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viernes, 8 de enero de 2016

Narvik


Narvik, 10 de Abril de 1940.
Apenas llevamos un día en estas frías tierras y ya tengo ganas de irme. No sé que hago aquí en Noruega, con lo necesaria que es mi presencia (y la de todos los demás) en el frente contra Inglaterra. Noruega no es nuestro enemigo, al menos no del modo en que lo son los ingleses.
Mi Alemania natal es fría, aunque no tanto como estas inhóspitas tierras. Hemos entrado desde el mar hasta la ciudad, ha sido una tarea fácil, ya que el ejército noruego no está preparado para resistir una invasión del III Reich. En cuanto entramos en la ciudad rindieron sus armas, y los que no, huyeron hacia los bosques cercanos.
Las tácticas empleadas por nuestro glorioso ejército son infalibles. La Fall Weiss[1] en septiembre del año pasado fue coser y cantar. Las blitzkreig[2] facilitan nuestras victorias. Los rápidos movimientos de los vehículos de guerra y el miedo que provocan en nuestros enemigos son los mejores aliados que tenemos.
Ahora el capitán nos ha dicho que tenemos que descansar. Mañana tenemos que continuar con la operación y acabar con toda la resistencia que podamos encontrar en los bosques.

Narvik, 11 de Abril de 1940.
Tras la exitosa operación de ayer, hoy nos vamos a adentrar en los bosques para seguir avanzando.
Hemos desfilado por las calles de esta ciudad demostrando que nadie tiene posibilidad de oponerse a nuestro potencial en esta operación Weserübung. La gente nos aclamaba y nos lanzaban flores a nuestro paso, otros nos vitoreaban desde las ventanas y algunos niños nos han ofrecido pan recién hecho y algo de comida.
Nos adentramos en el bosque y caminamos durante horas. No había rastro de los huidos. Miramos tras cada árbol y cada matorral, debajo de cada piedra y nuestros perros husmearon en cada escondrijo, pero allí no había nadie.
Entonces lo vi y fue cuando lo comprendí todo. Aquel animal era el más hermoso que había visto jamás. Era un ciervo muy extraño, con el pelaje oscuro, y en él se dibujaban formas imposibles de color blanco. Filigranas y espirales en su lomo, líneas curvas en las patas. La cosa era de color blanco, cruzada por una línea oscura. Los largos cuernos se confundían con las ramas de los árboles nevados, ya que parte de ellos era blanca y descendía hasta la nariz. Sus ojos, de un azul como el del cielo, estaban remarcados del mismo blanco que el resto de la piel.
M quedé allí mirándolo mientras mi batallón avanzaba de modo inexorable por aquel bosque. No era capaz de moverme para seguirlos; aquellos ojos me tenían hipnotizado. Avancé un paso hacia él y, entonces, dejó de mirarme y huyó del lugar dando cuatro grandes saltos.

Bosques de Narvik
Llevo días buscando de nuevo aquel ciervo maravilloso. No sé exactamente cuanto tiempo llevo aquí, ya que perdí la cuenta hace mucho. La nieve ha desaparecido y los tiernos brotes de los árboles han hecho su aparición.
He visto cientos de ciervos, pero ninguno es el mío.
Tengo mucho hambre, he sobrevivido a base de raíces y pequeños animales que he conseguido cazar.

Ha transcurrido mucho tiempo y todavía no he conseguido mi objetivo. El verano pasado rápido y el otoño está llegando a su fin. Las primeras grandes nevadas han hecho aparición y el suelo está totalmente cubierto de nieve. Los días son muy fríos y las noches más aún.
No sé que ha sido de mis compañeros ni con la conquista mundial que quería llevar a cabo el Führer. No he tenido otra cosa en la cabeza que el ciervo desde el día en que lo vi. Sé que pronto daré con él.

¡Hoy lo he vuelto a ver! Sigue siendo un animal fantástico, tanto como la otra vez. Aquellos ojos me volvieron a hipnotizar. Me quedé sin moverme durante varios minutos y cuando por fin lo hice, el ciervo de nuevo escapó con un par de saltos.
Ahora mismo lo estoy viendo. Mientras continuaba escribiendo este pequeño diario, el animal se ha manifestado ante mí. Ahora me está mirando con sus magníficos ojos. Sus orejas se han movido en busca de algún ruido que lo ponga en peligro, me mira de nuevo…

Fragmento de un diario encontrado en manos de un soldado alemán desaparecido el 11 de abril de 1940 en los bosques cercanos a la ciudad Noruega de Narvik.

(Dibujo de Inés García Gómez)



[1] Invasión de Polonia en septiembre de 1939.
[2] Literalmente, guerra relámpago.

