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miércoles, 17 de enero de 2018

Frena

20 de Octubre de 1993
Era una fría y oscura noche de otoño. La luna comenzaba la fase creciente, pero se encontraba oculta por densas nubes que cubrían todo el cielo.
La familia Rose viajaba en su viejo Pinto azul de 1976 por la Interestatal 8. William discutía con su esposa Alice a la vez que conducía. Su hijo Derrick, de ocho años, viajaba en los asientos traseros jugando con la nueva GameBoy que le acababan de regalar sus abuelos. Regresaban de visitar a los padres de Alice en la capital del estado.
Los Rose vivían desde hacía diez años en las afueras de la segunda ciudad más grande del estado, en un chalet de una zona residencial. Setenta kilómetros los separaban de los abuelos del niño, a los que iban a visitar una vez al mes.
—No sé a santo de qué le han tenido que comprar el videojuego al niño —protestaba William a la vez que hacía aspavientos con ambas manos.
—Porque fue su cumpleaños y no le habían regalado nada —explicaba la mujer—. Y coge el volante con las dos manos que vamos a tener un disgusto.
Nuevamente puso ambas manos sobre el volante, agarrándolo tan fuerte que los nudillos perdieron su color y se tornaron blancos. La emisora de radio emitía una triste canción country.
—Pero ya tiene una consola en casa. Esto es lo que le faltaba para no hacer los deberes: tener una que no haya que enchufar a la televisión. Además, estoy harto de que tus padres le compren regalos que nosotros no nos podemos permitir, solo para demostrar que si no te hubieras casado conmigo vivirías mejor. Que mi sueldo apenas da para llegar a fin de mes y que ellos nadan en la abundancia.
Un coche se venía frente a ellos haciéndoles ráfagas con las luces. El Pinto azul se había desviado de la trayectoria y había invadido el carril contrario. William asió el volante y rectificó la trayectoria del vehículo para continuar recto.
—Agarra el volante de una vez, que vas a matarnos —le escupió su mujer.
La discusión continuaba en los asientos delanteros mientras en la parte de atrás, Derrick seguía jugando con el nuevo videojuego. Llevaba puestos los auriculares y el volumen a tope, pero aún así, los gritos de sus padres discutiendo se imponían por encima. Siempre discutían y a Derrick no le gustaba. Sabía que aquel camino solo llevaba a un lugar: al divorcio.
Apenas recordaba la última vez que sus padres habían hecho algo divertido juntos. La última imagen de ambos riendo era de cuando habían viajado a Disneylandia por su séptimo cumpleaños. Después de montar en muchas atracciones, habían comido en el restaurante de Mickey y sus amigos y allí se habían hecho muchas fotos con los personajes de Disney mientras comían. Él les había hecho una a sus padres acompañados de Mickey. Los dos estaban sonriendo, felices y dándose un beso ante la atenta mirada del ratón gigante.

—¡Deja de dar manotazos en el salpicadero y agarra el volante! —ordenaba Alice a su marido—. Y vete más despacio que nos vas a matar.
—¡No os voy a matar porque no voy rápido! —se defendió William.
El Pinto se acercaba a un cruce de carreteras a más velocidad de la indicada. William no era consciente de ello debido al enfado que tenía con sus suegros y con su mujer por defenderlos. El locutor de radio anunciaba que eran las nueve en punto.
—¡WILLIAM, FRENA! —gritó la mujer presa del pánico.
—¡FRENA, PAPÁ! —gritó también el hijo desde el asiento trasero.
Los gritos de ambos silenciaron los comentarios del locutor.

31 de Diciembre de 1993
William se despertó tumbado en una cama de hospital, conectado a una serie de tubos de goteo que no podía identificar. También estaba conectado a un respirador y a un monitor que marcaba los latidos del corazón y los dibujaba en una línea que subía y bajaba a cada pulso.
—Tranquilícese, señor Rose —le dijo una voz femenina a sus espaldas.
Intentó hablar pero el respirador automático le impedía articular palabra. ¿Qué había pasado? Lo último que recordaba era que volvía con su mujer y con su hijo de casa de sus suegros. Discutía con Alice a cuenta de una consola que los padres de esta le habían regalado al chico.
Entonces, algo pasó: invadió el carril contrario y chocó frontalmente contra otro coche. No, no fue aquello lo que ocurrió. Él había esquivado aquel coche y había continuado discutiendo con Alice. Ella le había gritado algo y su hijo, desde los asientos de atrás, le había gritado lo mismo. Solo una palabra que en aquel momento escuchó en el interior de sus oídos como un estallido.
¡FRENA!
Escuchar aquella palabra le sobresaltó e hizo que el pulso se le acelerara.
—Tranquilícese, señor Rose —le repitió la voz—. Se encuentra usted en el hospital. Le voy a inyectar un tranquilizante y a media mañana vendrá el doctor y le explicará todo. —La mujer acopló una jeringa cargada de sedante a la vía que el paciente tenía en el brazo derecho. Los ojos de William se fueron cerrando poco a poco y los escasos pensamientos coherentes que tenía se fueron difuminando como una cortina de humo, hasta que cayó en un profundo y relajante sueño.

