Derechos de Autor

Todos los artículos publicados en este blog están protegidos por la ley. Salvo indicación al contrario, todo lo aquí publicado está protegido por licencia Creative Commons, por lo que el material se puede reproducir siempre y cuando se nombre al autor del mismo, no se podra comerciar con él y tampoco se pueden hacer trabajos derivados

lunes, 9 de febrero de 2015

Oswald

Abrió la puerta de la casa de su hija como cada noche. Encendió la luz del recibidor y se quitó los zapatos para calzarse las viejas pantuflas.
Había una pequeña luz en el salón, pero no se oía ningún ruido. Aquello no le daba buena espina. Aunque Linda y Oswald estuviesen en la cocina preparando la cena, él tendría que percibir algún sonido.
Un segundo antes de percatarse de lo extraño de la situación, el silenciador de una Glock 9mm le apuntaba al centro de la frente. La pistola la sujetaba la mano enguantada de un encapuchado.
—Bienvenido, Richard. Ponte cómodo. Tu hija y tu nieto nos estaban contando una divertida historia —le dijo una voz. A pesar de los años pasados, reconoció aquella voz al instante. Después de cincuenta años viviendo en los Estados Unidos había perdido el marcado acento alemán que la caracterizaba.
El encapuchado de la pistola le hizo pasar al salón de la casa poco después de que se encendiese la luz. Seis hombres con la cara tapada y armados retenían a su nieto Oswald atado y amordazado en una silla. El cuerpo de su hija yacía en el suelo con síntomas de haber sido salvajemente torturada.
El mundo dejó de tener sentido para él. Ver a su hija muerta a mano de aquellos hijos de puta había sido la gota que había colmado el vaso. Habría soportado cualquier suplicio que le hubieran hecho pasar a él, pero que hubieran tomado represalias con su hija y las fueran a tomar con su nieto era algo que no iba a permitir.
Se intentó abalanzar sobre Wilhelm, el hombre que dirigía todo aquello y el único que llevaba el rostro descubierto, pero una pistola sobre la nuca de su nieto le hizo frenarse de golpe.
—Siéntate si no quieres ver a tu nieto de la misma forma que tu hija —le ordenó la voz de Wilhelm. Como por arte de magia el acento alemán se materializó de nuevo. Lleno de rabia obedeció.
Una vez sentado se percató de que el suelo del salón estaba lleno de figuras y muñecos de Mickey Mouse rotos. Todos los de la casa, que no eran pocos. Su hija, al igual que él hasta su jubilación, trabajaba para The Walt Disney Company y el icono de la empresa estaba por toda la casa.
—Me ha costado romper todos esos putos ratones, pero por fin di con la clave que descifra la ubicación del cuerpo de Walt Disney —le dijo Wilhelm a Richard—. Debí figurarme que la esconderías en un lugar a la vista de todos, pero difícil de descubrir. Mickey. Mic key, micrófono y llave. Eres listo, pero yo lo soy más. ¿Pensabas que no descubriría nunca el juego de palabras? Tengo que confesarte que me costó mucho tiempo, pero una vez descifrado solo he tenido que dar con el ratón adecuado. Pensé que era el del juguete de cuando tu nieto era pequeño, ese con un micrófono; pero me equivoqué. Lo habías escondido en ese otro que el ratón imita a Elvis. Eres un viejo zorro, pero yo soy más listo que tú.
Richard miraba alternativamente a su nieto, el estropicio de muñecos y al causante de todo aquel daño.
—Ahora acompañarás a mis hombres hasta donde está congelado Disney, si no quieres que mate a tu nieto y luego acabe contigo. Sé que hará falta el reconocimiento de tu huella dactilar o de tu iris para acceder al lugar. Seguro que también has tomado más precauciones y necesito que desactives todos esos sistemas de defensa.
—Está bien —accedió.
—Abuelo, no. Sabes que cuando obtenga lo que quiere nos va a matar —intervino por primera vez su nieto Oswald.
—Todo a va a salir bien —intentó tranquilizarle el anciano.
—Siento interrumpir esta emotiva charla, pero el tiempo apremia. Tengo una venganza que cobrarme y ya he dejado pasar muchos años. Llevaos al abuelo y vosotros quedaos con el nieto —le ordenó Wilhelm al que parecía ser su hombre de confianza y a otro que se encontraba junto a él—. El resto, en marcha.
Dos de los encapuchados agarraron por los brazos a Richard y le obligaron a salir de la casa.