lunes, 9 de febrero de 2015

Oswald

Abrió la puerta de la casa de su hija como cada noche. Encendió la luz del recibidor y se quitó los zapatos para calzarse las viejas pantuflas.
Había una pequeña luz en el salón, pero no se oía ningún ruido. Aquello no le daba buena espina. Aunque Linda y Oswald estuviesen en la cocina preparando la cena, él tendría que percibir algún sonido.
Un segundo antes de percatarse de lo extraño de la situación, el silenciador de una Glock 9mm le apuntaba al centro de la frente. La pistola la sujetaba la mano enguantada de un encapuchado.
—Bienvenido, Richard. Ponte cómodo. Tu hija y tu nieto nos estaban contando una divertida historia —le dijo una voz. A pesar de los años pasados, reconoció aquella voz al instante. Después de cincuenta años viviendo en los Estados Unidos había perdido el marcado acento alemán que la caracterizaba.
El encapuchado de la pistola le hizo pasar al salón de la casa poco después de que se encendiese la luz. Seis hombres con la cara tapada y armados retenían a su nieto Oswald atado y amordazado en una silla. El cuerpo de su hija yacía en el suelo con síntomas de haber sido salvajemente torturada.
El mundo dejó de tener sentido para él. Ver a su hija muerta a mano de aquellos hijos de puta había sido la gota que había colmado el vaso. Habría soportado cualquier suplicio que le hubieran hecho pasar a él, pero que hubieran tomado represalias con su hija y las fueran a tomar con su nieto era algo que no iba a permitir.
Se intentó abalanzar sobre Wilhelm, el hombre que dirigía todo aquello y el único que llevaba el rostro descubierto, pero una pistola sobre la nuca de su nieto le hizo frenarse de golpe.
—Siéntate si no quieres ver a tu nieto de la misma forma que tu hija —le ordenó la voz de Wilhelm. Como por arte de magia el acento alemán se materializó de nuevo. Lleno de rabia obedeció.
Una vez sentado se percató de que el suelo del salón estaba lleno de figuras y muñecos de Mickey Mouse rotos. Todos los de la casa, que no eran pocos. Su hija, al igual que él hasta su jubilación, trabajaba para The Walt Disney Company y el icono de la empresa estaba por toda la casa.
—Me ha costado romper todos esos putos ratones, pero por fin di con la clave que descifra la ubicación del cuerpo de Walt Disney —le dijo Wilhelm a Richard—. Debí figurarme que la esconderías en un lugar a la vista de todos, pero difícil de descubrir. Mickey. Mic key, micrófono y llave. Eres listo, pero yo lo soy más. ¿Pensabas que no descubriría nunca el juego de palabras? Tengo que confesarte que me costó mucho tiempo, pero una vez descifrado solo he tenido que dar con el ratón adecuado. Pensé que era el del juguete de cuando tu nieto era pequeño, ese con un micrófono; pero me equivoqué. Lo habías escondido en ese otro que el ratón imita a Elvis. Eres un viejo zorro, pero yo soy más listo que tú.
Richard miraba alternativamente a su nieto, el estropicio de muñecos y al causante de todo aquel daño.
—Ahora acompañarás a mis hombres hasta donde está congelado Disney, si no quieres que mate a tu nieto y luego acabe contigo. Sé que hará falta el reconocimiento de tu huella dactilar o de tu iris para acceder al lugar. Seguro que también has tomado más precauciones y necesito que desactives todos esos sistemas de defensa.
—Está bien —accedió.
—Abuelo, no. Sabes que cuando obtenga lo que quiere nos va a matar —intervino por primera vez su nieto Oswald.
—Todo a va a salir bien —intentó tranquilizarle el anciano.
—Siento interrumpir esta emotiva charla, pero el tiempo apremia. Tengo una venganza que cobrarme y ya he dejado pasar muchos años. Llevaos al abuelo y vosotros quedaos con el nieto —le ordenó Wilhelm al que parecía ser su hombre de confianza y a otro que se encontraba junto a él—. El resto, en marcha.
Dos de los encapuchados agarraron por los brazos a Richard y le obligaron a salir de la casa.
—¡Eh!, sin empujar —se quejó el anciano—. Puedo caminar solo.
—Calla, viejo.
—Id en su coche, y que conduzca él. Seguro que algún sistema de seguridad es el reconocimiento de su matrícula. Lleva más de cincuenta años con la misma y eso tiene que tener algún sentido —mandó Wilhelm a los dos secuaces que irían con Richard.
—Sí, jefe.
Wilhelm, acompañado de otros dos matones, montó en un lujoso Lincoln Navigator que acababa de estacionarse frente a la casa de Linda. Richard fue conducido a empujones hasta su coche, un viejo Ford Torino del año 75 que era su mayor tesoro. Le obligaron a ponerse al volante mientras que uno de sus acompañantes ocupaba el asiento del copiloto y el otro justo el que estaba detrás del conductor. Tenía una pistola apuntándole constantemente a la nuca y otra al lado derecho de su cabeza. No tenía escapatoria ni podía arriesgarse a hacer ningún movimiento en falso.
Emprendieron la marcha hacia los estudios centrales de Disney, donde, según las indicaciones, se conservaba el cuerpo criogenizado del fundador de la compañía.
El Torino alcanzó la velocidad de noventa kilómetros por hora en la autopista que bordeaba la ciudad, y Richard decidió que era el momento de actuar. Soltó su mano derecha del volante y la apoyó sobre la palanca de cambios. Un gesto inocente que cualquier conductor realiza varias veces a lo largo de un trayecto. Sin embargo, Richard tenía otras intenciones. Siguiendo el refrán de “que tu mano derecha no vea lo que hace tu mano izquierda” hizo que sus captores se fijaran en aquel gesto, quedando sin vigilancia la otra mano, la izquierda. Entonces, con ella pulsó un botón que había junto al volante. Unas pequeñas explosiones, como las de los airbags al activarse, se escucharon en los reposacabezas de todos los asientos salvo en el del conductor. De ellos salieron pinchos de acero de veinte centímetros de longitud, que atravesaron la base de los cráneos de sus acompañantes, haciendo que perdieran todas sus funciones motoras al instante. A los pocos segundos murieron sin saber qué había pasado.
Richard cambió de sentido en cuanto pudo y se encaminó de nuevo al hogar de su hija. Tenía que salvar a su nieto y disponía de poco tiempo. Llevaba muchos años sin tener que entrar en acción, pero gracias a que continuaba con sus entrenamientos de Defensor del Gran Secreto, podía ser capaz de desarrollar todas sus cualidades de defensa y ataque.
Aparcó su coche dos calles por detrás de la casa y se acercó a un solar abandonado. Allí, oculta dentro de grandes tuberías de hormigón había una puerta que daba a un acceso secreto a casa de su hija. Siempre lo había tenido para huir en caso de ser necesario, nunca lo consideró como una entrada alternativa, pero ahora iba a darle ese uso. Aquel pasadizo llevaba hasta el sótano. Entonces haría su aparición por sorpresa y liberaría a su nieto.
Silenciosamente salió del sótano y se acercó a la puerta del salón. Desde allí podía ver a su nieto con los dos encapuchados que lo retenían. Uno de ellos tenía en sus manos la jaula de una mascota de Oswald.
—Vaya, como no lo habíamos pensado antes. Esta familia tiene un ratón como mascota, y mira qué casualidad que se llama Mickey. Seguro que este bicho tiene algo que revelarnos —metió la mano en la jaula y sacó al roedor. Le retorció el cuello ante el lagrimoso rostro de su dueño. Después arrojó la jaula al suelo y la misma se deshizo en varias piezas. Entonces, el encapuchado cogió una de ellas. Era extraña y no encajaba del todo dentro de la jaula de un ratón—. Te lo dije. Aquí tenemos el secreto que tan bien han guardado los Defensores.
Cuando levantó un pequeño cilindro con extrañas inscripciones, Richard apareció en el salón lanzando un shuriken contra aquel hombre. El proyectil se le clavó en el cuello haciéndole caer al suelo. Llevaba impregnado un potente veneno capaz de tumbar a una res en cuestión de segundos.
Ante la sorpresa del otro captor, corrió hacia él y le hizo un tremendo tajo con una pequeña cuchilla. La vida se le escapó rápidamente.
—¿Abuelo? —preguntó temeroso Oswald—. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son estos hombres y qué quieren?
—Es una historia muy larga —comenzó a explicarle al chico a la vez que lo desataba—. Estas personas son Grimmers, descendientes de los famosos hermanos Grimm, los creadores de los cuentos que inspiraron los clásicos de Disney.
—¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué tenemos que ver con ellos y Disney?
—Como sabes los hermanos Grimm fueron dos, Jacob y Wilhelm. Ambos formaron familias y tuvieron descendencia; pues un descendiente de Jacob le vendió a Walt Disney los derechos de los cuentos para hacer películas. Por lo visto, a los descendientes de Wilhelm aquello no les sentó bien, ya que se considera que él fue el auténtico creador de las historias, por lo que los descendientes de Jacob no tendrían legitimidad para venderlos. Consideran que Disney adquirió los derechos de forma fraudulenta.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros? —quiso saber el chico.
—Soy el Guardián del Gran Secreto. Sé dónde está el cuerpo congelado de Walt Disney, y ahora sé que debo transmitírtelo a ti.
—Eso es un mito. Todo el mundo lo sabe.
—Esa es la mejor forma de guardar el secreto, hacer creer a todo el mundo que es mentira. Walt Disney está criogenizado. Yo mismo fui testigo del proceso. Fui elegido entre los trabajadores de The Walt Disney Company para guardar el secreto del lugar de su conservación. Tienes que saber cuál es ese lugar. Se encuentra dentro de la estatua del propio Walt Disney que hay en Disneyland.
—¿A la vista de todo el mundo?
—Sí. Es el mejor escondite: todos los ven pero nadie sospecha que se encuentra allí. La estatua esta permanente refrigerada por dentro para mantener el cuerpo en el estado de congelación.
—¿Por qué han roto todos los muñecos de Mickey? —preguntó Oswald.
—Porque creían que uno de ellos guardaba los datos de acceso a los estudios y que en ellos estaría el cuerpo de Disney.
—Pero mi ratón tenía algo en su jaula que, según el encapuchado, llevaba a Disney. ¿No era muy evidente ocultar algo en un muñeco de Mickey o en la jaula de un ratón que también se llama Mickey? Es el estandarte de Disney y el primer dibujo animado que creó.
—En lo primero aciertas, en lo segundo no. La primera creación de Disney fue Oswald, el conejo afortunado.
—¿Oswald? ¿Cómo mi conejo? ¿Cómo yo?
—Eso es. Tú te llamas Oswald por el personaje, al igual que tu mascota. Realmente es tu conejo Oswald quién guarda el secreto de la localización de Disney. Combinando esta pieza —dijo el anciano alzando el cilindro— con otra similar que hay en la jaula del conejo nos revela la forma de acceder al cuerpo de Disney. Esta pieza por ella misma no vale de nada.
—Y lo que encontró ese hombre en la figura de Mickey vestido de Elvis, ¿qué era?
—Falsas informaciones por si algo como esto pasaba. En cuanto alguien que no fuera yo entrase en ese sitio, las puertas se cerrarían automáticamente y no tendrían forma de salir, muriendo de hambre y sed. Nadie podría oírlo pedir ayuda ya que la habitación está insonorizada y en un sótano a treinta metros bajo tierra. Ahora no debemos perder más tiempo. Toma —le dijo el viejo entregándole una tarjeta de visita—. Ve a esa dirección y dile a quién te atienda que el Maestro está en peligro. Sabrán lo que significa y te prepararan como es debido para ser Guardián del Gran Secreto.
—¿Por qué es tan importante que no lleguen hasta Disney? ¿Qué es lo que buscan?
—Buscan descongelarlo y que le devuelva los derechos de los cuentos, así como los beneficios obtenidos por su explotación. Al no estar muerto, ningún descendiente puede devolver esos derechos y tiene que ser el propio Disney el que firme el documento. Eso supondría miles de millones de dólares y la quiebra de la empresa, tener que cerrar los parques de atracciones y muchas cosas más.
—¿Y a quién le importa eso? Son parques de atracciones, nada más.
—Es algo más. Es donde reside la fantasía y la ilusión de millones de personas en todo el mundo. Imagina un mundo sin Disney… —Y le dejó unos instantes para pensar—. No puedes, ¿verdad? Pues tenemos que mantener a Walt Disney en su estado hasta que todo esto haya pasado y que no haya nadie que amenace las ilusiones de los niños. Ahora ve a esa dirección. Espero que todo acabe pronto, pero si no, vas a necesitar un duro entrenamiento.
Abuelo y nieto se acercaron al cadáver de Linda y le dieron un suave beso de despedida. Después, Richard cubrió su cuerpo con una manta.
Cuando el muchacho, con los pensamientos más confusos que en toda su vida, abandonó la casa, Richard acudió al sótano. Allí, en una habitación secreta para el resto de su familia, recuperó su ropa de asalto y varias armas. Había llegado el momento de la lucha final, y quería salir victorioso para que su nieto no tuviera que soportar la carga que él había llevado sobre sus hombros todos aquellos años.