Pasadas varias horas, el doctor, un hombre con barba canosa y unas gafas metálicas que apenas le cubrían los ojos, despertó a William.
—Señor Rose, despierte, señor Rose. No intente hablar. Le hemos quitado el respirador, pero no podrá hablar en unos días; tiene la garganta irritada debido al tubo y le dolería mucho. Escúcheme atentamente. Sufrió un terrible accidente y una ambulancia lo trajo en estado crítico. Chocó contra un camión que maniobraba para incorporarse a la carretera por la que usted circulaba. Usted no pudo frenar a tiempo y se produjo la colisión.
»Desde entonces usted ha permanecido en la UCI de este hospital. Sé que tiene muchas preguntas en la cabeza, pero ahora tiene que descansar. Poco a poco iré contestando a todas y cada una de ellas.
William intentó moverse y decir algo pero le fue imposible. Sus músculos estaban entumecidos y la garganta dolorida debido al respirador artificial. Quería preguntar por su mujer y por su hijo. También quería preguntar por el tiempo que había pasado ingresado. Pero lo que más le interesaba era saber cómo se encontraba su familia.
—No, señor Rose. Descanse. Cada cosa a su debido tiempo. Sé que está deseoso de respuestas; yo también lo estaría, pero necesita estar en perfecto estado para poder asimilarlas. Le dejaré algunos días para que la garganta y el cuerpo se recuperen. Hasta entonces, no le de vueltas a la cabeza y, sobre todo, descanse. Ahora será trasladado a una habitación de planta.

Algunos días después, el doctor apareció de nuevo frente a su cama. Para aquel entonces, William había recuperado casi con totalidad el habla y la movilidad del cuerpo. Ayudado por una enfermera, había conseguido ponerse en pie y caminar hasta el baño y regresar.
—Buenos días, señor Rose. ¿Cómo se encuentra? Ya veo que puede caminar.
—Consigo llegar hasta el baño y regresar, pero con ayuda. Doctor, ¿dónde están mi mujer y mi hijo?, ¿por qué no han venido a verme?
—Siéntese. Esto que le voy a contar es muy difícil. Tanto de explicar, como de entender. Como ya le dije, usted tuvo un accidente.
—Sí, eso ya lo sé. Choqué contra un camión que maniobraba según me han dicho las enfermeras. Pero de mi mujer y mi hijo no he recibido noticias. Seguramente hayan muerto en el accidente, pero nadie me lo ha confirmado ni desmentido.
—Señor Rose, siento comunicárselo, pero, efectivamente, su esposa falleció en el accidente. Sin embargo, de su hijo nada se sabe. El cuerpo no ha aparecido.
»Es bastante probable que se golpeara en la cabeza y que quedara desorientado, se bajara del coche y se perdiera por la zona. La policía y los demás servicios de emergencia lo han buscado sin ningún resultado.
—¿Me está diciendo que mi hijo sigue vivo?
—Es posible, aunque no es muy probable. El choque contra el camión fue muy violento, y la peor parte se la llevó el lado en el que iban su esposa y su hijo. Y, aunque Derrick hubiera resistido al impacto, las heridas y el hecho de que la ciudad más cercana se encuentre a más de quince kilómetros del lugar del accidente, hacen poco viable que haya sobrevivido.

29 de Enero de 1994
William había vuelto al que una vez había sido su hogar. Aquel hogar en el que había sido feliz con su esposa y su hijo. Aquel hogar que nunca volvería a ser el mismo. Desde el mismo momento que en el que había traspasado el umbral de la puerta, la tristeza había entrado junto a él. El lugar se encontraba vacío y por mucho que abriera puertas y ventanas la luz no entraba allí. La casa se había tornado lóbrega y la pena habitaba en cada esquina y en cada habitación.
A cada paso que daba, la imagen de su mujer y de su hijo se aparecía ante sus ojos. En algunas ocasiones riendo, en otras llorando y, en la mayoría de las ocasiones, observándole, con la mirada perdida y sin expresión alguna.
Durante días paseó por la casa sin ningún rumbo fijo. Visitó todas y cada una de las habitaciones, y en todas y cada una de ellas lloró. El único rincón de toda la casa en el que no fue capaz de entrar en los primeros meses, fue en el garaje. Sabía que allí no iba a encontrar el coche, ya que la grúa lo había llevado al desguace. Había quedado totalmente inservible.
Retomar la rutina de su vida no había sido una tarea fácil. Sus suegros no le perdonaban que Alice y Derrick hubieran muerto por su culpa y no solo no le hablaban, si no que le habían puesto una demanda y tenía que acudir a un juicio para demostrar que el accidente había sido tal, y no lo había hecho intencionadamente para quedarse con la fortuna de su hija.
Recuperar su vida laboral tampoco fue sencillo. Su puesto de trabajo había sido ocupado por otra persona, ya que él se encontraba hospitalizado. Aquello era algo muy común. Cuando un empleado se quedaba de baja, el puesto era cubierto hasta que regresara. Aunque en algunas ocasiones la persona sustituta era mejor que la sustituida y esta última perdía el empleo. En otras ocasiones ambos eran igual de válidos y los dos se quedaban en la empresa. Y en las menos ocasiones, el puesto no necesitaba ser cubierto y el trabajo se repartía entre el resto de compañeros.
William había sido administrativo de la hacienda pública desde que finalizó sus estudios en la universidad. Tenía su puesto adjudicado, pero con el accidente lo habían sustituido y, aunque no perdió la condición de trabajador, sí que perdió el puesto, que fue ocupado por un becario. A él le encomendaron tareas más de archivo y almacenaje que de administración. Así estuvo durante mucho tiempo, hasta que algunos años después, se jubiló la que había sido su compañera de despacho. Entonces ocupó su lugar.

