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lunes, 1 de septiembre de 2014

Blind Love

Con este relato he obtenido el tercer lugar en las calificaciones del concurso de El Taller Comunitario de Literatura "Bruto Haijin: cuentos basados en micros". Aquí os dejo el original con el que participé; aunque tengo que hacerle algunas correcciones. Que lo disfrutéis.
Robe Ferrer



Por fin había encontrado trabajo después de tanto tiempo buscando.
Menuda vida: casi veinte años estudiando para luego irse directo a la cola del paro. Después haces cursos y más cursos y te reciclas una y mil veces hasta que, por fin, tienes la primera oportunidad de demostrar que tus años de estudio sirven de algo.
Había tenido la entrevista personal con el jefe de recursos humanos de la empresa dos días antes y me había dicho que ya me llamarían. Evidentemente, no pensaba que fueran a hacerlo. Había escuchado aquella frase tantas veces que había perdido todo el sentido para mí. Sin embargo, ahí estaba, en mi nuevo puesto de trabajo sentado tras una mesa y frente al monitor de un ordenador que no dejaba de escupir datos para que yo los ordenase y los colocase en tablas de tal forma que tuvieran algún sentido.
Mi mesa está cerca del despacho del jefazo. No sé si eso es bueno o es malo, pero allí me encontraba yo, a escasos metros de su puerta. Estaba tan cerca que le podía escuchar hablar con su secretaria personal. Sin embargo, lo que no podía hacer era verlos. Las cortinas siempre estaban echadas y era imposible ver nada hacia el interior de aquel despacho.
A la hora de la salida vi a mi jefe. Salía de su despacho cuando yo me levantaba de mi mesa. Me acerqué a él para saludarlo. Consideraba que era lo correcto en mi primer día de trabajo.
—Buenos días, señor —le dije acercándome por su espalda—. Soy Emilio, el nuevo administrativo.
Aquel hombre se giró hacia mí y me sorprendió al observar que se trataba de una persona invidente. Jamás pensé que el jefe de aquella gran empresa pudiera ser ciego. Ahora entendía porqué su secretaria le leía una y otra vez los correos electrónicos recibidos y cada poco le repetía lo que él le acababa de dictar.
—Bienvenido. Espero que te sientas como en tu casa. Ahora si me disculpas, tengo prisa por ir a comer, esta tarde tengo una reunión importante y aún me falta mucho por preparar.
—Sí, sí, por supuesto.
Me separé de él y me fui a casa, a disfrutar de mi tiempo libre.
Aquella tarde no dejé de pensar en mi nuevo trabajo. Estaba eufórico, como un niño en su primer día de colegio. Nervioso por las cosas nuevas, con miedo ante ellas, pero ilusionado por aprender todo lo que pueda.

Al día siguiente la cosa no fue muy distinta. Colocar los datos en las tablas correspondientes. Así una y otra vez. Abrir emails y pasar los números que venían en los archivos a las tablas. Así una y otra vez. La verdad que era un trabajo monótono y aburrido; pero a fin de cuentas era un trabajo.
Poco después de las nueve llegó el jefe y entró en su despacho. Al ver que llegaba lo saludé y él me devolvió el saludo. Unos minutos después, escuché a su secretaria leerle un correo.
No la había visto entrar aquella mañana, quizá tuviera un horario diferente al mío. Yo solo trabajaba por las mañanas. Ella seguramente trabajase a jornada completa.
Después silencio. Los email se acabaron y la secretaria dejó de hablar.

Según iban pasando los días, aquella voz fue formando parte de mi vida. Me gustaba imaginar como sería aquella chica. Me la imaginaba joven, con el pelo largo, un cuerpo de infarto y una cara angelical.
Llevaba allí una semana y no la había visto aún. Llegaba antes que yo y se iba más tarde. Hubo un par de días que me decidí a esperarla en la puerta del edificio, pero pasadas varias horas, decidí irme. Aquella espera no tenía sentido. No sabía como era; lo único que conocía era su voz, ¿y qué iba a hacer?, ¿obligar a todas las mujeres a que hablaran cuando salieran de allí? No podía hacer aquello. Mi única oportunidad de conocerla era esperarla en la puerta del despacho, pero no podía quedarme allí mucho más allá de mi hora de salida sin llamar la atención.
De momento tenía que conformarme con escuchar su voz. Incluso en alguna ocasión fingía ir al lavabo para echar un vistazo al interior del despacho del jefe, pero no podía ver nada, siempre tenía la puerta cerrada y si la dejaba abierta, lo único que veía era su cara y su bastón blanco apoyado en un esquinazo de la mesa. Ni rastro de la muchacha.
Tenía una voz realmente dulce y sensual. Estaba enamorado de aquella voz. Incluso, en ocasiones, fantaseaba que nos encontrábamos los dos solos en algún lugar paradisíaco y ella me susurraba palabras al oído. Aquello me hacía sentir cachondo, hasta tal punto que alguna vez tuve que ir a masturbarme al baño.
La gran mayoría de las ocasiones, mis fantasías se veían interrumpidas por los gritos que el jefe le dirigía a Alice. Así era como yo la había bautizado. Me había parecido escuchar en alguna conversación que el jefe la llamaba Alice, pero aunque no estaba seguro que se tratase de ella, decidí que aquel sería su nombre.
—En conclusión, los beneficios del trimestre han sido superiores a los del año anterior durante el mismo periodo —le dictaba el jefe—. Léeme lo que te he dictado.
“En conclusión, los beneficios del trimestre han sido superiores a los del año anterior durante el mismo periódico”.
—¡NO, NO, NO! Eres una inútil que no sirve para nada. Ni siquiera eres capaz de escribir lo que yo te dicto. Estoy harto de ti y de tus errores.
La pobre Alice no respondía nunca a aquellos gritos y con la misma paciencia y calma repetía lo que el jefe volvía a dictarle.
Había interiorizado su trabajo como si fuese una esclava que tenía que callar ante lo que su jefe le decía y soportar los insultos y vejaciones. El jefe tenía el poder y la sabiduría suprema. Ella tenía que aceptar todas y cada una de las órdenes del jefe sin cuestionarlas.

Tras varios meses escuchando las broncas e insultos que el jefe le dirigía a Alice, decidí que tenía que hacer algo. No podía soportar más aquella situación. No podía ser que Alice aguantara aquel tormento por más tiempo, por muy interiorizado que lo tuviera.
Sin más, una mañana, después de que el jefe le hubiera gritado en diversas ocasiones a Alice, por pequeños errores en la escritura de sus dictados, no aguanté más. Me levanté de mi sitio, me acerqué a la puerta del despacho y la abrí de una patada.
No sé como reaccionó el resto de la gente de la oficina, me imagino que se sorprenderían y algunos hasta se asustarían.
—¡YA ESTÄ BIEN! —grité en cuanto puse un pie dentro del despacho. Sin embargo, el resto de palabras que había ideado mi mente se perdió en la nada en aquel preciso instante.
En el despacho no había nadie más que mi jefe, sentado en un gran sillón frente a la pantalla de una computadora. En una esquina de la mesa, reposaba su bastón blanco.
—Pero qué demonios… ¿Quién osa a entrar en mi despacho gritando y dando golpes? —preguntó. Yo me encontraba mudo de la sorpresa—. Alice, identifica a esta persona.
En la pared, a la altura del techo, la lente de una cámara de seguridad enfocó hacia mí y una luz láser de color rojo parpadeó un par de veces. Indudablemente estaba escaneando mi tarjeta de empleado.
—Emilio Carlos Agliardi. Administrativo. Puesto nueve. Planta cuatro —recitó la computadora con la sensual voz de Alice.
—¿Es una computadora? ¿Alice es una maldita computadora? —pregunté retóricamente.
—ALICE 3.0 es la mejor computadora-guía para personas invidentes —puntualizó mi jefe—. Y ahora, si es tan amable dígame que desea y abandone enseguida mi despacho, tengo mucho que hacer.
Sin decir nada más, me acerqué hasta la esquina de su mesa y así el bastón que le ayudaba a no tropezar con los muebles y comencé a descargar golpes contra el monitor que coronaba la mesa. A cada bastonazo que le daba, una oleada de chispas saltaba desde su interior.
Mi jefe, asustado gritaba y preguntaba a alguien que no encontraba allí, qué era lo que estaba sucediendo.
Minutos después, había acallado todas las palabras de su estúpida computadora para siempre.
El personal de seguridad me retuvo y me propinó una buena paliza pensando que quería agredir al jefe. Nada más lejos de lo que realmente sucedía.


Dos semanas después, he salido del hospital y me encuentro en mi casa solo y sin trabajo. Sin embargo, mi soledad durara poco. Esta misma mañana he encargado por Internet una computadora ALICE 3.0 con asistente de voz para personas invidentes.

domingo, 22 de junio de 2014

Sola

Y la dejé allí sola, llorando en aquel cementerio en el que mi cuerpo descansaba.
Me dolía mucho hacer aquello, y sabía que a ella le dolía más aún, pero no tenía alternativa. Mi espíritu se había debilitado demasiado después de aquel encuentro. Si hubiera apurado un poco más el tiempo, habría pasado del plano metafísico al plano inmaterial y ya no podría ponerme en contacto con mi amada.
Desde que abandoné el mundo de los vivos veinte años atrás, todas las semanas me ponía en contacto con la que fue mi mujer durante cuarenta y ocho años y mi novia durante tres. Aquello nos hacía sentir bien a los dos y no hacía daño a nadie.
La veía y la sentía tan joven como cuando nos conocimos y ahora contaba ya con ochenta y siete años.
Durante todo aquel tiempo habíamos criado a cuatro hijos, trece nietos, y ella, seis biznietos y una preciosa tataranieta que había nacido unos días atrás. Pude ver a aquella princesita a través de su mente en aquel último encuentro.
Realmente aquel no había sido el motivo del encuentro, lo que quería que supiera era que, aunque llevaba dos décadas esperándola, apenas me quedaban unos días en aquel plano en el cual podía comunicarme con ella. Sin embargo, no tuve el valor de decírselo.
Por suerte, nuestros encuentros se volverían eternos, porque su llegada a este mundo estaba prevista para las próximas horas. Evidentemente, aquello tampoco se lo dije.

lunes, 7 de octubre de 2013

Amor secreto

Como realmente dice la gente no existe el crimen perfecto, ¿o sí? Yo puedo asegurar por experiencia propia que no. Esto no viene a ser si no una confesión de una terrible atrocidad que cometí hace algunos años. Algunos quizá habéis oído hablar de ella, pero la gran mayoría lo dudo.
 Todo comenzó hace cinco años, cuando yo conocí a una chica muy guapa, muy simpática y, porque no decirlo, de muy buen ver. Durante meses la amé en secreto, ella nunca supo de mi existencia. Pero yo de la suya sí, la espiaba donde quiera que estuviese, la seguía donde quiera que fuera y la amaba. Siempre en secreto, pero la amaba con locura.
 Pasó el tiempo y fuimos creciendo, al igual que mi amor hacia ella; cada día que pasaba la amaba más y más. Acabamos el colegio y llegó el verano. Ella se fue de vacaciones a otro lugar que desconozco, durante esa época fue el único instante que no supe de ella. Tres largos e infernales meses. Al finalizar el verano, comenzamos el instituto. Por una casualidad, el destino quiso que nos tocara en la misma clase, en la misma columna pero separados por otras dos o tres parejas de compañeros.
 Durante aquel primer año de instituto también la amé, incluso llegué a más: me atreví a hablar con ella. El primer día muy bien, el segundo también, y al tercero... Pero pasaron los meses y ella se fue distanciando de mí, y eso que la ruta que cogíamos para ir al instituto a Benavente era la misma.
 La distancia comenzó a forjarse por culpa de un grupo de amigas que conoció en la clase, aquel grupo de chicas la llevaba por el mal camino; el camino que la alejaba de mí. Yo no podía hacer nada. Luché y luché, traté de convencerla que no eran una buena compañía pero ella estaba ciega y no veía la realidad. Al poco, y gracias a ese grupo de amigas, conoció a un chico. Aquel chico la engatusó, la engañó para que fuera con él; no tenía nada de malo, sus amigas se iban con sus amigos. Y ella así lo hizo.
 Pero no estaban solos, al menos ellos ignoraban mi presencia. Cada minuto que ellos pasaban juntos yo estaba allí, escondido entre las sombras para vigilarlos, para evitar que aquel chico la tocara. Pero con el tiempo llegó incluso a besarla. Aquel día decidí hacer lo que posteriormente hice.
 Mi gran oportunidad se presentó un día que se celebraba una excusión a la capital. Casi todos los alumnos irían, casi todos. La "maldita pareja" había dicho a sus amigos y amigas que ellos se iban a quedar para pasar el día juntos; sin embargo, en sus casas dijeron que iban a la excursión (¿que cómo lo sé?, tengo mis métodos). Los dos quedaron a solas en Huerga de Vidriales, nuestro pueblo (mi pueblo, me lo conozco como si yo mismo lo hubiera creado).
 Él llegó con su reluciente moto seminueva y se dirigió al lugar en el que habían quedado, un edificio en obras al que nadie acudía. Allí, en la intimidad comenzaron a besarse sin miedo a ser sorprendidos, a fin de cuentas nadie iba allí nunca. Pero aquella mañana alguien los observaba: yo.
 Aproveché un momento en el que se besaban y le asesté al chico un fuerte golpe con un ladrillo, cayó al suelo sin conocimiento. La chica se quedó paralizada, lo que aproveché para abrirle la cabeza con un hacha que usaba mi padre para partir leña. Posteriormente, hice lo mismo con el inconsciente chico. Cuidadosamente despedacé los dos cuerpos como pude y los introduje en diversos recipientes de plástico, herméticos que metí en una bolsa de viaje.
 Escondí la bolsa en un lugar seguro e invertí varias horas en limpiar aquel lugar de la sangre que aquellos dos habían soltado. Me costó pero lo conseguí. Posteriormente, fui a la granja de mi tío y vertí en las pocilgas los restos. Los hambrientos cerdos no dejaron ni los huesos, los devoraron con tanta avidez que parecía que no hubieran comido en su vida. Luego quemé los recipientes herméticos y la bolsa y enterré las cenizas entre el estiércol.
 ¿Cómo me deshice de la moto? Esa es otra cuestión. El caso es que todo el mundo comenzó a conjeturar sobre lo sucedido: que si los chicos habían sido secuestrados, que si los habían matado, que si se habían fugado... Tras una intensa búsqueda y no hallar ni la moto ni los cuerpos, la gente llegó a la conclusión que se habían fugado para poder vivir su amor con libertad, como en las series y películas de la televisión.
 El crimen perfecto salvo por un detalle. Los remordimientos de conciencia que he sufrido desde entonces. No puedo cerrar los ojos sin verlos besarse, no puedo dormir sin que en mis sueños aparezca la chica con el hacha clavada en lo alto de la cabeza. Me estoy volviendo loco, y quiero confesarme culpable de haber asesinado a aquella pareja de novios y de haber dado a los cerdos sus restos como comida.

martes, 19 de febrero de 2013

Lucas e Inma 2


Entretanto, Lucas se había dirigido a la calle de Inma. Sin saber porqué se encontró a sí mismo parado frente a su puerta fumando un cigarrillo. La brasa del mismo era la única luz que había en toda la calle. Al igual que la última vez que había estado allí, todas las farolas se habían ido apagando a su paso. A lo lejos, un aullido rompió el silencio de aquella noche. Lucas no sabría decir si había sido un lobo o un perro quién lo había emitido.
Al fondo de la calle, donde Lucas había dejado su motocicleta, la primera farola se volvió a encender y después la segunda, la tercera y así el resto de farolas de la calle. Un instante después, apareció Inma a la altura de la primera farola dirigiéndose hacia él. Al llegar a la altura de Lucas, le dedicó una mirada de desprecio y sacó las llaves de su casa.
– Inma, espera– pidió el chico.
– ¿Qué quieres? Déjame en paz, todavía no te has dado cuenta que no quiero volver a saber nada de ti.
– Sólo quería darte esto– el chico le tendió una caja de CD.
– ¿Qué es esto?
– Un disco que te he grabado. Quiero que lo escuches.
– No lo quiero. No quiero nada tuyo. Olvídate de mí.
– Me pediste que no mirase tus ojos, que no llamase a tu puerta y que no pisase tu calle. Pero no puedo. Es superior a mis fuerzas.
– Pues tienes un problema y no tiene nada que ver conmigo.
La actitud de Lucas cambió de repente. A la vista de Inma, los ojos de su antiguo novio se pusieron en blanco por un instante para volver a su color natural. Cogió a la chica por los hombros y, siguiendo un primitivo instinto, le mostró los dientes con una especie de gruñido.
– Ojalá que se te apaguen los besos y que, como a mí, te duela. Ojalá te lleven los demonios fuera de mi cabeza. Sal de mis sueños. No quiero que te me aparezcas por las noches porque al despertar por la mañana te pierdo y eso duele demasiado– entonces el chico cerró los ojos.
Lucas abrió los ojos. Las farolas de la calle se encontraban encendidas. La primera parpadeaba. Sin entender nada, Lucas vio a Inma acercarse y, cuando llegó a su altura, la miró de arriba abajo.
– ¿Qué haces aquí?– preguntó la chica.
Hacía un momento él tenía a Inma cogida por los hombros y ahora había aparecido al fondo de la calle. Lucas no entendía nada. Se tocó el bolsillo interior de su cazadora y el disco que le acababa de dar a su exnovia seguía allí.
– ¿Estás sordo o qué?– volvió a preguntar la chica.
– Quería darte esto– y le tendió el CD.
– No lo quiero. Vete– y la chica se giró y entró en su casa. Lucas dejó el CD en el buzón y se fue hacia su motocicleta.
Había alguien junto a ella. Era una chica. Él conocía a aquella chica aunque no sabía de qué. Siguió avanzando y enseguida la reconoció a pesar de haberla visto sólo un par de veces. Era Lola, aquella gitana de la que Fernando se había hecho tan amigo en las fiestas patronales. La farola que iluminaba su motocicleta y a la gitana parpadeó y se apagó un instante. Dos puntos rojos brillaron donde antes habían estado los ojos de Lola observándole. La farola se encendió de nuevo y la gitana había desaparecido.
Cuando llegó al lugar en el que se encontraba la motocicleta, la farola se apagó nuevamente y Lucas escuchó un aullido proveniente de un lugar indeterminado.
– Tengo que dejar de venir por aquí. Tengo alucinaciones cada vez que piso esta puta calle. Inma no quiere saber de mí y si no lo olvido pronto, me va a traer muchos problemas.

miércoles, 9 de enero de 2013

Lucas e Inma 1

El grupo de amigos se fue disgregando poco a poco y quedando para el día siguiente para hacer la excursión a la Cueva del Moro. Finalmente, tras despedirse del resto, Guillermo y su primo llegaron a casa del primero para recoger la motocicleta de Lucas. Una vez que se encontró solo, Lucas arrancó la motocicleta y se encendió un cigarrillo para ir fumándoselo mientras salía del pueblo. Se montó en el vehículo y lentamente se fue dirigiendo hacia la salida de Villarreal. No era tarde pero la zona se encontraba prácticamente vacía, a excepción de algún que otro vecino que volvía a su casa. Sin saber porqué, Lucas cambió de rumbo y se encaminó hacia la calle de Inma. Muchas veces había hecho aquel camino pero ninguna en aquel estado. Cuando llegó al principio de la calle todas las farolas de la misma se encontraban encendidas; paró la motocicleta debajo de una de ellas y tiró el cigarrillo a medio fumar. No sabía bien porqué estaba allí si sabía que no iba a ver a Inma y, aunque la viera, no iba a querer hablar con él, aquella tarde se lo había dejado bien claro; sin embargo, había algo que le decía que tenía que pasar por aquella calle y que tenía que llegar hasta su puerta. Así que, sin más, comenzó a avanzar hacia la casa de Inma. Nada más comenzar a andar se apagó la primera farola de la calle, una que estaba en la esquina, y a medida que avanzaba se iban apagando las demás farolas, una, otra y otra más hasta que llegó a la puerta de Inma que se apagó la luz que la iluminaba. Miró hacia atrás y toda la calle por la que él había avanzado se encontraba a oscuras y cuando miró al tramo de calle que no había recorrido, y no tenía intención de recorrer, se apagaron el resto de farolas de golpe. En ese instante aulló un perro, a ese se le unió otro y después otro hasta que parecía que todos los perros del lugar se hubieran puesto de acuerdo para aullar a la vez. Desde las afueras del pueblo llegaron también los aullidos de algunos lobos. Lucas miró al cielo y vio como la pequeña luna en cuarto menguante se completaba hasta hacerse llena y desde la parte más alta comenzaba a manar sangre hasta teñirse por completo de rojo. Diversas imágenes sin sentido atravesaron la cabeza de Lucas: un pollo sin cabeza corriendo y salpicándolo todo de sangre, un perro de presa ladrando hacia él, una persona mordiéndole las entrañas a un cuerpo sin vida que de pronto dejaba su banquete para mirar a Lucas. Con un alarido, el chico salió corriendo a coger su motocicleta para irse de allí cuanto antes. Al llegar a la misma y ponerla de nuevo en marcha miró hacia la puerta de Inma y todo se encontraba en perfecto orden: las farolas encendidas, los perros en silencio y la luna en cuarto menguante, como debía estar. Por si acaso, y lleno de miedo, Lucas montó en su motocicleta y aceleró para no detenerse hasta llegar a su casa. Nunca le iba a contar a nadie lo que había sucedido aquella noche en aquella calle.