En su coche llegó hasta el rascacielos en cuya azotea tenía su cuartel general Wilhelm Grimm IV. Actual líder de los Grimmers, que llevaban ochenta años detrás de recuperar lo que creían que les pertenecía legítimamente. Dejó su coche y se adentró en la oscuridad de la noche.
Al llegar a la entrada del edificio se encontró que allí había dos guardias armados. Los Grimmers lo estaban esperando, no cabía duda. Seguramente ya sabían que los encapuchados habían caído sin conseguir su objetivo. Sacó su ballesta con visor infrarrojo y disparó sobre el primer guardia. El virote se le clavó en el cuello matándolo al instante. Su compañero, empuñó su rifle y buscó en la oscuridad al intruso. Un minuto después yacía en el suelo con el cuello roto.
Sigiloso como un felino, Richard avanzaba por los pasillos del edificio pegado a la pared, desconocedor que Wilhem Grimm ya sabía de su presencia. Los detectores de movimiento habían activado las cámaras de seguridad e iban revelando su posición a cada paso.
Decidió no coger los ascensores, porque así era más vulnerable. Subiría por las escaleras.
En el segundo piso le recibieron con una ráfaga de M-16. Afortunadamente, pudo retroceder a tiempo y volver a ocultarse en el pasillo. Saco una mascarilla y un bote de gas lacrimógeno y lo lanzó en las escaleras. Esperó unos minutos a que la nube de humo se formara y le permitiera avanzar sin ser detectado. Las toses de sus adversarios le avisaron de sus posiciones y así pudo librarse de ellos.
No iba a permitir que lo volvieran a sorprender. Era muy probable que lo estuvieran vigilando a través de cámaras, y él sabía como evitarlo. En su reloj activó la función de inhibidor de señales, así desactivaría todas las cámaras y no verían por dónde iba.
A pesar de mantenerse en forma, ya no era tan joven como quería pensar y al llegar al octavo piso estaba exhausto. La combinación de las escaleras con la tensión y alguna pelea había hecho mella en él. Aún le quedan trece plantas y muchos enemigos de los que deshacerse y el ascensor empezaba a ser una opción más que válida.

—El motor de los ascensores se ha puesto en marcha —indicó el jefe de seguridad a Wilhelm Grimm
—Estupendo. Ahora sí que está acorralado. Detén los ascensores y acabad con él.
—Enseguida.
El jefe de seguridad envió a un equipo de cuatro hombre a la puerta de los ascensores de la undécima planta. El ascensor se detuvo y antes de abrirse las puertas abrieron fuego a discreción con sus fusiles de asalto. Cuando cesó el tableteo de las armas y las puertas se abrieron, un cuerpo sin vida cayó al suelo. Pero no era el de Richard, sino el de uno de los guardias de los pisos inferiores.
—¡En el techo! —gritó uno de los guardias. Todos abrieron fuego sobre la parte superior de la cabina del ascensor hasta que hubo más espacio vació que techo. Las chispas de las lámparas destrozadas saltaban sin control—. ¡Alto el fuego!
Nuevamente silencio. Un instante después, ocho disparos de una pistola acabaron con la vida de los cuatro mercenarios. Richard había puesto en movimiento los ascensores, haciéndolos bajar hasta la planta baja y después haciéndolos subir de nuevo (ventajas de los ascensores modernos que poseen memoria), mientras él subía por las escaleras lo más rápido que podía. No llegó a la par que los elevadores, pero si a tiempo para acabar con los cuatro guardias.
Ocho plantas más y llegaría a su destino. Disparos y más disparos lo fueron saludando a cada planta que ascendía, pero gracias a sus dotes consiguió salir indemne de todos los ataque recibidos.
A las puertas del despacho de Wilhem lo esperaba el jefe de seguridad. Vestía un traje elegante de color blanco. Al ver a Richard, el hombre se quitó la chaqueta y la dejó doblada a un lado con la esperanza de recuperarla en breve.
Se lanzó contra el Guardián del Gran Secreto; este, que esperaba el ataque, se apartó unos centímetros para esquivar el golpe. Después lanzó una patada a la rodilla de su adversario haciéndole doblar la pierna. Richard encadenó otro par de golpes en la cara de su oponente, pero apenas le hizo mover la cabeza un poco.
Cuando recuperó la posición erguida, abrazó con fuerza al intruso derribándolo. Los dos rodaron por la alfombra que decoraba aquel pasillo. Forcejeos, golpes y arañazos fueron intercambiados por los dos rivales. Finalmente, el jefe de seguridad de Wilhem agarró a Richard por el cuello y comenzó a estrangularlo. El aire empezaba a faltar y la sangre que debía regar su cerebro había encontrado una obstrucción que no podía sortear. La vista se le nublaba y notaba que estaba perdiendo el sentido.
En un acto desesperado sacó la cuchilla que ocultaba en su cinturón y lanzó un golpe hacia su atacante. Tuvo la fortuna de que la afilada hoja abrió un gran tajo en el cuello del que iba a ser su verdugo. La presión sobre la garganta de Richard se fue aflojando, y el traje, que había sido blanco, tardó pocos segundos en tornarse rojo.
Wilhelm esperaba con una pistola la entrada de Richard.
—Bienvenido. Has llegado muy lejos, pero aquí se acaba tu viaje —le dijo al verlo entrar.
—Adelante, dispara. No temo a la muerte; y si me matas jamás conocerás el paradero de Disney.
—Te equivocas, sé donde se encuentra. A la vista de todo el mundo pero oculto de la gente. La propia estatua que hay en Disneyland es su escondite.
El semblante de Richard cambió de inmediato.
—¿Cómo…? —No pudo acabar la frase. La aparición en la escena de una tercera persona le hizo quedarse sin habla.
—Hola, abuelo —le saludó Oswald.
—Richard, te presento a mi nieto Jacob Grimm. Ha sido duro ver como tú y tu hija lo criabais, pero necesitaba meter a un infiltrado en lo más profundo de tu familia. Jacob nació hace veinte años, al día siguiente que Oswald. En el hospital cambiamos a los dos niños y asunto arreglado. Pasados los años me puse en contacto con él y le mantuve al corriente de todo lo que pasaba… ¡Qué gran invento las telecomunicaciones! Gracias a Internet podíamos estar en contacto sin que ni tú ni tu hija os dierais cuenta. —Wilhelm comenzó a reír a carcajadas hasta que le sobrevino un ataque de tos. Cuando se recuperó, continuó con su relato—. ¿Cómo crees que supimos cuándo era el momento oportuno para asaltar tu casa? ¿Cómo pudimos evitar las trampas y las alarmas que tenías preparadas? Sabía que tarde o temprano le revelarías el secreto al chico y entonces yo también lo conocería.
—Maldito traidor. Te he tratado como a mi propio nieto, ¿y así me lo pagas? —balbuceó Richard al borde de las lágrimas.
—Mickey —interrumpió Wilhelm—. Mic key. Micrófono y llave. Cuando te lo dije no esperaba que lo entendieras, y estaba en lo cierto. Tu casa estaba llena de micrófonos ocultos en todos los muñecos del maldito ratón, hablaras dónde hablaras, yo escucharía todo. Ahora, despídete.
Wilhelm apuntó de nuevo a Richard. Un disparo sonó en la sala. La pistola de Wilhelm cayó al suelo, seguida del cuerpo de su dueño. Jacob Grimm empuñaba un revolver humeante. Había acabado con la vida de su abuelo. Richard no daba crédito a lo que acababa de suceder.
—No permitiré que un desalmado como él se apodere de la mitad de la fortuna de Disney ni que acabe con los sueños de miles de personas —le dijo a Richard.
—Oswald. Jacob, yo… yo… Me alegro que pienses así.
El muchacho encañonó a Richard y disparó tres veces sobre él.
—No permitiré que se apodere de la mitad de la fortuna de Disney, cuando puedo hacerlo yo mismo. Oswald fue el que comenzó el Imperio de Disney y Oswald será el que lo finalice. —sentenció. Richard ya no pudo oír aquellas palabras.
Encendió un mechero y acercó la llama a las cortinas del gran ventanal que se abría a la ciudad. Todo aquel edificio ardería hasta los cimientos y nadie sabría que había sucedido allí realmente. Pasado algún tiempo, acudiría a descongelar a Disney y le exigiría lo que era suyo. Ahora nadie podía impedir que se convirtiera en un hombre muy poderoso.