20 de Octubre de 2013
Han pasado veinte años desde que los Rose tuvieran el terrible accidente que cambió la vida de William.
Desde aquel maldito día no había vuelto a ser el mismo. Aunque intentaba aparentar cordura cuando estaba con gente, cuando se encontraba solo lloraba, gritaba y vagaba por las habitaciones de la casa. Falto de hambre y perdido de sueño deambulaba cada noche por el interior de su casa y también por el jardín de la misma. Se iba y se venía desde la cocina hasta el salón, desde el baño hasta las habitaciones, desde el desván hasta el jardín y por este llegaba hasta la entrada del garaje; pero nunca, nunca era capaz de abrir la puerta y entrar en él. Tal era el pánico que le daba aquel rincón, que había mandado condenar la puerta abatible y tapiar la pequeña puerta de comunicación con la casa.
Una vez a la semana se trasladaba hasta el cementerio a rezar frente a la tumba de Alice y de Derrick. Aunque el cuerpo no había sido encontrado, pasados los años declararon al muchacho como fallecido porque su desaparición había ocurrido en circunstancias violentas. Una nueva lápida se colocó junto a la de su esposa y él le rezaba como si el cuerpo del chico estuviera bajo ella.
Desde aquel maldito día, William no había vuelto a conducir un coche y tardó casi dos años en montar en uno. A todos los sitios se desplazaba a pie, en bicicleta o en autobús.
El día en el que se cumplían veinte años del fallecimiento de su mujer y de su hijo, William acudió al trabajo como de costumbre; sin ser consciente del día en el que se hallaba. Cumplió con sus ocho horas de labor, con las correspondientes al descanso para comer y desayunar. De regreso a casa, paró en un autoservicio para comprar algo de fruta y leche. También compró un bote de judías con carne.
Entró en la casa cuando el sol ya se había ocultado. Encendió la luz de la cocina y dejó sobre la encimera la comida que había comprado. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. Se acercó al salón y encendió la televisión antes de sentarse en el sofá.
Cuando se encontraba sentado, reparó en que la puerta que daba al garaje estaba en el lugar que había estado siempre. ¿Acaso se estaba volviendo loco? Hacía casi veinte años que la había mandado tapiar. Desde que había tenido el accidente en el que habían muerto su mujer y su hijo. Debía de estar soñando.
Sin saber muy bien por qué, salió al jardín y caminó por el pequeño sendero que conducía hasta la entrada principal del garaje. Agarró la manija de la puerta y esta cedió con facilidad permitiéndole el paso a aquel recinto que no había pisado desde hacía dos décadas.
Misteriosamente, en el interior se hallaba el Pinto azul de 1976 que tantas veces había conducido hasta aquella fatídica noche. La pintura brillaba como nueva y los cristales estaban tan limpios que podía verse reflejado en ellos como si fueran espejos.
Inconscientemente, se sentó tras el volante y giró la llave que se encontraba en el contacto. El motor enseguida rugió y el tubo de escape escupió una bocanada de humo negro. Sin que nadie la abriera, la puerta se alzó sobre los goznes superiores y dejó paso al Pinto. Entonces notó una presencia, como si no se encontrara solo en el vehículo. Pero allí nadie más había.
William pisó el acelerador y el coche cogió velocidad hasta llegar a los sesenta kilómetros por hora. Salió de la ciudad y se incorporó a la Interestatal 8. En dirección a casa de sus fallecidos suegros. La sensación de que no iba solo cada vez era más grande.
Papá, frena.
Le susurró una voz infantil que venía de más allá de los asientos traseros. Giró la cabeza pero no encontró a nadie.
Papá, frena.
Nuevamente aquel susurro. Habría jurado que se trataba de la voz de su hijo, pero aquello era imposible
Papá, frena.
La tercera vez lo había asustado. No se había dado cuenta pero se estaba acercando a la intersección en la que había tenido el accidente veinte años atrás. La radio del viejo coche se encendió sola en el momento en el que sonaba una triste y vieja canción country. Hacía veinte años que no la escuchaba. La luna, en fase creciente se encontraba oculta tras las nubes que poblaban el cielo aquella fría noche de otoño.
La canción se había acabado y el cruce de carreteras se encontraba más cerca.
Papá, frena.
Otra vez aquella voz fantasmal. El locutor de radio anunció que eran las nueve en punto.
¡¡PAPÁ, FRENA!!
Pisó el freno con todas sus fuerzas y el Pinto se detuvo con un chirriar de neumáticos. Un instante después, del camino que se cruzaba a la derecha, salía un enorme tráiler a toda velocidad, para posteriormente perderse por el camino que estaba a la izquierda.
Gracias, papá. Ahora puedo descansar en paz.
Giró inmediatamente la cabeza con la esperanza de ver a su hijo en el asiento trasero, pero allí no había nadie. Lo que sí vio fue como se abrió la puerta trasera y unos segundos después se volvía a cerrar. El propio William abrió la puerta y se bajó del coche. Caminó unos pasos hacia el lateral de la carretera y miró más allá, hacia la arboleda. Después se sentó en el borde del asfalto.
A la mañana siguiente, un operario de mantenimiento de la Interestatal 8 encontró el cuerpo de William abrazado al cadáver de un niño de ocho años. Los investigadores dictaminaron que aquel niño era Derrick Rose, desaparecido en 1993 tras el accidente que le costó la vida a su madre en aquel mismo punto. Nadie se podía explicar cómo el cuerpo del muchacho había estado veinte años sin encontrarse y el estado de descomposición era el mismo que el del padre, que había fallecido de un fallo cardíaco la noche anterior a las nueve de la noche en aquella carretera. No sabían cómo había llegado hasta allí porque no había ningún vehículo en las inmediaciones y el transporte público no llegaba hasta aquel lugar.




