por fuera, abrirlos y limpiarlos por dentro. Después los dejé reposar con agua y vinagre en un bol durante un cuarto de hora.
Entretanto, corté la cebolla en cuadraditos pequeños y la sofreí en una sartén con ajo picado y aceite de oliva. Ese olorcillo del sofrito me abrió el apetito, así que, para calmarlo, me comí un trozo de queso y me bebí una copa de vino. Cuando pasaron los quince minutos, eché los riñones escurridos a la sartén, le agregué mostaza y un generoso chorro de vino de jerez y lo dejé cocer todo durante ocho minutos. Lo mantuve con el fuego al mínimo para que siguieran calientes hasta la llegada de mi marido.
Aquella mañana había preparado el plato principal: carne guisada. Como era un plato que llevaba más tiempo, lo preparé antes, y así solo tener que calentarlo un poco mientras disfrutábamos los riñoncitos.
Me costó un poco, porque era la primera vez que la preparaba. Puse los pimientos choriceros en remojo durante dos horas y después los limpié por dentro. Salpimenté y enhariné la carne antes de poner a rehogar en aceite tres dientes de ajo y las hojas de laurel. Añadí la carne y le eché la cebolla, que previamente había cortado en tiras. Tras un par de minutos, le añadí un vaso de vino. En lo que se evaporaba el alcohol, le eché el pimentón al guiso. Le puse los pimientos y cubrí todo de agua para dejarlo cocer durante dos horas. Corté la zanahoria en gruesas rodajas y se la añadí. Rectifiqué un poco la sal, y lo dejé reposar hasta hace un rato que lo puse a calentar a fuego lento.
Para el postre tenía una tarta helada. Pero antes habrá un tercer plato, el cual no podré preparar hasta el último momento, porque si se queda frío, no sabrá igual. Mi marido se chupará los dedos o eso espero. Además, cumpliré el deseo que siempre me repite una y otra vez y nunca lo hago, pero hoy es un día especial.