martes, 30 de diciembre de 2014

Estoy aquí

Diploma subcampeón Versus II (2014)
Mírame,
estoy aquí,
no es que haya vuelto,
es que nunca me fui.

Aunque he estado ausente una temporada no quiere decir que haya abandonado mis trabajos literarios. Desde septiembre he estado trabajando para el concurso organizado por El Edén de los Novelistas Brutos, Versus en su segunda edición, en el que he quedado en segundo lugar.
Poco a poco y espaciados en el tiempo iré publicando los relatos que me han hecho alcanzar el galardón de segundo clasificado. Hasta entonces, feliz año 2015 a todos los seguidores del blog y muchas gracias por vuestras lecturas.
Robe Ferrer

lunes, 22 de septiembre de 2014

Sitiados


  Con este relato estoy incluido en el libro recopilación del Taller de Escritura "Móntame una Escena". Disfrutadlo.

Llevaban varios días encerrados en su propio castillo resistiendo los ataques de sus enemigos. La gran mayoría de su ejército de infantería había caído en la lucha. La caballería del Rey Alexander, guiada por el Conde de Locksley, era muy poderosa. Bajo los cascos de sus caballos yacían muchos cadáveres. Demasiados.
Al principio, la batalla había sido muy igualada. La infantería del Rey Eric, su rey, contaba con el mejor entrenamiento del país, pero su caballería era muy limitada. Cuando la caballería del Conde de Locksley cargó, el ejército del Rey Eric fue aniquilado casi por completo. Los pocos supervivientes de la infantería regresaron a su castillo para protegerse de la furia enemiga.
Desde las almenas del castillo, los arqueros mantenían a raya al ejército del Rey Alexander. Habían reforzado las puertas con carros y elementos muebles que habían encontrado por las inmediaciones de la muralla.
Cuando atacaron con arietes las puertas, desde lo alto de las murallas los soldados lanzaron agua y aceite hirviendo contra sus enemigos, que corrieron abrasados y repletos de quemaduras.
Flechas incendiarias y piedras lanzadas por catapultas comenzaron a caer sobre las casas que estaban en el interior de las murallas.
—¡AGUA!¡AGUA! —resonaban los gritos por todas las calles. Los aldeanos corrían de un sitio a otro con calderos de agua para poder apagar el fuego. No era tarea fácil extinguir un incendio y, al mismo tiempo, esquivar flechas y grandes piedras lanzadas por las catapultas.
Después de resistir durante horas a los ataques, las fuerzas de los habitantes del castillo del Rey Eric comenzaban a flaquear. También los atacantes estaban cansados de intentar, sin éxito, atravesar las murallas de la ciudad. A la orden del capitán de la guardia personal de la Reina, esposa de Alexander, los soldados se retiraron a descansar y a recibir las consagraciones de los obispos que los acompañaban a las guerras para darles su bendición y la ayuda divina.
Con los primeros rayos de sol de la mañana, la batalla se reanudó casi en el mismo punto en el que se había interrumpido la noche anterior. El pendón negro del ejército del Rey Alexander ya estaba enarbolado cerca de las murallas blancas del castillo del Rey Eric. Blanco contra negro, negro contra blanco. La luz contra la oscuridad. El bien contra el mal. El todo contra la nada. Los contarios. Siempre los contrarios eran los que marcaban las diferencias.
Los arqueros y la infantería atacaban sin piedad el castillo, mientras el escaso ejército de Eric se defendía como gato panza arriba. Tenían que resistir un día más. Esperaban la ayuda del Duque de Borgoña. Habían enviado un mensajero poco antes del ataque del Rey Alexander, solicitando ayuda de su caballería. Si todo iba bien, al alba del día siguiente recibirían el apoyo solicitado. Lo que ignoraba el Rey Eric y su ejército era que el correo enviado había sido interceptado un día después de su partida y nunca llegaría la ayuda necesaria.
Pero las malas noticias no se acababan ahí. A las murallas se aproximaban dos grandes torres de asalto de color negro. Con aquellos artefactos, la conquista del castillo iba a ser pan comido para el ejército del Rey Alexander. Un par de horas después, el pendón negro del Rey Alexander caminaba por las calles de la ciudadela. El capitán de la guardia personal de la Reina retenía al Rey Eric. Fue la propia Reina en persona la que recibió el cetro de mando de manos del Rey derrotado tras su rendición.

—Jaque mate. Se acabó el juego —exclamó una voz infantil.
Cuatro manos de niños recogieron las piezas de ajedrez para guardarlas en su caja y que no se perdiera ninguna. La partida (batalla) había durado varios días y, después de muchos movimientos defensivos, Alexander había derrotado a su hermano Eric gracias a las dos torres y la reina.

domingo, 6 de julio de 2014

Divagaciones de un cuerdo

Palabras que sangran, ojos que lloran y de repente… El vacío. La nada. El todo. El infinito.
Busco entre las sombras y no veo tu olor. Ese olor dulce como el de la hierba fresca recién cortada. Para olvidarme de ti planto una casa, construyo un árbol y peino mis sonrisas; esas sonrisas que nunca volverán a ser mías porque las he perdido en la nada.
El sol sale por el oeste y se esconde por el sur. Sabe bien cuales han sido tus pasos y no quiere seguirlos, por miedo a perderse igual que tú. Dios intenta morderme. El dolor es insoportable pero las cosquillas de las hormigas palian mis sufrimientos.
Han pasado los años y he conseguido escapar de las nubes que me susurraban tu nombre cada amanecer y lo olvidaban al ponerse el sol. Aquel sol que no quiere seguir tus pasos pero que a mí me los recuerda cada día.
Desde la soledad de mi habitación, con una sola ventana enrejada que enfoca a la ciudad veo dibujadas en los edificios todas las palabras que me dijiste antes de tu marcha: “No sufras, que el tiempo todo lo cura”.

El tiempo todo lo cura. El tiempo, todo locura.