martes, 3 de enero de 2017

Aitor

Aitor es el nombre de mi amigo de la infancia, mi primer amigo.
Nos habíamos conocido en el pueblo, durante las vacaciones de verano del año 83 u 84. Éramos tan pequeños que ni lo recuerdo, solo sé que durante los siguientes diez años deseaba que llegara el mes de agosto para volver a reencontrarnos y disfrutar del descanso estival juntos.
Durante todos aquellos años compartimos multitud de cosas y nos pasábamos la vida uno en casa del otro. Mis padres se convirtieron en los suyos y los suyos en los míos. Compartimos todos los veranos de nuestra niñez y del inicio de nuestra adolescencia.
Recuerdo que el uno al otro nos descubrimos la lectura; bueno, realmente fue su hermano mayor el que nos descubrió la lectura a ambos con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Nuestras tardes comenzaban en su patio o en el mío leyendo cada uno los tebeos del otro. Cada vez que me acababa uno, antes de empezar el verano, pensaba: “este seguro que le encanta a Aitor”. Cuando alcanzamos los catorce años, yo seguí con mis tebeos, sin embargo, él había cambiado la lectura, había madurado y ya leía libros de adultos como Frankenstein o Cementerio de animales. Aquel verano me di cuenta de que tenía que evolucionar yo también en mis lecturas, que ya no era un niño y debía comenzar a leer cosas acordes a mi edad (aunque nunca he dejado de leer tebeos de Mortadelo). Al empezar el instituto, el primer libro que cayó en mi poder fue uno de Sherlock Holmes, y desde aquel día cientos de libros han pasado por mis manos. Por ese hecho, jamás dejaré de agradecer a mi amigo que me inculcara el gusto por la lectura.
En los años de la niñez, mucho antes de aquello de los libros, nos dedicábamos a ir hasta el campo de fútbol a darle patadas a un balón, creyendo que sabíamos jugar y que llegaríamos a ser profesionales de aquel deporte. También íbamos hasta el río a coger ranas, las hinchábamos y las lanzábamos al río para ver como flotaban. A mi edad adulta sé que aquello era una crueldad, sin embargo, con diez años lo veíamos como un experimento sin maldad.
Al principio del verano del 91, nos construimos un tirachinas con un globo y la boquilla de una botella de plástico (en el pueblo a aquello le llamaban tirahuevos o capalobos) y todas las tardes, cuando bajaba el sol y comenzaba a atardecer, nos íbamos hasta el basurero, recogíamos todas las botellas y botes de cristal que había y los poníamos en fila para practicar nuestra puntería. Lo mejor era cuando conseguíamos un bote lleno de tomate y al irse rompiendo soltaban la salsa aparentando ser sangre.
Nuestros juegos eran inocentes y no le hacíamos daño a nadie (al menos intencionadamente). Buscábamos aventuras y emociones fuertes. Otro verano nos dio por irnos a la parte trasera de la iglesia del pueblo y escalar por las rocas que allí hay. Cada vez nos buscábamos rocas más altas y más difíciles de escalar, hasta que finalmente conseguimos trepar por todas las grandes piedras del lugar.
Aquello era muy divertido: escalar, ayudarnos el uno al otro, encontrar otros caminos por los que llegar a la cima (de apenas unos metros de altura) y después descender para empezar de nuevo. Era divertido, pero llegó un momento en el que buscábamos más emoción y la encontramos un día en un campo segado de trigo. El cereal había sido recolectado y con los restos habían creado alpacas y las habían almacenado formando una gran torre. Con la valentía de dos muchachos de doce años, nos encaramamos a los bloques hasta la parte más alta y saltamos al vacío sobre un montón de paja. Nos arriesgábamos a rompernos una pierna o un brazo, pero cuando eres adolescente te crees inmortal.
También fuimos descubriendo el mundo a nivel personal y emocional. Recién empezada la adolescencia, en el pueblo apareció una chica nueva que se unió a nuestro grupo, el cual formábamos Aitor, su hermana, otras dos vecinas y yo. Desde el primer día en que la vi, aquella niña con trenza me gustó. No sé cómo explicarlo, pero sabía que a mi amigo también le gustaba. Ni yo le dije nada a él, ni él me lo dijo a mí, pero ambos conocíamos cuales eran los sentimientos del otro. Siendo realistas, ¿qué posibilidades tenía un chico como yo, moreno, con gafas y bastante parado contra un chico divertido de ojos azules, con el pelo rubio y rizado? Ninguna. Físicamente, me recordaba a los querubines de blanca piel y pelo ensortijado de los dibujos medievales.
Cual fue mi sorpresa, cuando a punto de acabarse el verano, aquella niña de la trenza se acercó una noche a mí, me dijo que yo le gustaba y me dio un beso. Cuando se lo dije a mi amigo, noté que algo en él se venía abajo, pero lo aceptó con la mayor dignidad y aplomo que he visto nunca, y apenas contábamos con doce años. Nunca se lo dije, pero, pasados algunos, años, tuve un pequeño romance con la chica de la trenza.