Oigo las llaves entrar en la cerradura y girarla. Mi marido ha llegado. Salgo inmediatamente de la cocina para recibirlo con un beso.
—Hola, cariño. ¡Feliz aniversario! —le digo con entusiasmo.
—¿Es nuestro aniversario? ¿Cuántos años llevo aguantándote? —me espetó.
—Diez.
—¿Y en diez putos años aún no has descubierto que lo que quiero al llegar a casa es una cerveza, y no que vengas como un perro faldero a chuperretearme? Tráeme una cerveza, que voy a ver las noticias. ¿Está lista la cena?
—Sí, amor —le respondo. Obediente, saco una cerveza del frigorífico y se la llevo al salón. Allí está sentado, con los pies descalzos sobre un pequeño escabel que tenemos. Le entrego la cerveza, recojo sus zapatos y le traigo las zapatillas de estar en casa. Después le entrego un paquete—. Te he comprado un regalo.
Él lo coge y lo abre. Mira el llavero de plata. Lo mueve entre los dedos, lee la inscripción que mandé grabar.
—Muy bonito. Ahora podrías traerme otra cerveza.
—Pero aún tienes esa por la mitad y la cena está lista, se va a enfriar.
—¡Cómeme la polla y tráeme la puta cerveza! —me dice a la vez que me lanza el llavero, el cual me impacta en la espalda por girarme como acto reflejo para protegerme. Mañana seguro que tendré un buen moratón .
Ya estoy acostumbrada a esos arranques de furia después de diez años que hace que nos conocemos. Al principio todo era maravilloso y nada hacía pensar que mi marido fuera un hombre violento. Al año de relación nos casamos y nos fuimos a vivir juntos en un pequeño apartamento de las afueras. Al principio todo era ilusión y planes de futuro, pero estos se truncaron cuando no podía quedarme embarazada. Entonces fue cuando él empezó a beber con asiduidad y a culparme de que no pudiéramos tener una familia.
Me hice pruebas y visité a varios médicos, y todos me dijeron que estaba bien, que no tenía ningún tipo de problema de fertilidad. Que estaría bien que mi marido se realizase pruebas para ver si era él quién tenía el problema o simplemente era cuestión de tiempo. También me hablaron de la posibilidad de utilizar técnicas de reproducción asistida.
Con una nueva ilusión, llegue a casa y le conté a mi marido lo que me habían dicho los médicos; que él debería hacerse también pruebas y que en el caso de que fuera él el que tuviera el problema de fertilidad, podríamos recurrir a técnicas de laboratorio.
Entonces sucedió. Con la velocidad de un rayo, me lanzó una bofetada que me rompió el labio y me hizo caer al suelo.
—¡No vuelvas a insinuar que soy yo quién tiene problemas para tener hijos! —me dijo antes de escupirme—. Yo soy muy macho y puedo tener hijos. La culpa es tuya, así que asume tus responsabilidades.
Esa fue la primera y última vez que le hablé del tema. Ese día asumí que jamás iba a ser madre.
Él trabajaba de mecánico en un taller ocho horas al día. Aunque tenía tiempo para venir a casa a comer, hace mucho que decidió quedarse a comer en algún bar del polígono en el que está el taller. Y, aunque nunca lo he dicho en voz alta, lo agradezco. Es una liberación para mí. Después del trabajo, siempre va a tomarse algunas cervezas con sus compañeros antes de venir a casa. Al llegar, le gustaba que la cena estuviera lista, aunque antes siempre se sentaba en el sillón a beber una cerveza, o dos.
Yo trabajaba en una tienda de moda durante dos años después de casarnos; sin embargo, lo dejé por petición de mi marido. Cuando todavía iba a casa a la hora de la comida, quería que esta estuviera lista cuando él llegara. A mí aquello me costaba trabajo, ya que salía a la misma hora que él y apenas me daba tiempo a tenerlo todo preparado a su llegada. Todos los días había algún reproche: la comida estaba muy caliente, salada, sosa, fría, no sabía igual que la que hacía su madre… Tuve que faltar numerosas tardes al trabajo por tener que recoger sus destrozos para que cuando volviera a la noche la casa estuviera en perfectas condiciones.
Una y otra vez me decía que tenía que dejar de trabajar para ocuparme de la casa como una buena esposa. Y así lo hice. Pedí mi baja voluntaria del trabajo y me dediqué a las labores del hogar. A pesar de ello, las cosas nunca estaban a su gusto. Si la comida estaba a tiempo, me gritaba porque había polvo en el mueble, si no era por el polvo era porque no tenía una camisa planchada o por una fotografía mal colocada.
Primero hubo gritos, después empujones, golpes y lanzamiento de objetos. He soportado todo eso durante años; en silencio, por la vergüenza y por el rechazo social. También por miedo a las represalias que pudiera tomar contra mí. Realmente, ese ha sido el principal motivo de mi silencio.