martes, 7 de enero de 2014

Dulce niña Carolina

Me llamo Carolina y tengo un añito. Ya sé caminar aunque todavía me caigo muchas veces. Aún no sé hablar, pero sé decir papá y mamá, aunque dicho por mí suena algo así como ¡paa…ppáááá!
Me estoy despertando. Abro los ojos y a mi lado veo a mi papá. No recuerdo haberme despertado en mitad de la noche llorando y que papá y mamá me llevaran a su cama. Cuando estoy malita y toso o tengo miedo y lloro, mis papás me llevan a su cama. Con ellos estoy más tranquila y me duermo enseguida.
También me gusta jugar con ellos en la cama cuando nos despertamos los fines de semana. Yo me despierto muy pronto y para que me vuelva a dormir me meten en la cama con ellos un rato. Cuando ya no quiero dormir más jugamos a hacernos cosquillas y a tirarnos peluches los unos a los otros.
¡Paa…ppáááá!
Le llamo, pero no me responde. Sigue dormido. Voy a despertarle. Quiero jugar con él y con mamá a las cosquillas. Pero no veo a mamá. Seguro que se ha levantado para prepararme el desayuno.
Me he dado cuenta que no estamos en la cama. Estoy tumbada sobre algo duro y frío. ¿Nos habremos quedado dormidos en el suelo? Seguramente estuvimos viendo la tele y nos quedamos dormidos. Pero, ahora que me fijo, esto no es nuestro salón, ni siquiera es nuestra casa. Hay coches y una gran puerta.
Voy gateando hasta papá y me pongo de rodillas a su lado. Le doy golpes en un lado de la espalda mientras le llamo.
¡Paa…ppáááá!
No se despierta. Seguro que se está haciendo el dormido.
¡Paa…ppáááá!
Sigue sin hacerme caso. Pero veo que tiene los ojos abiertos. Me está tomando el pelo. Voy a darle un beso que seguro que así se despierta del todo y me hace cosquillas. Muchas veces intenta engañarme así y cuando me acerco a darle un beso me hace cosquillas y no puedo parar de reír.
Le doy un besito. ¡Ahora vienen las cosquillas! Pero papá sigue sin moverse.
Hasta ahora no me había dado cuenta de que no llevo mi pijama de ositos; llevo mis pantalones y mi jersey nuevos. Papá tampoco lleva su pijama y mamá sigue sin aparecer.
Ahora empiezo a acordarme. No estábamos durmiendo. Ya hace un rato que nos despertamos, jugamos a hacernos cosquillas y tirarnos peluches y desayunamos. Mamá se iba quedar haciendo cosas en casa. Papá y yo nos íbamos a comprar al supermercado. Habíamos salido de casa y bajado en el ascensor.
En la calle hacía buen tiempo. Yo iba sólo con mi jersey y papá con su camiseta; no hacía falta llevar chaquetas o cazadoras. Papá abrió la puerta del sitio ese donde guardamos el coche, pero no sé como se llama. Encendió la luz y bajamos la escalera. Él me llevaba en brazos porque yo no sé bajar escaleras. Entonces pasó. No sé la razón pero papá se tropezó y caímos por las escaleras. Lo último que recuerdo es que papá me abrazaba muy fuerte y no me dejaba caer ni que me diera contra el suelo.
A papá le sale algo por las orejas. Es como agua pero de otro color más oscuro. Se parece al tomate que mamá me echa en la comida.
¡Paa…ppáááá! ¡Paa…ppáááá!
Más gente ha llegado a donde estamos. Es el señor que cuida los coches y va con otro dos hombre que llevan ropa brillante. Uno lleva una cosa colgada del cuello como la que usa mi pediatra para oírme el corazón. Cuando se acercan a papá, yo sigo llamándole y dándole besos para que se despierte y me haga cosquillas.
¡Paa…ppáááá!
El señor que cuida los coches me coge en brazos y me abraza fuerte mientras los otros hombres tapan a mi papá con una sábana que brilla mucho. Le tapan hasta la cara. Eso no me gusta. Mamá dice que no hay que taparse la cara con la sábana.
Esos hombres tumban a papá en una cama con ruedas y se lo llevan. Aún está tapado. Entonces empiezo a llorar. ¿Por qué mi papá se va con esos señores?, ¿por qué no me da un beso como otras veces que se va?
Yo quiero ir con mi papá.
¡Paa…ppáááá! ¡Paa…ppáááá!

Pero él sigue sin despertarse.

Relato de mi futuro trabajo "Tengo miedo"

lunes, 21 de octubre de 2013

Babel

Apenas hacía unos días que había aterrizado en aquel planeta y ya había conseguido mucho más de lo que esperaba. Mucho más de lo que había encontrado en el mismo tiempo en el último planeta que había visitado.
Salió de su refugio prefabricado y se estiró para desentumecer los músculos. Respiró profundamente y encendió su visor. Aquella lente le había indicado que la concentración de oxígeno y demás gases de la atmósfera era ideal para poder respirar sin necesidad del equipo autónomo que utilizaba en todas las salidas al exterior.
Aquel podía ser un buen planeta para instalarse. Desde que Sarah Connor, hija del gran líder de la resistencia John Connor, había derrotado a Skynet y todos los organismos cibernéticos habían caído, la humanidad se esforzaba en encontrar un nuevo planeta en el que residir, ya que la Tierra había sido totalmente destruida en aquella maldita guerra. Habían pasado diez años desde aquella victoria, y poco después, él se había embarcado en aquella nave espacial en busca de un nuevo hogar para su especie. Había sido el número uno de su promoción y ello le había conferido el honor de ser el Primer Buscador. Había habido más, pero de momento ninguno de ellos había tenido éxito.
El último planeta que había explorado, Raticulín, no cumplía ni con un uno por ciento de las expectativas que se habían depositado en él. La estrella más cercana estaba demasiado lejos como para mantener unas condiciones de vida óptimas. Nada más pulsar la pantalla del visor, los datos que le habían aparecido le habían alertado. Aún así, estuvo un día entero recogiendo y examinando muestras que confirmaran lo que los datos del visor le decían. Cuando se lo comunicó a la Estación Base en la Tierra, ésta, enseguida, le dio las coordenadas de un nuevo planeta para explorar: Babel.
Sin perder un instante puso rumbo hacia aquel lugar. Desde su posición, y a una velocidad cien veces superior a la velocidad de la luz, tardó un año y medio en llegar a su destino. Se había colocado el visor sobre su ojo derecho y su traje espacial con escafandra. En cuanto puso el pie sobre la superficie de aquel nuevo planeta, el visor le indicó que los niveles de oxígeno eran compatibles para la vida humana. A pesar de eso, decidió hacer las comprobaciones manuales. Era lo que le habían enseñado en la Escuela de Buscadores. Los aparatos podían fallar, por lo tanto tenían que comprobar todas las mediciones dadas por los visores de forma manual.
El segundo día había instalado su refugio. Aquellas pequeñas capsulas contenían todo lo que iba a necesitar en aquel rastreo: un refugio, un vehículo ligero, un vehículo anfibio y un pequeño planeador. Simplemente tenía que sacarla de la caja, apretarlas ligeramente hasta oír un clic y lanzarla a varios metros de su posición. En cuestión de segundos, la cápsula explotaba y se convertía en lo que contenía su interior. Para volver a la forma de cápsula, el propietario tenía que pulsar el botón de retorno y volver a guardarlas.
Babel tenía agua potable y tierra fértil en la que podrían cultivar cereales y frutas como sus antepasados. También había abundantes árboles, pero de un tamaño mucho menor a los que había en la Tierra décadas atrás y ninguno de ellos tenía frutos. Lo que no había encontrado era ningún tipo de ser vivo que no fuera de origen vegetal.
Allí los días duraban treinta horas, de las cuales diecisiete eran de luz y trece de oscuridad. Para todos, aquello sería una novedad, ya que desde 2035 la luz del Sol no llegaba a la superficie de su planeta natal. Skynet había detonado varias bombas nucleares y la reacción provocada había sido que la atmósfera se oscureciera y se llenara de un polvo tóxico que impedía el paso de los rayos solares.
Un pitido sonó en su auricular y un mensaje salió en la pantalla de su visor. Estaba recibiendo una llamada desde la Estación Base. A las pocas horas de su llegada había hablado con ellos, para comunicar que el planeta Babel parecía seguro para ser habitado.
––Aquí Estación Base, adelante Primer Buscador.
––Al habla el Primer Buscador.
––Todo está dispuesto para establecer portal de teletransporte entre la Tierra y Babel.
––Recibido, mañana a primera hora activaré la puerta que voy a instalar ahora mismo.
––Mañana a primera hora reestableceremos la comunicación.
Aquellos breves diálogos informando de su situación o recibiendo órdenes era lo único que lo seguía manteniendo unido al Planeta Azul.
Acudió a su refugio y cogió el instrumental necesario para montar el portal que comunicara los dos planetas. Colocó los dos postes laterales a una distancia de tres metros entre ellos. Posteriormente, con ayuda de una armadura de carga, que reducía los esfuerzos más de la mitad, elevó el travesaño hasta colocarlo en el extremo de los postes. El visor le indicó que todo estaba correcto. Regresó al refugio y sacó un gran generador para darle energía al portal de teletransporte. Lo conectó y lo dejó en modo de carga, así al día siguiente podría ponerlo en marcha sin ningún problema.