Al año siguiente, mi amigo Aitor se fue con su familia a pasar todo el mes de vacaciones a un apartamento que tenían en la playa y no nos vimos. Paradójicamente, aquel verano de 1993 fue el primero de los mejores de mi vida. Y en ninguno de ellos estuvo él. Así fue como nos perdimos la pista y no supe de Aitor durante diez años. Vi alguna vez a sus padres y me hablaban de él. Mis padre se lo encontraron una vez, les preguntó por mí y les dijo que tenía muchas ganas de verme. Entonces, fue cuando busqué su teléfono en una vieja agenda de papel a la que le faltaban la mitad de las hojas y, milagrosamente, lo encontré. Hablamos dos o tres veces y quedamos.
Teníamos ya veintidós años y llevábamos más de diez sin vernos, pero enseguida nos reconocimos el uno al otro y nos fundimos en un fraternal abrazo. Nos pusimos al día sobre nuestra vida y me alegré mucho de saber que él estaba estudiando una ingeniería y que era de los primeros de su clase (siempre me pareció la persona más lista que conocía). Hablamos, fuimos al cine, tomamos algo y nos intercambiamos los correos electrónicos y la (falsa) promesa de volver a vernos. Mantuvimos durante un tiempo el contacto mediante Messenger y nos enviábamos algún correo. Con la llegada de las redes sociales, fue cuando más contacto volvimos a tener.
Nos hablábamos por Facebook y me contó que él estaba viviendo con su novia, yo le conté que me había casado y que iba a ser papá. Él me dijo que tenía sobrinos, pero que hijos todavía no.

Otros diez años después de vernos por última vez, en el 2012, recibí una llamada de mi padre diciéndome que Aitor había sido ingresado en el hospital y le habían detectado un cáncer en el sistema digestivo. Enseguida le escribí por Facebook (la única manera que tenía de contactar con él) y me contó un poco. Algunas semanas después me llegó la noticia de que ya había sido dado de alta y de nuevo le escribí para decirle que me alegraba mucho. Me respondió diciéndome que le quedaba una larga recuperación y un tratamiento de seis meses y que esperaba que no fuese muy duro.
Antes de pasar esos seis meses, un amigo común me dijo que lo habían tenido que ingresar de nuevo para poder alimentarlo por una sonda. Me contestó que lo de la sonda iba por buen camino, que había llegado a quedarse en treinta y cinco kilos, pero que ya pesaba cuarenta y uno e iba en aumento.
Eso estaba bien, que fuera evolucionando. A un chico de treinta y tres años no puede pasarle nada, y menos a mi amigo. Pero me equivocaba, la inmortalidad que nos creíamos tener a los doce años, se estaba riendo de él dos décadas después.
Mis últimos mensajes fueron los siguientes:

15/01/2014
Aitor, ¿cómo vas? Me dijo mi padre que tenías que alimentarte otra vez por sonda.
Espero que pronto te la quiten y mucho animo. No sabía si estabas en casa o en el hospital y si tenías modo de conectarte. Le pregunté por ti a tu hermana y me dijo que sí puedes conectarte. Pues lo dicho, mucho ánimo y un abrazo.
17/02/2014
Me dijo mi padre el otro día que estabas mejor. Me alegro mucho que sigas evolucionando. Un abrazo y sigue con tu recuperación

No obtuve respuesta a ninguno de ellos. Justo dos meses después, mi padre me llamaba para decirme que había fallecido y que al día siguiente lo enterraban en el pueblo por expreso deseo suyo.
No tuve el valor para visitarlo en el hospital, pero si tuve la suficiente vergüenza para ir a presentar mis respetos a su familia y acompañarlos en el trágico momento del entierro.
Cuando la madre se bajó del coche fúnebre con la urna de sus cenizas en la mano, se abrazó a mí y me dijo “Aquí traigo a tu amigo” y lloré abrazado a ella y al marido hasta que no me quedaron lágrimas. Cuando acabaron de sellar la losa del nicho y sus familiares más allegados se retiraron, me acerqué a llorar en solitario su pérdida. Antes de irme, me aproximé a sus padres y hermanos para despedirme de ellos y reiterarles mi pésame. Entonces su madre me dijo: —Se acordaba mucho de ti, sobre todo al final. Me decía todos los días “Mamá, me acuerdo mucho de cuando era pequeño, y de los que más me acuerdo es de Roberto y de Jéssica (la niña de la trenza)”—. En ese momento creo que se me rompió el corazón. Me di cuenta de que no había estado a la altura de nuestra amistad.