Le llevo una nueva cerveza y se la dejo en la mesa. Sé que cuando acabe la primera (y eso será en pocos segundos) se levantará y se sentará a cenar, y quiere tomarse allí la otra cerveza. Vuelvo a la cocina y cojo dos platos, dos vasos y dos juegos de cubiertos. Las servilletas ya están en su sitio. Me siento paciente a esperar que él haga lo mismo.
Por fin se sienta y le sirvo el entrante de la cazuela de barro en la que he mantenido los riñones calientes. Coge un trozo de pan y comienza a comer con avidez, como si hiciera semanas que no hubiese comido. Coge la barra de pan y se parte un generoso trozo para mojar en la salsa. En cuanto acaba, le sirvo la carne guisada, de la que también empieza a dar cuenta. Me quedo a su lado para verle comer.
—Esto está buenísimo —me dice. Es el primer halago que recibo desde… Hace tanto tiempo que ni lo recuerdo—. ¿Dónde has comprado la comida? Porque esto no tiene nada que ver con la mierda que venden en la carnicería esa en la que compras.
—Te hice caso. No recuerdas que el otro día te pregunté que qué carne quería para cenar hoy, y tu respuesta fue «de mi puta madre». Pues eso es lo que te estás comiendo: a tu puta madre. La maté y la he guisado para ti.
Sin darle tiempo a reaccionar, le inyecto un sedante que llevo escondido en mi bolsillo.
Han pasado tres horas desde que lo dormí y empieza a recuperar la consciencia. A pesar de ello, la anestesia que le he suministrado después impide que sienta dolor. Le tengo atado a la silla de pies y manos. También le tengo la boca tapada con cinta de embalar, la cual le retiro para que deguste el último plato. Aunque al principio se resiste, finalmente, consigo que me meta en la boca el pedazo de carne que le he cortado y tengo pinchado en el tenedor. Lo mastica y lo mastica con lentitud. Yo también hago lo mismo, me meto un trozo de carne y lo mastico. Después repito hasta acabarme mi ración. Él sigue con el primer trozo en la boca. Supongo que los sedantes le impiden comer con normalidad.
—Y por fin he cumplido tu sueño —le dijo. Él me mira con cara de incertidumbre—. Te acabo de comer la polla.

Mira hacia la entrepierna y se encuentra con que está desnudo de cintura para abajo, con el miembro amputado y desangrándose por la herida que hay donde antes tenía su inútil pene.

martes, 29 de marzo de 2016

El hijo pródigo

Y por fin está aquí, el relato que utilicé para la final de Versus 3 con el que quedé (otra vez) segundo. La consigna era escribir un drama de una pareja homosexual, en primera persona y contado por el padre de uno de ellos. Que lo disfrutéis.

Sabía que aquel chico lo haría sufrir, se lo había dicho tantas veces que aquella frase había perdido su significado. Desde el día en que llegó a casa, nos confesó su orientación sexual y nos dijo quién era su pareja, supe que iba a pasarlo mal por su culpa.