—¡Eh!, sin empujar —se quejó el anciano—. Puedo caminar solo.
—Calla, viejo.
—Id en su coche, y que conduzca él. Seguro que algún sistema de seguridad es el reconocimiento de su matrícula. Lleva más de cincuenta años con la misma y eso tiene que tener algún sentido —mandó Wilhelm a los dos secuaces que irían con Richard.
—Sí, jefe.
Wilhelm, acompañado de otros dos matones, montó en un lujoso Lincoln Navigator que acababa de estacionarse frente a la casa de Linda. Richard fue conducido a empujones hasta su coche, un viejo Ford Torino del año 75 que era su mayor tesoro. Le obligaron a ponerse al volante mientras que uno de sus acompañantes ocupaba el asiento del copiloto y el otro justo el que estaba detrás del conductor. Tenía una pistola apuntándole constantemente a la nuca y otra al lado derecho de su cabeza. No tenía escapatoria ni podía arriesgarse a hacer ningún movimiento en falso.
Emprendieron la marcha hacia los estudios centrales de Disney, donde, según las indicaciones, se conservaba el cuerpo criogenizado del fundador de la compañía.
El Torino alcanzó la velocidad de noventa kilómetros por hora en la autopista que bordeaba la ciudad, y Richard decidió que era el momento de actuar. Soltó su mano derecha del volante y la apoyó sobre la palanca de cambios. Un gesto inocente que cualquier conductor realiza varias veces a lo largo de un trayecto. Sin embargo, Richard tenía otras intenciones. Siguiendo el refrán de “que tu mano derecha no vea lo que hace tu mano izquierda” hizo que sus captores se fijaran en aquel gesto, quedando sin vigilancia la otra mano, la izquierda. Entonces, con ella pulsó un botón que había junto al volante. Unas pequeñas explosiones, como las de los airbags al activarse, se escucharon en los reposacabezas de todos los asientos salvo en el del conductor. De ellos salieron pinchos de acero de veinte centímetros de longitud, que atravesaron la base de los cráneos de sus acompañantes, haciendo que perdieran todas sus funciones motoras al instante. A los pocos segundos murieron sin saber qué había pasado.
Richard cambió de sentido en cuanto pudo y se encaminó de nuevo al hogar de su hija. Tenía que salvar a su nieto y disponía de poco tiempo. Llevaba muchos años sin tener que entrar en acción, pero gracias a que continuaba con sus entrenamientos de Defensor del Gran Secreto, podía ser capaz de desarrollar todas sus cualidades de defensa y ataque.
Aparcó su coche dos calles por detrás de la casa y se acercó a un solar abandonado. Allí, oculta dentro de grandes tuberías de hormigón había una puerta que daba a un acceso secreto a casa de su hija. Siempre lo había tenido para huir en caso de ser necesario, nunca lo consideró como una entrada alternativa, pero ahora iba a darle ese uso. Aquel pasadizo llevaba hasta el sótano. Entonces haría su aparición por sorpresa y liberaría a su nieto.
Silenciosamente salió del sótano y se acercó a la puerta del salón. Desde allí podía ver a su nieto con los dos encapuchados que lo retenían. Uno de ellos tenía en sus manos la jaula de una mascota de Oswald.
—Vaya, como no lo habíamos pensado antes. Esta familia tiene un ratón como mascota, y mira qué casualidad que se llama Mickey. Seguro que este bicho tiene algo que revelarnos —metió la mano en la jaula y sacó al roedor. Le retorció el cuello ante el lagrimoso rostro de su dueño. Después arrojó la jaula al suelo y la misma se deshizo en varias piezas. Entonces, el encapuchado cogió una de ellas. Era extraña y no encajaba del todo dentro de la jaula de un ratón—. Te lo dije. Aquí tenemos el secreto que tan bien han guardado los Defensores.
Cuando levantó un pequeño cilindro con extrañas inscripciones, Richard apareció en el salón lanzando un shuriken contra aquel hombre. El proyectil se le clavó en el cuello haciéndole caer al suelo. Llevaba impregnado un potente veneno capaz de tumbar a una res en cuestión de segundos.
Ante la sorpresa del otro captor, corrió hacia él y le hizo un tremendo tajo con una pequeña cuchilla. La vida se le escapó rápidamente.
—¿Abuelo? —preguntó temeroso Oswald—. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son estos hombres y qué quieren?
—Es una historia muy larga —comenzó a explicarle al chico a la vez que lo desataba—. Estas personas son Grimmers, descendientes de los famosos hermanos Grimm, los creadores de los cuentos que inspiraron los clásicos de Disney.
—¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué tenemos que ver con ellos y Disney?
—Como sabes los hermanos Grimm fueron dos, Jacob y Wilhelm. Ambos formaron familias y tuvieron descendencia; pues un descendiente de Jacob le vendió a Walt Disney los derechos de los cuentos para hacer películas. Por lo visto, a los descendientes de Wilhelm aquello no les sentó bien, ya que se considera que él fue el auténtico creador de las historias, por lo que los descendientes de Jacob no tendrían legitimidad para venderlos. Consideran que Disney adquirió los derechos de forma fraudulenta.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros? —quiso saber el chico.
—Soy el Guardián del Gran Secreto. Sé dónde está el cuerpo congelado de Walt Disney, y ahora sé que debo transmitírtelo a ti.
—Eso es un mito. Todo el mundo lo sabe.
—Esa es la mejor forma de guardar el secreto, hacer creer a todo el mundo que es mentira. Walt Disney está criogenizado. Yo mismo fui testigo del proceso. Fui elegido entre los trabajadores de The Walt Disney Company para guardar el secreto del lugar de su conservación. Tienes que saber cuál es ese lugar. Se encuentra dentro de la estatua del propio Walt Disney que hay en Disneyland.
—¿A la vista de todo el mundo?
—Sí. Es el mejor escondite: todos los ven pero nadie sospecha que se encuentra allí. La estatua esta permanente refrigerada por dentro para mantener el cuerpo en el estado de congelación.
—¿Por qué han roto todos los muñecos de Mickey? —preguntó Oswald.
—Porque creían que uno de ellos guardaba los datos de acceso a los estudios y que en ellos estaría el cuerpo de Disney.
—Pero mi ratón tenía algo en su jaula que, según el encapuchado, llevaba a Disney. ¿No era muy evidente ocultar algo en un muñeco de Mickey o en la jaula de un ratón que también se llama Mickey? Es el estandarte de Disney y el primer dibujo animado que creó.
—En lo primero aciertas, en lo segundo no. La primera creación de Disney fue Oswald, el conejo afortunado.
—¿Oswald? ¿Cómo mi conejo? ¿Cómo yo?
—Eso es. Tú te llamas Oswald por el personaje, al igual que tu mascota. Realmente es tu conejo Oswald quién guarda el secreto de la localización de Disney. Combinando esta pieza —dijo el anciano alzando el cilindro— con otra similar que hay en la jaula del conejo nos revela la forma de acceder al cuerpo de Disney. Esta pieza por ella misma no vale de nada.
—Y lo que encontró ese hombre en la figura de Mickey vestido de Elvis, ¿qué era?
—Falsas informaciones por si algo como esto pasaba. En cuanto alguien que no fuera yo entrase en ese sitio, las puertas se cerrarían automáticamente y no tendrían forma de salir, muriendo de hambre y sed. Nadie podría oírlo pedir ayuda ya que la habitación está insonorizada y en un sótano a treinta metros bajo tierra. Ahora no debemos perder más tiempo. Toma —le dijo el viejo entregándole una tarjeta de visita—. Ve a esa dirección y dile a quién te atienda que el Maestro está en peligro. Sabrán lo que significa y te prepararan como es debido para ser Guardián del Gran Secreto.
—¿Por qué es tan importante que no lleguen hasta Disney? ¿Qué es lo que buscan?
—Buscan descongelarlo y que le devuelva los derechos de los cuentos, así como los beneficios obtenidos por su explotación. Al no estar muerto, ningún descendiente puede devolver esos derechos y tiene que ser el propio Disney el que firme el documento. Eso supondría miles de millones de dólares y la quiebra de la empresa, tener que cerrar los parques de atracciones y muchas cosas más.
—¿Y a quién le importa eso? Son parques de atracciones, nada más.
—Es algo más. Es donde reside la fantasía y la ilusión de millones de personas en todo el mundo. Imagina un mundo sin Disney… —Y le dejó unos instantes para pensar—. No puedes, ¿verdad? Pues tenemos que mantener a Walt Disney en su estado hasta que todo esto haya pasado y que no haya nadie que amenace las ilusiones de los niños. Ahora ve a esa dirección. Espero que todo acabe pronto, pero si no, vas a necesitar un duro entrenamiento.
Abuelo y nieto se acercaron al cadáver de Linda y le dieron un suave beso de despedida. Después, Richard cubrió su cuerpo con una manta.