Ahora ese niño de ojos azules, pelo rizado y rubio viene todas las noches para preguntarme por qué no fui a visitarlo al hospital cuando su vida se apagaba. Y no soy capaz de explicarle que no tuve valor.

martes, 29 de marzo de 2016

El hijo pródigo

Y por fin está aquí, el relato que utilicé para la final de Versus 3 con el que quedé (otra vez) segundo. La consigna era escribir un drama de una pareja homosexual, en primera persona y contado por el padre de uno de ellos. Que lo disfrutéis.

Sabía que aquel chico lo haría sufrir, se lo había dicho tantas veces que aquella frase había perdido su significado. Desde el día en que llegó a casa, nos confesó su orientación sexual y nos dijo quién era su pareja, supe que iba a pasarlo mal por su culpa.

Jesús llegó aquel día a casa llorando, como el día anterior y el otro. Su madre acudió a consolarlo, pero tras la puerta solo recibió gritos y reproches. Como las últimas veces. Bajó las escaleras y entró en la cocina para preparar la cena.
—Hoy no va a cenar —dijo.
—Igual que las últimas noches.
—No sé qué le pasa a este chico, y me tiene preocupada.
—Serán cosas de críos. Hablaré con él.
Al día siguiente Jesús salió temprano y fue imposible hablar con él. Al regresar de la universidad para la hora de la comida era otra persona. Por aquella puerta entró un chico alegre y deseoso de vivir la vida, todo lo contrario de las últimas noches.
Así pasaron muchos días y muchos meses. Jesús se había convertido en lo que todo padre desea que sea su hijo: alegre, estudioso, buena persona y con muy buenos amigos. Su madre sospechaba que aquel cambio de humor tenía que ver con una chica, decía una y otra vez que se había enamorado, que se le notaba en los ojos.
Entonces pasó. Jesús entró en el salón en el que yo estaba sentado en mi sillón viendo un partido de baloncesto y su madre poniendo la mesa para la cena. Sonreía, pero a la hora de hablar le temblaban la voz y las manos. Estaba nervioso y no paraba de juguetear con un anillo que nunca habíamos visto antes. Brillaba mucho, por lo que supuse que era nuevo.
—Mamá, papá, tengo que contaros algo. Sentaos, por favor.
—¿Estás bien, te pasa algo? —pregunto enseguida su madre. Ella se alteraba rápidamente en cuanto intuía que a Jesús podría sucederle alguna cosa.
—No, tranquila, estoy bien. Siéntate. Lo que os quería decir es… es…
—Venga, dilo.
—Que estoy saliendo con alguien. —Por fin lo dijo, de manera rápida. Como se dicen las cosas que pueden doler.
—¡Eso es maravilloso! —se alegró su madre—. Tienes que invitarla a venir y presentárnosla. Queremos conocer a la chica con la que sales.
—Verás, mamá, no va a poder ser.
—¿Por qué? No tiene que ser ahora mismo, podemos esperar.
—Mamá, es que… es que… no hay ninguna chica. Estoy saliendo con alguien, pero no es una chica. Es un chico. Se llama Gabriel.
En ese momento oí como el corazón de mi mujer se quebraba. El mío creo que también, pero no podría asegurarlo. Los dos nos quedamos en silencio sin saber que hacer ni que decir, fue como si nos quitaran una parte de nuestro cerebro y nos pusieran otra. De un plumazo se volatilizaron todas las ideas de boda con una preciosa muchacha vestida de blanco, que se quedase embarazada y nos diera nietos. Lo que todos los padres piensan que algún día les darán sus hijos se quedó en una ilusión.
Al principio nos costó asumirlo. Nadie desea que su hijo sea homosexual. Su madre siempre pensó que tenía una enfermedad. Intentó una y otra vez concertarle una cita con un psicólogo, después pasó a los curanderos y hasta a los profesores africanos que curan todo tipo de enfermedades solo con tocar al enfermo. Pero Jesús no tenía ninguna enfermedad. Lo que le sucedía era que le gustaban los hombres, y frente a eso no hay cura posible.
Pasado el tiempo, por fin nos presentó al chico con el que salía y, decía, quería compartir el resto de su vida. En cuanto aquel muchacho entró en casa, cuatro meses después de saber de su existencia, comprendí que mi hijo no iba a ser feliz con él. No me pregunten cómo lo supe, supongo que fue intuición de padre.
Mi familia estaba bien colocada socialmente. La empresa que fundó mi padre dio generosas ganancias y la gestión que había hecho yo a lo largo de mi vida las multiplicó.
Sin embargo, el muchacho que había elegido como pareja era la antítesis de mi hijo. Criado en una familia socialmente desestructurada que vivía en una caravana, no había acabado los estudios. Tampoco tenía un trabajo estable, si no que cada poco cambiaba: hoy era repartidor de pizzas, mañana camarero y pasado ayudaba en un taller mecánico.
Jesús se deshacía en regalos y le daba todos los caprichos que aquel muchacho quería. Prácticamente era mi hijo quien lo mantenía. Nos contaba que Gabriel lo había abandonado todo por él ya que su familia no toleraba su homosexualidad y le había dado a elegir entre ellos y mi hijo, y lo había elegido a él. Sin embargo, lo que mi mujer y yo veíamos era que la forma de pagarle era con discusiones y control sobre Jesús. Si nuestro hijo se veía con los amigos de la universidad, Gabriel tenía que ir, y si no lo hacía, aquello acababa en una discusión que llevaba a Jesús a pasar algunos días sin querer comer y encerrado en su cuarto sin parar de llorar.
A veces, en mitad de la noche, oíamos sonar el móvil de nuestro hijo, después, él bajaba al salón y desde allí llamaba a Gabriel, para demostrarle que estaba en casa y que no había salido con otras personas. Lo escuchábamos discutir sin levantar la voz. La mayoría de las veces acababa cediendo, pero en las que no era así, se volvía a su habitación llorando y así se tiraba hasta que caía rendido. Al día siguiente, todo volvía a la normalidad. Hasta el siguiente ataque de celos de Gabriel.