Jesús llegó aquel día a casa llorando, como el día anterior y el otro. Su madre acudió a consolarlo, pero tras la puerta solo recibió gritos y reproches. Como las últimas veces. Bajó las escaleras y entró en la cocina para preparar la cena.
—Hoy no va a cenar —dijo.
—Igual que las últimas noches.
—No sé qué le pasa a este chico, y me tiene preocupada.
—Serán cosas de críos. Hablaré con él.
Al día siguiente Jesús salió temprano y fue imposible hablar con él. Al regresar de la universidad para la hora de la comida era otra persona. Por aquella puerta entró un chico alegre y deseoso de vivir la vida, todo lo contrario de las últimas noches.
Así pasaron muchos días y muchos meses. Jesús se había convertido en lo que todo padre desea que sea su hijo: alegre, estudioso, buena persona y con muy buenos amigos. Su madre sospechaba que aquel cambio de humor tenía que ver con una chica, decía una y otra vez que se había enamorado, que se le notaba en los ojos.
Entonces pasó. Jesús entró en el salón en el que yo estaba sentado en mi sillón viendo un partido de baloncesto y su madre poniendo la mesa para la cena. Sonreía, pero a la hora de hablar le temblaban la voz y las manos. Estaba nervioso y no paraba de juguetear con un anillo que nunca habíamos visto antes. Brillaba mucho, por lo que supuse que era nuevo.
—Mamá, papá, tengo que contaros algo. Sentaos, por favor.
—¿Estás bien, te pasa algo? —pregunto enseguida su madre. Ella se alteraba rápidamente en cuanto intuía que a Jesús podría sucederle alguna cosa.
—No, tranquila, estoy bien. Siéntate. Lo que os quería decir es… es…
—Venga, dilo.
—Que estoy saliendo con alguien. —Por fin lo dijo, de manera rápida. Como se dicen las cosas que pueden doler.
—¡Eso es maravilloso! —se alegró su madre—. Tienes que invitarla a venir y presentárnosla. Queremos conocer a la chica con la que sales.
—Verás, mamá, no va a poder ser.
—¿Por qué? No tiene que ser ahora mismo, podemos esperar.
—Mamá, es que… es que… no hay ninguna chica. Estoy saliendo con alguien, pero no es una chica. Es un chico. Se llama Gabriel.
En ese momento oí como el corazón de mi mujer se quebraba. El mío creo que también, pero no podría asegurarlo. Los dos nos quedamos en silencio sin saber que hacer ni que decir, fue como si nos quitaran una parte de nuestro cerebro y nos pusieran otra. De un plumazo se volatilizaron todas las ideas de boda con una preciosa muchacha vestida de blanco, que se quedase embarazada y nos diera nietos. Lo que todos los padres piensan que algún día les darán sus hijos se quedó en una ilusión.
Al principio nos costó asumirlo. Nadie desea que su hijo sea homosexual. Su madre siempre pensó que tenía una enfermedad. Intentó una y otra vez concertarle una cita con un psicólogo, después pasó a los curanderos y hasta a los profesores africanos que curan todo tipo de enfermedades solo con tocar al enfermo. Pero Jesús no tenía ninguna enfermedad. Lo que le sucedía era que le gustaban los hombres, y frente a eso no hay cura posible.
Pasado el tiempo, por fin nos presentó al chico con el que salía y, decía, quería compartir el resto de su vida. En cuanto aquel muchacho entró en casa, cuatro meses después de saber de su existencia, comprendí que mi hijo no iba a ser feliz con él. No me pregunten cómo lo supe, supongo que fue intuición de padre.
Mi familia estaba bien colocada socialmente. La empresa que fundó mi padre dio generosas ganancias y la gestión que había hecho yo a lo largo de mi vida las multiplicó.
Sin embargo, el muchacho que había elegido como pareja era la antítesis de mi hijo. Criado en una familia socialmente desestructurada que vivía en una caravana, no había acabado los estudios. Tampoco tenía un trabajo estable, si no que cada poco cambiaba: hoy era repartidor de pizzas, mañana camarero y pasado ayudaba en un taller mecánico.
Jesús se deshacía en regalos y le daba todos los caprichos que aquel muchacho quería. Prácticamente era mi hijo quien lo mantenía. Nos contaba que Gabriel lo había abandonado todo por él ya que su familia no toleraba su homosexualidad y le había dado a elegir entre ellos y mi hijo, y lo había elegido a él. Sin embargo, lo que mi mujer y yo veíamos era que la forma de pagarle era con discusiones y control sobre Jesús. Si nuestro hijo se veía con los amigos de la universidad, Gabriel tenía que ir, y si no lo hacía, aquello acababa en una discusión que llevaba a Jesús a pasar algunos días sin querer comer y encerrado en su cuarto sin parar de llorar.
A veces, en mitad de la noche, oíamos sonar el móvil de nuestro hijo, después, él bajaba al salón y desde allí llamaba a Gabriel, para demostrarle que estaba en casa y que no había salido con otras personas. Lo escuchábamos discutir sin levantar la voz. La mayoría de las veces acababa cediendo, pero en las que no era así, se volvía a su habitación llorando y así se tiraba hasta que caía rendido. Al día siguiente, todo volvía a la normalidad. Hasta el siguiente ataque de celos de Gabriel.