Había llegado el momento de retirarse a descansar. La puesta de sol (aunque realmente lo que se ponía era la estrella Hamal de la constelación de Aries) estaba a punto de finalizar y no le gustaría estar fuera de su refugio cuando la noche reinara en el planeta. La temperatura bajaba más de treinta grados y se levantaba un ligero viento que daba más sensación de frío.
El visor se iluminó de golpe indicándole que había algo acercándose a él. Se giró rápidamente en la dirección que le indicaba el instrumento pero allí no había nada. La señal del visor desapareció. Seguramente se tratase de un error, les habían dicho en la Escuela de Buscadores que aquellos visores solían fallar. Habían sido fabricados con los restos de los órganos de visión que utilizaban los cyborgs T-800; eran muy buenos pero no infalibles. La señal volvió a activarse, pero frente a él no había nada.
Se quitó el aparato y le dio unos golpes con la mano, para que volviese a funcionar correctamente. Se lo colocó frente a su ojo izquierdo otra vez. El aparato seguía indicando que ante él había algo. Sin embargo, no podía ver nada. Quizá estuviera a más distancia de lo que pensaba.
Decidió adelantarse en busca de algo que no estaba seguro de que se encontrara allí. Cuando llevaba cien metros recorridos decidió que ya había sido suficiente por aquel día. Si no regresaba pronto al refugio se congelaría de frío. Dio dos pasos más antes de caer de bruces. Había tropezado con algo. Pero allí no había nada. Sin embargo, había oído que ese algo con el que había tropezado había emitido una especie de gemido. Se incorporó de nuevo.
Estaba sucediendo algo muy extraño. ¿Era posible que hubiera tropezado consigo mismo? Podría ser, pero estaba seguro de que no había sido así. Miró por su visor, pero el aparato no indicaba nada. Decidió regresar al refugio. Ahora el visor sí indicaba algo. Entre él y el refugio marcaba que había cinco objetos. Se retiró el visor nuevamente y ahora sí pudo ver lo que se interponía entre él y su refugio.
Allí había cinco seres peludos que parecían a lo que en su planeta una vez se conoció como osos. Eran de un tamaño que no sobrepasaba al de un humano, con grandes ojos que los hacían parecer enormes peluches y dos graciosas orejas sobre su cabeza. El Primer Buscador levantó la mano en señal de paz. Pero los cinco seres retrocedieron asustados.
Lo que había pensado que eran las orejas se movieron hacia delante y comenzaron a moverse y a emitir un sonido gutural y nasal a la vez. Resultaba que lo que había confundido con orejas realmente eran bocas.
––He venido en son de paz. Esto es una misión de reconocimiento
Evidentemente, no recibió ningún tipo de respuesta.
Tan de repente como habían aparecido, los cinco seres peludos desaparecieron. Corrió hacia el refugio para comunicarse con la Estación Base para informar que en aquel planeta había vida. Pulsó el botón del intercomunicador pero no obtuvo respuesta. Al otro lado no había nadie. Consultó la hora y el monitor le indicaba que en la ciudad en la que se encontraba la Estación Base eran altas horas de la madrugada. Con razón nadie respondía a su llamada. Miró a través de las ventanas, por si veía nuevamente a aquellos seres pero fue en vano. ¿Acaso lo habría imaginado?
Le convenía descansar. Al día siguiente tenía que contactar con la Estación Base e informar de la situación. Después, tendría que esperar órdenes de abrir la puerta de teletransporte o desmontarla y continuar su búsqueda en el siguiente planeta.

Cuando se despertó estaba amaneciendo. Según indicaba su monitor, eran las tres de la tarde en el país de la Estación Base. Estarían preocupados ya que había dicho que conectaría el portal a primera hora.
Salió al exterior y activó su visor. El clima era soleado, con una temperatura agradable de veinte grados y una humedad relativa del sesenta por ciento. Se acercó al portal y comprobó que la energía que se había almacenado durante la noche en los acumuladores era la suficiente para la apertura del transportador.
Pulsó el botón de su intercomunicador.
––Adelante Estación Base, aquí el Primer Buscador.
––Primer Buscador, adelante para Estación Base. ¿Todo a punto para la conexión del portal?
––Todo listo. Cuando lo ordene, procederé a la activación.
––Proceda.
El Primer Buscador se acercó al portal y se preparó activar los interruptores que activasen la puerta interplanetaria para la llegada de su gente a aquel planeta.
Entonces sintió un golpe, como un latigazo, en el lateral de su cara y su cuello. No sabía de dónde había venido aquel golpe pero le dolió. Incluso pasados unos segundos seguió escociéndole. Se llevó la mano a la zona dolorida y la puso frente a sus ojos. Estaba manchada de sangre.
Se giró buscando a su posible agresor y allí los vio. Delante de él y a poco más de veinte metros se encontraban los cinco seres peludos que había visto la noche anterior. Su aspecto ahora no era ya tan adorable como la primera vez que los había visto. De lo que había confundido con orejas en un primer instante, le salían una pareja de látigos que se agitaban por delante de los seres. Parecían lenguas furiosas dispuestas a darle un mortal lametazo.
El Primer Buscador sacó su arma y disparó contra una de aquellas criaturas. El ser se desparramó por el suelo en mil pedazos recubiertos de una sustancia viscosa de color amarillento.
Otro de los seres lanzó su látigo contra el Primer Buscador lacerándole el brazo con el que sujetaba su arma, que cayó al suelo. El humano se arrodilló para recoger el arma sin perder un solo instante. Las lenguas de los habitantes de Babel continuaban agitándose con violencia. Entonces, como un único ente, todos los seres lanzaron sus lenguas-látigo a la vez contra el Primer Buscador. Y repitieron la operación una y otra vez. Las heridas le cubrían casi la totalidad del cuerpo. Seguía con vida pero notaba que ésta se le escapa poco a poco por aquellos cortes que los babelonianos le habían hecho. Se estaba desangrando y no tenía fuerzas para moverse.
Giró su cabeza y, desde aquella posición, vio como los cuatro seres que aún quedaban en pie se acercaban a él. No tenía fuerzas para defenderse. Para su sorpresa pasaron de largo. No se dirigían hacia él si no hacia el portal. Con una de aquellas lenguas, uno de ellos pulsó el botón de encendido del portal intergaláctico. Un arco voltaico saltó entre los dos postes para convertirse a los pocos segundos en una superficie espejada de aspecto acuoso.
Aquellos cuatro habitantes de Babel atravesaron el portal con dirección a la Tierra. El Primer Buscador sintió una punzada de nervios al pensar que su planeta iba a ser invadido por una raza extraterrestre por su culpa. Sin embargo, se sintió más aliviado al pensar que los de su raza poseían armas que acabarían en un instante con aquellos seres, igual que él había hecho momentos antes.
A unos metros de su posición. Los restos de la criatura que había matado de un disparo, comenzaron a crecer hasta constituir cada uno una nueva criatura de aquella especie. Centenares de nuevos babelonianos se encaminaron hacia el portal interplanetario y lo atravesaron dirección a la Tierra. De todas las direcciones, más y más de aquellos seres aparecieron de la nada y se perdieron a través del umbral de la puerta teletransportadora.
La última sensación que tuvo el Primer Buscador antes de morir desangrado no fue miedo, si no angustia por haber condenado a su planeta. Después de tantos años de lucha contra Skynet y los Cyborgs, ahora la Tierra se vería envuelta en otra guerra contra unos seres que lejos de morir, se multiplicaban cuando los hacías saltar en pedazos.

lunes, 7 de octubre de 2013

Amor secreto

Como realmente dice la gente no existe el crimen perfecto, ¿o sí? Yo puedo asegurar por experiencia propia que no. Esto no viene a ser si no una confesión de una terrible atrocidad que cometí hace algunos años. Algunos quizá habéis oído hablar de ella, pero la gran mayoría lo dudo.
 Todo comenzó hace cinco años, cuando yo conocí a una chica muy guapa, muy simpática y, porque no decirlo, de muy buen ver. Durante meses la amé en secreto, ella nunca supo de mi existencia. Pero yo de la suya sí, la espiaba donde quiera que estuviese, la seguía donde quiera que fuera y la amaba. Siempre en secreto, pero la amaba con locura.
 Pasó el tiempo y fuimos creciendo, al igual que mi amor hacia ella; cada día que pasaba la amaba más y más. Acabamos el colegio y llegó el verano. Ella se fue de vacaciones a otro lugar que desconozco, durante esa época fue el único instante que no supe de ella. Tres largos e infernales meses. Al finalizar el verano, comenzamos el instituto. Por una casualidad, el destino quiso que nos tocara en la misma clase, en la misma columna pero separados por otras dos o tres parejas de compañeros.
 Durante aquel primer año de instituto también la amé, incluso llegué a más: me atreví a hablar con ella. El primer día muy bien, el segundo también, y al tercero... Pero pasaron los meses y ella se fue distanciando de mí, y eso que la ruta que cogíamos para ir al instituto a Benavente era la misma.
 La distancia comenzó a forjarse por culpa de un grupo de amigas que conoció en la clase, aquel grupo de chicas la llevaba por el mal camino; el camino que la alejaba de mí. Yo no podía hacer nada. Luché y luché, traté de convencerla que no eran una buena compañía pero ella estaba ciega y no veía la realidad. Al poco, y gracias a ese grupo de amigas, conoció a un chico. Aquel chico la engatusó, la engañó para que fuera con él; no tenía nada de malo, sus amigas se iban con sus amigos. Y ella así lo hizo.
 Pero no estaban solos, al menos ellos ignoraban mi presencia. Cada minuto que ellos pasaban juntos yo estaba allí, escondido entre las sombras para vigilarlos, para evitar que aquel chico la tocara. Pero con el tiempo llegó incluso a besarla. Aquel día decidí hacer lo que posteriormente hice.
 Mi gran oportunidad se presentó un día que se celebraba una excusión a la capital. Casi todos los alumnos irían, casi todos. La "maldita pareja" había dicho a sus amigos y amigas que ellos se iban a quedar para pasar el día juntos; sin embargo, en sus casas dijeron que iban a la excursión (¿que cómo lo sé?, tengo mis métodos). Los dos quedaron a solas en Huerga de Vidriales, nuestro pueblo (mi pueblo, me lo conozco como si yo mismo lo hubiera creado).
 Él llegó con su reluciente moto seminueva y se dirigió al lugar en el que habían quedado, un edificio en obras al que nadie acudía. Allí, en la intimidad comenzaron a besarse sin miedo a ser sorprendidos, a fin de cuentas nadie iba allí nunca. Pero aquella mañana alguien los observaba: yo.
 Aproveché un momento en el que se besaban y le asesté al chico un fuerte golpe con un ladrillo, cayó al suelo sin conocimiento. La chica se quedó paralizada, lo que aproveché para abrirle la cabeza con un hacha que usaba mi padre para partir leña. Posteriormente, hice lo mismo con el inconsciente chico. Cuidadosamente despedacé los dos cuerpos como pude y los introduje en diversos recipientes de plástico, herméticos que metí en una bolsa de viaje.
 Escondí la bolsa en un lugar seguro e invertí varias horas en limpiar aquel lugar de la sangre que aquellos dos habían soltado. Me costó pero lo conseguí. Posteriormente, fui a la granja de mi tío y vertí en las pocilgas los restos. Los hambrientos cerdos no dejaron ni los huesos, los devoraron con tanta avidez que parecía que no hubieran comido en su vida. Luego quemé los recipientes herméticos y la bolsa y enterré las cenizas entre el estiércol.
 ¿Cómo me deshice de la moto? Esa es otra cuestión. El caso es que todo el mundo comenzó a conjeturar sobre lo sucedido: que si los chicos habían sido secuestrados, que si los habían matado, que si se habían fugado... Tras una intensa búsqueda y no hallar ni la moto ni los cuerpos, la gente llegó a la conclusión que se habían fugado para poder vivir su amor con libertad, como en las series y películas de la televisión.
 El crimen perfecto salvo por un detalle. Los remordimientos de conciencia que he sufrido desde entonces. No puedo cerrar los ojos sin verlos besarse, no puedo dormir sin que en mis sueños aparezca la chica con el hacha clavada en lo alto de la cabeza. Me estoy volviendo loco, y quiero confesarme culpable de haber asesinado a aquella pareja de novios y de haber dado a los cerdos sus restos como comida.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El payaso triste


Había una vez una pequeña niña que se hallaba en un parque llorando. De pronto, y sin que ella lo hubiera visto venir apareció a su lado un payaso. Pero no era un payaso como los demás; su ropa no era de colores, ni su cara estaba pintada con una gran boca roja. Su ropa era un pantalón negro, una camiseta gris con parches negros o blancos y su cara estaba pintada de blanco, con una boca triste en negro y una lagrima negra que rodaba por su mejilla.
Estuvo unos minutos con la niña, al cabo de los cuales ella se fue sonriendo. La madre de la niña que lo había visto se acercó al payaso y le preguntó:
– ¿Qué le ha dicho usted a mi hija para que dejara de llorar y se haya ido riendo?
– Ella me ha contado que estaba llorando porque se había peleado con su hermano, sabía que había sido culpa suya y él le dijo que no quería ser su hermano más; entonces ella se puso triste y empezó a llorar.
– Sí, eso es verdad, sucedió hace unos minutos– afirmó la madre.
– Pues yo le dije que su hermano no lo decía de corazón. Que lo dijo porque estaba enfadado. Que si iba a pedirle perdón sinceramente él la perdonaría. Luego le dije que tenía que ir con la sonrisa más grande que tuviera, para que su hermano viera que ella era feliz siendo su hermana.
– ¿Cómo es posible que usted pueda decirle a una niña pequeña que muestre la sonrisa más grande que tuviese si lleva una lágrima negra y una cara de tristeza que asombraría a cualquiera?
– Al ver a su hija pensé: puedo ir hacer que deje de llorar y solucione su problema que no será muy grande o puedo ir, contarle mis problemas que son mucho mayores, hundirla y llorar los dos juntos. Evidentemente me decidí por la primera.
– ¿Y cuáles son sus problemas? Igual puedo ayudarle.
– Mi mujer esta muriéndose de cáncer y mi hijo murió ayer en un accidente.
– ¿Y de dónde saca las fuerzas para hacer eso?
– De sonrisas como la de su hija.
Entonces la mujer comprendió que aquel hombre, aunque fuera el más desgraciado del mundo, no quería que otras personas sufrieran.

viernes, 17 de mayo de 2013

Espera sin retorno


Esta es una historia triste como la que cantaba Joan Manuel Serrat sobre una chica llamada Penélope que esperó a su amor durante años y cuando por fin regresó no lo reconocía porque ella recordaba cómo era en el pasado. Pero esta vez la persona esperada nunca regresó. Ninguna carta, ninguna llamada de teléfono. Nada.

Todo comenzó una mañana en la estación de Atocha de Madrid a las 7:11. Era una fría mañana de Enero de 1980. Francisco José, un chico de 23 años se despedía de su amada María Jesús unos minutos antes de que ella embarcara en un tren hacia Murcia para trabajar como ayudante de oficina en una gran empresa de dicha ciudad.
Las lágrimas desbordaban por los ojos de ambos. Un funcionario de RENFE anunció la inminente salida del tren de pasajeros con destino a Murcia. Ella tomó su equipaje y con lágrimas en los ojos y un te quiero en los labios subió al tren. El trabajo era para seis meses al final de los cuales ella prometió volver y Francisco José juró esperarla en la estación. El sonido de la máquina locomotora se hizo cada vez más intenso y el tren comenzó a avanzar, lentamente al principio, y poco a poco fue tomando más velocidad hasta perderse en la lejanía. Francisco José tomó su tristeza y decidió continuar con su vida hasta que ella volviera. Entonces se casarían.
Francisco José y María Jesús se conocieron dos años atrás en un bar en el que ella trabajaba como camarera y él fue a tomar unas cervezas con sus amigos un fin de semana. Tonteando con sus amigos él le preguntó la hora a la que salía y quedó con ella. Fueron a una discoteca a bailar y poco a poco surgió el amor entre ellos. Comenzaron a ser novios unas semanas más tarde. Durante los dos años siguientes hicieron una vida normal de pareja con sus buenos y malos momentos, sus planes, discusiones, lloros, alegrías y penas. El fin de semana anterior a la partida de la chica, los dos se entregaron al amor por primera vez.
Pasados los seis meses Francisco José estaba puntual como un reloj en el mismo lugar donde aquella mañana de Enero había despedido a su amor. Iba vestido con sus mejores galas y un ramo de flores en la mano. Deseaba fervientemente que ella estuviera allí para abrazarla, decirle lo mucho que la quería y pedirle que se casara con él. Puntual llegó el tren y los viajeros comenzaron a descender; todos menos uno. Todos menos su amor. Francisco José pensó que María Jesús habría perdido el tren así que se sentó en un banco del andén a esperar. Lo que no sabía Francisco José era que esa espera nunca tendría fin.

Ahora veintidós años después, cada mañana cuando voy a clase lo veo en el mismo andén, con la misma ropa que llevaba el día del supuesto regreso de su amada. Un buen día, hace unos meses me pidió un cigarro, yo se lo di y mientras esperaba mi tren me contó su historia. Me contó que llevaba la misma ropa, un traje que ella le regaló, para que cuando su amor volviera lo supiera reconocer entre tantas caras. También me enseñó el anillo de compromiso que pensaba regalarle para sellar su amor.
Ayer no lo vi y hoy tampoco lo he visto. Le pregunté a un guardia de seguridad y me dijo que había fallecido de un infarto al corazón. Pero yo sé que realmente murió de pena por esperar lo que nunca llegó. Cuando he sabido la noticia he roto a llorar como un niño. Otro guardia le preguntó al que me había dado la noticia que porqué lloraba y éste le contestó: – Por el mendigo sin familia que murió hace dos días. A lo que yo le respondí: – Cuidado con lo que dices porque ese hombre era mi padre.

Lo que Francisco José nunca supo fue que de su noche de amor con María Jesús nació un niño que poco a poco fue creciendo y se convirtió en el joven que le dio aquel cigarrillo y que todas las mañanas le dedicaba una amable sonrisa entre la frialdad de la gente. Mi madre me contó su historia de amor con Francisco José, que tuvo miedo de que él la rechazara por el embarazo pensando que el niño fuera de otro y por eso volvió de Murcia en autobús a los seis meses de su marcha; por eso mismo no volvió a llamarlo. Cuando hablé con él la primera vez y me contó su historia se me partió el corazón pero no le dije nada por no rompérselo a él también. Ahora no sé cómo decirle a mi madre que ha muerto; posiblemente cargue con esta pena yo solo y no le diga nada, no quiero verla sufrir como lo vi a él.

jueves, 25 de abril de 2013

Regreso al apartamento (2 de 2)


CONTINUACIÓN
Salió de la habitación y regresó hasta la cocina. Los electrodomésticos que le habían llamado la atención por su color metalizado (los suyos eran blancos) tenían un panel de cristal líquido. Eric pulsó el panel de la vitrocerámica y en él salió una lista de carpetas con nombres como favoritos, últimos platos cocinados y dieta. Pulsó un icono en la esquina superior derecha con forma de X para salir de la aplicación. Se acercó al frigorífico y también pulsó el panel de control que había en el frontal. La primera opción que le mostró fue ¿ver interior? Sí. No. Pulsó y la puerta se volvió transparente y dejó ver el interior. La nevera estaba casi vacía; había leche, yogures, cerveza y un plato con sobras. Volvió a pulsar el panel y le apareció otro mensaje que ponía Lista de la compra. Crear nueva. Sugerir. Cancelar. Pulsó sugerir y el aparato le remendó diversos alimentos que faltaban en el frigorífico y dos nuevas opciones: Comprar. Cancelar. Pulsó Comprar y lo siguiente que apareció en aquella pantalla fue el mensaje Compra efectuada, en pocas horas recibirá el pedido en su domicilio.
Entonces le vino a la mente su familia. Tenía que llamarlos para decirles que estaba bien. No sabía cuánto tiempo había estado fuera, pero seguro que estaban preocupados y lo echaban de menos. Acudió hasta el salón en busca del teléfono. Llegó hasta la mesita, que también era de cristal y estaba flotando en el aire anclada al sofá. Puso la mano encima del cristal pero nada ocurrió. Repitió la operación en diversas ocasiones y el resultado fue el mismo. Entonces pulsó uno de los botones del brazo del sofá. La televisión se encendió; Eric pulsó otro botón con un símbolo de un teléfono y sobre la pantalla de plasma de cuarenta pulgadas apareció un menú donde elegir un listado de llamadas, la agenda o el teclado. Pulsó sobre la opción del teclado y marcó el número de teléfono de su madre. Al tercer tono respondió la voz de una mujer anciana. Era su madre. Seguro que la falta de noticias sobre él la había envejecido.
– Mamá…
¡POM!, ¡POM!, ¡POM!
Otra vez aquel ruido maldito. Eric dio un respingo porque se sobresaltó al escucharlo. Alguien estaba llamando a la puerta.
– ¿Quién es?, ¿quién es? Eric, ¿eres tú? ¿Qué clase de broma es ésta?– la anciana que estaba al otro lado de la línea telefónica hablaba sin obtener respuesta. Pasados unos segundos cortó la comunicación.
Pero a Eric ya no le interesaba aquella conversación.
¡POM! ¡POM! ¡POM!
Se acercó a la puerta y puso una mano sobre ella para tantearla, ya que no era la misma que él tenía. El panel de control que ya comenzaba a resultarle familiar apareció sobre la puerta. Abrir. Mirilla. Aquellas dos opciones hicieron que Eric se fijara en que la puerta no tenía manilla de apertura. Pulsó la opción mirilla. Al igual que en la nevera, la puerta se hizo transparente y Eric pudo ver el pasillo. Asombrado, acercó la mano hacia donde se encontraba la puerta hasta tocarla para asegurarse que seguía cerrada. Era como si fuera de cristal. Apareció un nuevo mensaje: Abrir. Cerrar mirilla. Pulsó abrir y la cerradura abandonó su posición para desbloquear la puerta. Abrió y observó el pasillo. Estaba vacío. Observó la puerta por la parte exterior y comprobó que era totalmente opaca; sin embargo, en el interior seguía mostrando lo que había al otro lado. Cerró la puerta y entró al baño. Quería ver con detalle los cambios que había en aquella estancia. Se había levantado tan desorientado que no se había percatado que era su baño ni se había fijado en los cambios.
Entró y lo primero que le llamó la atención era que el lavabo no tenía mandos para abrir el agua. Tocó el grifo y comenzó a manar agua; lo tocó otra vez y el chorro se cortó. El retrete era lo único que no había sufrido cambios a pesar de no ser el que él tenía. También le llamó la atención que no había bañera ni plato de ducha. Miró al techo y allí estaba la salida de agua para la ducha. Al mirar al suelo vio un agujero de desagüe. Sobre la pared del fondo había un panel que, al comprobarlo, vio que era para activar la ducha. Decidió no tocarlo; no quería acabar empapado.
¡POM!, ¡POM!, ¡POM!
Esta vez estaba seguro que venía del interior de la casa. Salió al recibidor y miró hacia la cocina y el salón. Nadie. Acudió a la habitación juvenil. Nadie. Finalmente entró en la que había sido su habitación. También estaba vacía.
¡POM!, ¡POM!, ¡POM!
Acudió inmediatamente al salón (que continuaba vacío)
¡RIIING!, ¡RIIING!
El teléfono sonó nuevamente. La voz femenina comenzó a decir quién era el llamante. Otra vez era aquel tal Jerzy. En la pantalla de la televisión tenía la opción de responder o rechazar la llamada. Con los mandos del sofá eligió responder.
¡POM!, ¡POM!, ¡POM!
– Ayuda, por favor– pidió Eric a la persona que se encontraba al otro lado del teléfono.
– Bienvenido de nuevo a casa, Eric. Ábreme la puerta.
¡POM!, ¡POM!, ¡POM!
Se acercó a la puerta y la tocó. Eligió la opción mirilla y la puerta perdió su opacidad de nuevo para que Eric viera el pasillo. Frente a la puerta había una silueta. Conocía a aquella persona. La había visto antes. Habían pasado algunos meses para él, pero ocho años (según indicaba el reloj de la mesita de noche) para el resto de su mundo. Aquella persona era la que había visto desde el otro lado del espejo antes de aparecer en la plaza de aquel pueblo. También lo había visto en el interior del cuadro de su habitación cuando cambió. En aquel momento estaba llamándole desde la cabina de teléfono que había en aquella plaza.
Abrió la puerta y se encontró con una persona que era Eric pero no era él mismo.
Alzó la mano para tocar a aquella persona. Cuando sus dedos tocaron la cara del desconocido (que era él mismo) sintió un leve cosquilleo que, un instante después, se le distribuyó por todo el cuerpo, para convertirse en una fuerte descarga eléctrica que le llevó a un estado de inconsciencia y paz que nunca había sentido. Sintió que flotaba. Los pies se le despegaron del suelo. La silueta que tenía frente a él también flotaba igual que Eric. Poco a poco, se fueron aproximando hasta que sus cuerpos se fusionaron en uno solo. Una vez que se unieron, Eric se desvaneció en miles de millones de moléculas con un ligero POP como una pompa de jabón.