Por las mañanas Jesús acudía a la universidad y las tardes las dedicaba, en su mayor parte, a estudiar para sacar el curso. Los fines de semana, como cualquier chico de su edad, salía a divertirse y a pasear con Gabriel. Iban a cine, a musicales, cenaban en los mejores restaurantes y acudían a fiestas. Todo ello costeado por mi hijo.
El ritmo de vida que Gabriel le hacía llevar era muy elevado, por encima de sus posibilidades. Cuando quise hablar con él del tema, me contestó con evasivas y algún improperio, así que cambié de estrategia: me dediqué a investigar a Gabriel para hacérselo ver.
Cada mañana, cuando Jesús salía de casa, yo lo seguía. Descubrí que iba hasta un edificio de apartamentos donde vivía Gabriel. No lo podía demostrar, pero estaba seguro de que era mi hijo el que lo pagaba. Cuando abandonaba el lugar para ir a clase, yo continuaba espiando A media mañana, algunos jóvenes llegaban y momentos después salían acompañados de Gabriel. Lejos de ir a trabajar o a buscar trabajo, se dedicaban a sentarse en los bancos del parque a beber cervezas y fumar marihuana. En algunas ocasiones los seguí hasta casas de empeños y de compraventa de objetos para vender cosas, seguramente robadas. Y así fueron pasando los días.
Intenté explicarle a Jesús a qué se dedicaba Gabriel, pero lejos de creerme me llamaba mentiroso y me acusaba de querer separarle de su novio y hacerle infeliz.
Poco a poco la vida de mi hijo fue cambiando por completo. Empezó a faltar a alguna clase los viernes, después también las de la primera hora del lunes, más tarde las últimas de los jueves y finalmente no iba a casi ninguna. Sus notas bajaron tanto que las asignaturas que llevaba aprobadas con buenas calificaciones acabó suspendiéndolas por no presentarse o por dejar los exámenes casi en blanco.
En casa también cambió su comportamiento: llegaba tarde, incluso los días de diario, se quedaba en la cama hasta el mediodía y nos perdió todo el respeto a su madre y a mí. Muchos días venía bebido e incluso con síntomas de haber fumado marihuana u otra cosa peor. Recibía llamadas a mitad de la noche y salía de casa para volver de madrugada. En algunas ocasiones llorando y maldiciendo a Gabriel. Apenas comía y se pasaba las horas muy alterado e inquieto. El carácter bueno y afable de Jesús se había tornado en huraño e iracundo. Vasos rotos, portarretratos destrozados y puertas rotas a puñetazos eran las respuestas que obteníamos cuando no hacíamos lo que él nos pedía.
Su físico también cambió. Perdió mucho peso en muy poco tiempo. Los ojos se le hundieron y le aparecieron debajo unas ojeras tan marcadas que parecían tatuajes. Los huesos de las articulaciones, sobre todo de los codos, comenzaron a marcarse en su cuerpo. Sus pómulos salieron a la superficie como puntas de icebergs en el mar.
No supimos (o no quisimos) identificar los síntomas con la enfermedad que mi hijo padecía: estaba enganchado a las drogas. Ya era tarde cuando lo hicimos. Jesús dependía de las drogas. Mi mujer y yo decidimos cortarle el suministro de dinero, pensando que así podríamos paliar el problema, pero lejos de aquello, todo fue a peor, empezó a robarnos joyas para venderlas y comprar drogas. Cuando ya no le quedaba nada que quitarnos, comenzó a pincharse delante de nosotros para hacernos sentir culpables. Su madre no dejaba de repetirle una y otra vez que qué era lo que habíamos hecho mal.
Quisimos que recibiera ayuda para dejar las drogas, pero siempre recibíamos negativas. Se lo pedimos, se lo rogamos y hasta se lo suplicamos llorando, pero todo fue en balde. Sus respuestas negativas eran en forma de gritos, golpes en las puertas, objetos rotos y fugas de casa que duraban varios días. Cuando regresaba lo solía hacer llorando y con agresividad hacia nosotros si le queríamos ayudar. En una ocasión acudimos a un abogado para ver si era posible que lo incapacitaran y poder internarlo en un centro de forma forzosa. Sin embargo, nos dijeron que no podíamos hacer eso, que si se internaba en un centro de desintoxicación tenía que ser de forma voluntaria; así que desechamos la idea.