Por las mañanas Jesús acudía a la universidad y las tardes las dedicaba, en su mayor parte, a estudiar para sacar el curso. Los fines de semana, como cualquier chico de su edad, salía a divertirse y a pasear con Gabriel. Iban a cine, a musicales, cenaban en los mejores restaurantes y acudían a fiestas. Todo ello costeado por mi hijo.
El ritmo de vida que Gabriel le hacía llevar era muy elevado, por encima de sus posibilidades. Cuando quise hablar con él del tema, me contestó con evasivas y algún improperio, así que cambié de estrategia: me dediqué a investigar a Gabriel para hacérselo ver.
Cada mañana, cuando Jesús salía de casa, yo lo seguía. Descubrí que iba hasta un edificio de apartamentos donde vivía Gabriel. No lo podía demostrar, pero estaba seguro de que era mi hijo el que lo pagaba. Cuando abandonaba el lugar para ir a clase, yo continuaba espiando A media mañana, algunos jóvenes llegaban y momentos después salían acompañados de Gabriel. Lejos de ir a trabajar o a buscar trabajo, se dedicaban a sentarse en los bancos del parque a beber cervezas y fumar marihuana. En algunas ocasiones los seguí hasta casas de empeños y de compraventa de objetos para vender cosas, seguramente robadas. Y así fueron pasando los días.
Intenté explicarle a Jesús a qué se dedicaba Gabriel, pero lejos de creerme me llamaba mentiroso y me acusaba de querer separarle de su novio y hacerle infeliz.
Poco a poco la vida de mi hijo fue cambiando por completo. Empezó a faltar a alguna clase los viernes, después también las de la primera hora del lunes, más tarde las últimas de los jueves y finalmente no iba a casi ninguna. Sus notas bajaron tanto que las asignaturas que llevaba aprobadas con buenas calificaciones acabó suspendiéndolas por no presentarse o por dejar los exámenes casi en blanco.
En casa también cambió su comportamiento: llegaba tarde, incluso los días de diario, se quedaba en la cama hasta el mediodía y nos perdió todo el respeto a su madre y a mí. Muchos días venía bebido e incluso con síntomas de haber fumado marihuana u otra cosa peor. Recibía llamadas a mitad de la noche y salía de casa para volver de madrugada. En algunas ocasiones llorando y maldiciendo a Gabriel. Apenas comía y se pasaba las horas muy alterado e inquieto. El carácter bueno y afable de Jesús se había tornado en huraño e iracundo. Vasos rotos, portarretratos destrozados y puertas rotas a puñetazos eran las respuestas que obteníamos cuando no hacíamos lo que él nos pedía.
Su físico también cambió. Perdió mucho peso en muy poco tiempo. Los ojos se le hundieron y le aparecieron debajo unas ojeras tan marcadas que parecían tatuajes. Los huesos de las articulaciones, sobre todo de los codos, comenzaron a marcarse en su cuerpo. Sus pómulos salieron a la superficie como puntas de icebergs en el mar.
No supimos (o no quisimos) identificar los síntomas con la enfermedad que mi hijo padecía: estaba enganchado a las drogas. Ya era tarde cuando lo hicimos. Jesús dependía de las drogas. Mi mujer y yo decidimos cortarle el suministro de dinero, pensando que así podríamos paliar el problema, pero lejos de aquello, todo fue a peor, empezó a robarnos joyas para venderlas y comprar drogas. Cuando ya no le quedaba nada que quitarnos, comenzó a pincharse delante de nosotros para hacernos sentir culpables. Su madre no dejaba de repetirle una y otra vez que qué era lo que habíamos hecho mal.
Quisimos que recibiera ayuda para dejar las drogas, pero siempre recibíamos negativas. Se lo pedimos, se lo rogamos y hasta se lo suplicamos llorando, pero todo fue en balde. Sus respuestas negativas eran en forma de gritos, golpes en las puertas, objetos rotos y fugas de casa que duraban varios días. Cuando regresaba lo solía hacer llorando y con agresividad hacia nosotros si le queríamos ayudar. En una ocasión acudimos a un abogado para ver si era posible que lo incapacitaran y poder internarlo en un centro de forma forzosa. Sin embargo, nos dijeron que no podíamos hacer eso, que si se internaba en un centro de desintoxicación tenía que ser de forma voluntaria; así que desechamos la idea.