Cuando el muchacho, con los pensamientos más confusos que en toda su vida, abandonó la casa, Richard acudió al sótano. Allí, en una habitación secreta para el resto de su familia, recuperó su ropa de asalto y varias armas. Había llegado el momento de la lucha final, y quería salir victorioso para que su nieto no tuviera que soportar la carga que él había llevado sobre sus hombros todos aquellos años.

En su coche llegó hasta el rascacielos en cuya azotea tenía su cuartel general Wilhelm Grimm IV. Actual líder de los Grimmers, que llevaban ochenta años detrás de recuperar lo que creían que les pertenecía legítimamente. Dejó su coche y se adentró en la oscuridad de la noche.
Al llegar a la entrada del edificio se encontró que allí había dos guardias armados. Los Grimmers lo estaban esperando, no cabía duda. Seguramente ya sabían que los encapuchados habían caído sin conseguir su objetivo. Sacó su ballesta con visor infrarrojo y disparó sobre el primer guardia. El virote se le clavó en el cuello matándolo al instante. Su compañero, empuñó su rifle y buscó en la oscuridad al intruso. Un minuto después yacía en el suelo con el cuello roto.
Sigiloso como un felino, Richard avanzaba por los pasillos del edificio pegado a la pared, desconocedor que Wilhem Grimm ya sabía de su presencia. Los detectores de movimiento habían activado las cámaras de seguridad e iban revelando su posición a cada paso.
Decidió no coger los ascensores, porque así era más vulnerable. Subiría por las escaleras.
En el segundo piso le recibieron con una ráfaga de M-16. Afortunadamente, pudo retroceder a tiempo y volver a ocultarse en el pasillo. Saco una mascarilla y un bote de gas lacrimógeno y lo lanzó en las escaleras. Esperó unos minutos a que la nube de humo se formara y le permitiera avanzar sin ser detectado. Las toses de sus adversarios le avisaron de sus posiciones y así pudo librarse de ellos.
No iba a permitir que lo volvieran a sorprender. Era muy probable que lo estuvieran vigilando a través de cámaras, y él sabía como evitarlo. En su reloj activó la función de inhibidor de señales, así desactivaría todas las cámaras y no verían por dónde iba.
A pesar de mantenerse en forma, ya no era tan joven como quería pensar y al llegar al octavo piso estaba exhausto. La combinación de las escaleras con la tensión y alguna pelea había hecho mella en él. Aún le quedan trece plantas y muchos enemigos de los que deshacerse y el ascensor empezaba a ser una opción más que válida.

—El motor de los ascensores se ha puesto en marcha —indicó el jefe de seguridad a Wilhelm Grimm
—Estupendo. Ahora sí que está acorralado. Detén los ascensores y acabad con él.
—Enseguida.
El jefe de seguridad envió a un equipo de cuatro hombre a la puerta de los ascensores de la undécima planta. El ascensor se detuvo y antes de abrirse las puertas abrieron fuego a discreción con sus fusiles de asalto. Cuando cesó el tableteo de las armas y las puertas se abrieron, un cuerpo sin vida cayó al suelo. Pero no era el de Richard, sino el de uno de los guardias de los pisos inferiores.
—¡En el techo! —gritó uno de los guardias. Todos abrieron fuego sobre la parte superior de la cabina del ascensor hasta que hubo más espacio vació que techo. Las chispas de las lámparas destrozadas saltaban sin control—. ¡Alto el fuego!
Nuevamente silencio. Un instante después, ocho disparos de una pistola acabaron con la vida de los cuatro mercenarios. Richard había puesto en movimiento los ascensores, haciéndolos bajar hasta la planta baja y después haciéndolos subir de nuevo (ventajas de los ascensores modernos que poseen memoria), mientras él subía por las escaleras lo más rápido que podía. No llegó a la par que los elevadores, pero si a tiempo para acabar con los cuatro guardias.
Ocho plantas más y llegaría a su destino. Disparos y más disparos lo fueron saludando a cada planta que ascendía, pero gracias a sus dotes consiguió salir indemne de todos los ataque recibidos.
A las puertas del despacho de Wilhem lo esperaba el jefe de seguridad. Vestía un traje elegante de color blanco. Al ver a Richard, el hombre se quitó la chaqueta y la dejó doblada a un lado con la esperanza de recuperarla en breve.