Hace un mes, con lágrimas en los ojos, nos dijo que necesitaba ayuda. Nos rogó llorando que lo ayudásemos. No sabíamos por qué ahora nos pedía esa ayuda que tantas veces le ofrecimos y él denegó.
—Gabriel… Gabriel… Gabriel… —balbuceaba una y otra vez sin responder a nuestras preguntas. Temblaba de pies a cabeza. No sabíamos si de nerviosismo, por necesidad de drogas o por una mezcla de ambas—. Se ha ido —dijo por fin—, Gabriel se ha ido. Teníais razón. Se ha aprovechado de mí.
Tras consolarle y dejar que llorase en los brazos de su madre, cenamos y se acostó. No durmió nada en toda la noche, lo estuvimos oyendo llorar desde el ocaso hasta el alba. Al día siguiente no salió del cuarto ni tan siquiera para comer. A la noche, conseguí entrar a hablar con él. Estaba temblando, me dijo que llevaba un día entero sin tomar drogas y que comenzaba a tener el mono. Le prometí que le ayudaría si él quería. Me pidió que le consiguiese algo de heroína. Le dije que no, que eso se había acabado porque la droga no le ayudaría. Aquella noche, como otras muchas que le siguieron, dormí en el cuarto de Jesús, tumbado en una alfombra a los pies de su cama.
Al día siguiente, le preparé el desayuno y se lo llevé a su cuarto. Me senté con él hasta que se lo acabó y después esperé allí hasta que empezó a hablar. Me contó que se arrepentía de no habernos hecho caso. Que desde el primer momento, Gabriel se había aprovechado de él. Le había sacado cada céntimo que tenía. Le había convencido para que le diera el pin de su tarjeta y poco a poco le había ido sacando todo el dinero de la cuenta sin que él se enterara. Cuando lo hubo conseguido, desapareció del apartamento sin dejar rastro. Cuando fue a buscarlo a dónde le había dicho que vivía con su familia, se encontró con un solar. No había rastro de Gabriel.
Durante los meses que fueron pareja, mi hijo había sido un juguete de aquel mal nacido. Había sido víctima de su ira, de sus celos y de sus excesos. Jesús trató de apartarlo del mundo de las drogas y la delincuencia en el que vivía, pero no había tenido éxito. Todo había sido al contrario. Comenzó probando un cigarrillo de marihuana, ante las burlas de Gabriel y algunos amigos de este. Después vino más marihuana y mucho alcohol. De ahí, pasó a tomar algunos tranquilizantes y sin saber cómo. Gabriel le había introducido de cabeza en la heroína. Le había dicho que con aquello alcanzaría cotas de paz y de placer sexual y físico que no había sentido en la vida. Empezaron fumándola para acabar inyectándosela. La última vez que vio a Gabriel, le había dejado una jeringuilla con heroína preparada para pinchársela.
—Voy a darme una ducha y enseguida vuelvo contigo, mi amor. Mientras tanto, tienes esto para pasar el rato —le dijo.
Cuando Jesús se pinchó, comenzó a perder el conocimiento y cayó desmayado. Lo siguiente que recuerda es verse solo en el apartamento, sin Gabriel, sin sus cosas y sin la mayoría de objetos que él le había comprado para la casa. Sin nada. Entonces comprendió que sus padres siempre tuvieron razón y que aquel hombre no lo quería realmente, si no que quería aprovecharse de él. Cuando acudió al cajero para sacar dinero y pagarse un taxi de vuelta a casa, descubrió que tenía la cuenta bancaria a cero. Gabriel le había robado todo.
En ese momento, cuando me contaba todo eso, se rompió y comenzó a llorar y me suplicó que lo perdonásemos y lo ayudásemos a salir de ese infierno.
Con el alma rota, las lágrimas bañando mi rostro y la ropa de mi hijo y cubriéndolo de besos, le juré por lo más sagrado que íbamos a ayudarlo.


Su madre y yo acabamos de dejarlo en un centro de desintoxicación. Cuando nos hemos despedido, nos ha prometimos que se curaría y volvería a ser aquel chico alegre que había sido antes. Al darnos la espalda y caminar por aquel pasillo, no vi a un chico de veintidós años, si no a un niño pequeño, asustado, que reúne el valor suficiente para enfrentarse a su peor miedo.