Hace un mes, con lágrimas en los ojos, nos dijo que necesitaba ayuda. Nos rogó llorando que lo ayudásemos. No sabíamos por qué ahora nos pedía esa ayuda que tantas veces le ofrecimos y él denegó.
—Gabriel… Gabriel… Gabriel… —balbuceaba una y otra vez sin responder a nuestras preguntas. Temblaba de pies a cabeza. No sabíamos si de nerviosismo, por necesidad de drogas o por una mezcla de ambas—. Se ha ido —dijo por fin—, Gabriel se ha ido. Teníais razón. Se ha aprovechado de mí.
Tras consolarle y dejar que llorase en los brazos de su madre, cenamos y se acostó. No durmió nada en toda la noche, lo estuvimos oyendo llorar desde el ocaso hasta el alba. Al día siguiente no salió del cuarto ni tan siquiera para comer. A la noche, conseguí entrar a hablar con él. Estaba temblando, me dijo que llevaba un día entero sin tomar drogas y que comenzaba a tener el mono. Le prometí que le ayudaría si él quería. Me pidió que le consiguiese algo de heroína. Le dije que no, que eso se había acabado porque la droga no le ayudaría. Aquella noche, como otras muchas que le siguieron, dormí en el cuarto de Jesús, tumbado en una alfombra a los pies de su cama.
Al día siguiente, le preparé el desayuno y se lo llevé a su cuarto. Me senté con él hasta que se lo acabó y después esperé allí hasta que empezó a hablar. Me contó que se arrepentía de no habernos hecho caso. Que desde el primer momento, Gabriel se había aprovechado de él. Le había sacado cada céntimo que tenía. Le había convencido para que le diera el pin de su tarjeta y poco a poco le había ido sacando todo el dinero de la cuenta sin que él se enterara. Cuando lo hubo conseguido, desapareció del apartamento sin dejar rastro. Cuando fue a buscarlo a dónde le había dicho que vivía con su familia, se encontró con un solar. No había rastro de Gabriel.
Durante los meses que fueron pareja, mi hijo había sido un juguete de aquel mal nacido. Había sido víctima de su ira, de sus celos y de sus excesos. Jesús trató de apartarlo del mundo de las drogas y la delincuencia en el que vivía, pero no había tenido éxito. Todo había sido al contrario. Comenzó probando un cigarrillo de marihuana, ante las burlas de Gabriel y algunos amigos de este. Después vino más marihuana y mucho alcohol. De ahí, pasó a tomar algunos tranquilizantes y sin saber cómo. Gabriel le había introducido de cabeza en la heroína. Le había dicho que con aquello alcanzaría cotas de paz y de placer sexual y físico que no había sentido en la vida. Empezaron fumándola para acabar inyectándosela. La última vez que vio a Gabriel, le había dejado una jeringuilla con heroína preparada para pinchársela.
—Voy a darme una ducha y enseguida vuelvo contigo, mi amor. Mientras tanto, tienes esto para pasar el rato —le dijo.
Cuando Jesús se pinchó, comenzó a perder el conocimiento y cayó desmayado. Lo siguiente que recuerda es verse solo en el apartamento, sin Gabriel, sin sus cosas y sin la mayoría de objetos que él le había comprado para la casa. Sin nada. Entonces comprendió que sus padres siempre tuvieron razón y que aquel hombre no lo quería realmente, si no que quería aprovecharse de él. Cuando acudió al cajero para sacar dinero y pagarse un taxi de vuelta a casa, descubrió que tenía la cuenta bancaria a cero. Gabriel le había robado todo.
En ese momento, cuando me contaba todo eso, se rompió y comenzó a llorar y me suplicó que lo perdonásemos y lo ayudásemos a salir de ese infierno.
Con el alma rota, las lágrimas bañando mi rostro y la ropa de mi hijo y cubriéndolo de besos, le juré por lo más sagrado que íbamos a ayudarlo.


Su madre y yo acabamos de dejarlo en un centro de desintoxicación. Cuando nos hemos despedido, nos ha prometimos que se curaría y volvería a ser aquel chico alegre que había sido antes. Al darnos la espalda y caminar por aquel pasillo, no vi a un chico de veintidós años, si no a un niño pequeño, asustado, que reúne el valor suficiente para enfrentarse a su peor miedo.