Se lanzó contra el Guardián del Gran Secreto; este, que esperaba el ataque, se apartó unos centímetros para esquivar el golpe. Después lanzó una patada a la rodilla de su adversario haciéndole doblar la pierna. Richard encadenó otro par de golpes en la cara de su oponente, pero apenas le hizo mover la cabeza un poco.
Cuando recuperó la posición erguida, abrazó con fuerza al intruso derribándolo. Los dos rodaron por la alfombra que decoraba aquel pasillo. Forcejeos, golpes y arañazos fueron intercambiados por los dos rivales. Finalmente, el jefe de seguridad de Wilhem agarró a Richard por el cuello y comenzó a estrangularlo. El aire empezaba a faltar y la sangre que debía regar su cerebro había encontrado una obstrucción que no podía sortear. La vista se le nublaba y notaba que estaba perdiendo el sentido.
En un acto desesperado sacó la cuchilla que ocultaba en su cinturón y lanzó un golpe hacia su atacante. Tuvo la fortuna de que la afilada hoja abrió un gran tajo en el cuello del que iba a ser su verdugo. La presión sobre la garganta de Richard se fue aflojando, y el traje, que había sido blanco, tardó pocos segundos en tornarse rojo.
Wilhelm esperaba con una pistola la entrada de Richard.
—Bienvenido. Has llegado muy lejos, pero aquí se acaba tu viaje —le dijo al verlo entrar.
—Adelante, dispara. No temo a la muerte; y si me matas jamás conocerás el paradero de Disney.
—Te equivocas, sé donde se encuentra. A la vista de todo el mundo pero oculto de la gente. La propia estatua que hay en Disneyland es su escondite.
El semblante de Richard cambió de inmediato.
—¿Cómo…? —No pudo acabar la frase. La aparición en la escena de una tercera persona le hizo quedarse sin habla.
—Hola, abuelo —le saludó Oswald.
—Richard, te presento a mi nieto Jacob Grimm. Ha sido duro ver como tú y tu hija lo criabais, pero necesitaba meter a un infiltrado en lo más profundo de tu familia. Jacob nació hace veinte años, al día siguiente que Oswald. En el hospital cambiamos a los dos niños y asunto arreglado. Pasados los años me puse en contacto con él y le mantuve al corriente de todo lo que pasaba… ¡Qué gran invento las telecomunicaciones! Gracias a Internet podíamos estar en contacto sin que ni tú ni tu hija os dierais cuenta. —Wilhelm comenzó a reír a carcajadas hasta que le sobrevino un ataque de tos. Cuando se recuperó, continuó con su relato—. ¿Cómo crees que supimos cuándo era el momento oportuno para asaltar tu casa? ¿Cómo pudimos evitar las trampas y las alarmas que tenías preparadas? Sabía que tarde o temprano le revelarías el secreto al chico y entonces yo también lo conocería.
—Maldito traidor. Te he tratado como a mi propio nieto, ¿y así me lo pagas? —balbuceó Richard al borde de las lágrimas.
—Mickey —interrumpió Wilhelm—. Mic key. Micrófono y llave. Cuando te lo dije no esperaba que lo entendieras, y estaba en lo cierto. Tu casa estaba llena de micrófonos ocultos en todos los muñecos del maldito ratón, hablaras dónde hablaras, yo escucharía todo. Ahora, despídete.
Wilhelm apuntó de nuevo a Richard. Un disparo sonó en la sala. La pistola de Wilhelm cayó al suelo, seguida del cuerpo de su dueño. Jacob Grimm empuñaba un revolver humeante. Había acabado con la vida de su abuelo. Richard no daba crédito a lo que acababa de suceder.
—No permitiré que un desalmado como él se apodere de la mitad de la fortuna de Disney ni que acabe con los sueños de miles de personas —le dijo a Richard.
—Oswald. Jacob, yo… yo… Me alegro que pienses así.
El muchacho encañonó a Richard y disparó tres veces sobre él.
—No permitiré que se apodere de la mitad de la fortuna de Disney, cuando puedo hacerlo yo mismo. Oswald fue el que comenzó el Imperio de Disney y Oswald será el que lo finalice. —sentenció. Richard ya no pudo oír aquellas palabras.
Encendió un mechero y acercó la llama a las cortinas del gran ventanal que se abría a la ciudad. Todo aquel edificio ardería hasta los cimientos y nadie sabría que había sucedido allí realmente. Pasado algún tiempo, acudiría a descongelar a Disney y le exigiría lo que era suyo. Ahora nadie podía impedir que se convirtiera en un hombre muy poderoso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario